Mirando el ring con Gay Talese

Han sido muchos los “combates del siglo”. El día de uno de los últimos no fue el mismo en una parte y otra del mundo. Unas crónicas hablan de un 2 de mayo, otras lo hacen del día 3. En todas las historias hay varias historias. Los relatos de Las Vegas ocurren en una noche recién caída. Los mismos sucesos son un cuento distinto en la madrugada europea. En Filipinas es la historia de una mañana de domingo. La fecha, como puede comprobarse, es lo de menos. Por no importar el día, ni siquiera importa el año, la centuria o el milenio. En cada “combate del siglo” las historias que origina son lo que dirime su importancia. Ni los datos de audiencia o los millones de dólares, ni siquiera quién salga vencedor del combate, puede que influya en la historia que se haga con la victoria del recuerdo. Es posible, incluso, que se olvide sin más.

Talese_Photo credit- Joyce TennesonGay Talese / Foto: Joyce Tenneson.

Cada cual puede disfrutar del deporte a su manera. Unos practicándolo, otros observándolo. Unos son aficionados a todas las disciplinas, otros forofos de un solo juego. Unos chillan en soledad y otros en los bares. Otros callan. Unos comen patatas fritas y beben cerveza, otros sorben café pausadamente. Los que disfrutamos con algunos de estos resultados culturales de atavismo y modernidad, nos diferenciamos no solo en la forma de disfrutarlo entre los momentos del pitido, campana o pistoletazo inicial y final, sino también en cómo pasamos la víspera. Además, hay quien odia el deporte, todos los deportes, unos más que otros, que no lo practica, ni lo observa, ni quiere oír hablar de nada que tenga que ver con el deporte en general. Para gustos, colores —como se suele decir—. Por eso, voy a intentar escribir algo que quizás pueda servir tanto a quien no le interesa lo más mínimo el deporte, como a quien lo disfruta.

En las horas previas de uno de estos “combates del siglo”, me dispuse a calentar motores con el más complaciente placer que he podido encontrar a lo largo de mi vida: la lectura. Y en concreto, a releer algunas de las páginas mejor escritas que he tenido la suerte de descubrir. Y más específicamente aún, la inmersión en las crónicas y relatos del neoyorquino Gay Talese, en particular, los tres más famosos de sus retratos de púgiles: Joe Louis: el rey en su madurez, Alí en La Habana, y el maravilloso y melancólico El perdedor, sobre el campeón de los pesados Floyd Patterson

A Talese le interesaba más escribir historias sobre el éxito y el fracaso que el resultado final de una eliminatoria o la justicia de las decisiones arbitrales. Conseguía dar con las historias que sostenían la importancia simbólica del hecho deportivo. Una gesta atlética o un golpe imposible no siginificaban nada sin la chica enamorada de la cuarta fila del segundo anfiteatro, o sin el utilero voluntario que recoge el vestuario después de la derrota y de la victoria del pequeño equipo estudiantil o de veteranos. Por eso, los relatos de no ficción de Talese alrededor de tres de los grandes campeones mundiales de los pesos pesados —Patterson, Louis y Alí— no acontecen sobre sus actuaciones en el ring, sino en la vida. La dimensión humana en estos escritos le otorga al hecho deportivo una profundidad que explica la sugestión que, tan a menudo burdo entretenimiento, produce en millones de seres. La literatura tiene esa capacidad, cuando es buena.

El relato sobre Joe Louis que Talese escribió en 1962, cuando el campeón ya llevaba años retirado y pasaba su tiempo jugando al golf y viendo la televisión, causó una profunda sensación en el escritor Tom Wolfe, cuando lo leyó en las páginas de la revista Esquire, tanto que lo consideró el ejemplo pionero del Nuevo Periodismo. Eso que a Talese nunca le terminó de convencer, bajo la consideración de que realmente no hacía algo tan novedoso, sino sólo contar una historia real con las formas tradicionales de la literatura de ficción —atmósfera, descripción, diálogos, etcétera—, en lugar de recurrir a las habituales cinco preguntas —quién, qué, dónde, cuándo, por qué— del periodismo clásico. Para escribir Joe Louis: el rey en su madurez, Talese se entrevistó con el boxeador en Nueva York, aprovechando un viaje de negocios de éste, le acompañó de una reunión a otra por la Gran Manzana y también en el avión de vuelta a Los Angeles. El retrato del triunfador arruinado, del esposo feliz al tercer matrimonio, del hombre tranquilo que conserva un punto canalla es magistral sin más aditamentos, pero Talese logró hallar, además, esa historia enorme pero desapercibida que asoma por las rendijas del tema principal, y se sacó de la manga de su impecable traje italiano una última página con un final imprevisto, de estremecedora melancolía. 

El relato del viaje de Muhammad Alí a La Habana en 1996, del que fue testigo excepcional, le sirve al escritor para firmar una de las más sensibles narraciones sobre el paso del tiempo. Muhammad Alí, en La Habana, reuniéndose amistosamente con Fidel Castro, comunicándose únicamente a través de silencios y de gestos de una expresividad mímica, cuenta la historia del hombre enfermo que mantiene una lucha en la que solo podrá estar eternamente contra las cuerdas. El Alí tembloroso de Parkinson y sumido en un silencio entre contemplativo y patológico. “Hay en los ojos —escribe Talese— un lejano destello, poca expresión en el semblante y una total ausencia de palabras en la boca de quien fuera el más parlanchín de los campeones”. 

Aunque, sin duda y no por casualidad, el último de los placeres de Talese que degusté en la víspera del último “combate del siglo” fue El perdedor. La historia de Floyd Patterson, el único gran campeón del mundo en el que el peso de la derrota (y no del triunfo) definió su carrera y su vida. Fue el púgil predilecto de Gay Talese, por su condición de héroe trágico. Una vez se ha leído El perdedor ya no se contempla el boxeo con los mismos ojos. No son sólo dos hombres pegándose por un montón de dinero. Sino dos hombres solos, tal vez con un montón de dinero, pero solos. Solos en el centro de un banco de brumas. Es el escenario de una posible historia de derrota, la de los hombres del ring o la de quienes miran ese ring

Leer en frases de Talese las palabras de Patterson sobre el extraño dolor sin dolor tras caer noqueado fueron mi gusto antes del combate: “No es una mala sensación cuando te noquean. Es una buena sensación, en realidad. No duele, es tan sólo un mareo muy agudo. […] Pero luego —proseguía Patterson, sin dejar de pasearse— esa plácida sensación te abandona. Caes en la cuenta de dónde estás y qué haces ahí y lo que te acaba de pasar. Y lo que sigue es una herida, una herida confusa, no una herida física, es una herida combinada con rabia; es la herida de qué va a pensar la gente; es la herida de que estoy avergonzado de mi propia aptitud…, y lo único que quieres es una trampilla en mitad de la lona…, una trampilla que se abra y te caigas por ella y aterrices en tu propio camerino en lugar de tener que salir del ring y dar la cara ante toda esa gente. Lo peor de perder es tener que salir caminando del ring y dar la cara ante esa gente”.

Llegarán otros “combates del siglo”. La víspera del que les he contado fue la del combate entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao del 2 y 3 de mayo de 2015. Muchos lo habrán adivinado en cuanto leyeron la fecha en el primer párrafo. Pero no quise decir el nombre de los púgiles hasta ahora. Un gesto homenaje a Gay Talese, que tuvo el valor de escribir en 1958 el perfil del joven boxeador José Torres sin mencionar su nombre hasta el último de los diecinueve párrafos del relato.

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