Madrid Off: teatro alternativo, hervidero de talento

Hubo un tiempo no muy lejano en el que las salas denominadas off —antes de que evocasen un cierto glamour y fueran vistas como espacios dinámicos llenos de montajes, autores, riesgo e innovación constante— no eran más que unas cuantos espacios donde se practicaba un teatro diferente, fuera de los parámetros culturales dominantes, y que sobrevivían a duras penas con grandes dosis de ingenio y el siempre fiel boca-oreja, pese a que aún no existía esa herramienta comunicativa tan masiva e indispensable como Internet. 

MadridOff_Teatro-del-Barrio-Non-SolumEntrada al Teatro del Barrio, con Non solum, de Sergi López, en cartel / Foto: Teatro del Barrio.

Aún recuerdo un día durante el colegio, que fuimos a ver una obra que los profesores denominaron como minoritaria. Se trataba de Maldito papel, en la aún activa sala El Montacargas. Era una obra que trataba de denunciar la burocratización de la sociedad, un tanto naif si se quiere, y con todas las limitaciones del mundo —su puesta en escena, actores, incluso el atrezzo, lindaban con el amateurismo—, pero su esencia transgresora y un aire contracultural, con cierto talento en un texto escrito por chavales formados en la misma sala, hicieron de aquella excursión un descubrimiento de otra forma de contar las cosas, el hallazgo de que la cultura podía servir para cambiar unos valores que hasta ese momento yo consideraba inquebrantables. El intento de aproximarse a autores como Samuel Beckett o Eugene Ionesco y su «Teatro del absurdo» presentaba un modo de concebir el teatro más como un intento de transformación del propio lenguaje teatral, que como entretenimiento para un grupo de chavales de instituto una anodina tarde de diario. Desde ese momento me quedó claro que otra manera de contar las cosas, de expresarlas, existía, y que tenía cuerpo y rostro.

Como en el off londinense, el off Broadway o las salas alternativas teatrales bonaerenses, Madrid se ha convertido —muy a pesar de una política que ha potenciado espectáculos musicales de enorme músculo financiero y comedias y vodeviles de dudosa calidad pero indudable gancho comercial— en un hervidero de talento, dando cabida a nuevos autores jóvenes y autóctonos que hablan sin limitaciones de los problemas sociales que nos aquejan y que aportan una visión más crítica del actual estado de las cosas. Hoy se ha convertido en un lugar común hablar de la sala off madrileña como un fenómeno reciente, un síntoma de ebullición cultural y social donde tienen cabida propuestas contraculturales, alternativas, jóvenes creadores que pueden montar sus obras y rescatarlas de un olvido definitivo, e incluso la representación de autores extranjeros encumbrados que, misteriosamente, no han tenido opción de ser representados en plazas mayores durante mucho tiempo. Aún recuerdo la portentosa escenificación de Larga cena de Navidad, de Thornton Wilder en la sala La Guindalera, con reposiciones frecuentes. O el descubrimiento de una obra que condensa todo el universo de David Mamet, su misántropa Oleanna en el teatro Lagrada. O el milagroso montaje de Traición, de Harold Pinter. Y digo milagroso por descubrirme un Pinter inteligible, sentimentalmente corrosivo pero menos críptico que en otras obras suyas que me cuesta descifrar; o aquella pequeña joya intimista en el teatro La Abadía sobre el monólogo La caída, de Albert Camus, interpretada con infinito talento por Francesc Orella. Podría enumerar de memoria otros maravillosos montajes que, por su simplicidad de puesta en escena —el teatro en esencia, como el gran cine y todo arte de contar historias, se reduce a un buen texto y actores que sepan interiorizarlo y comunicarlo al público—, pueden tener cabida en lugares pequeños, ya que sus montajes no suponen una afrenta a las arcas públicas en tiempos de austeridad y desamparo cultural. 

MadridOff_Traición_Pinter_GuindaleraTraición, de Harold Pinter, en La Guindalera / Foto: Sala La Guindalera.

Todos los tópicos son simplificaciones argumentales que reflejan, en parte, la realidad. Es cierto que en estos últimos años se han multiplicado estos espacios, pero no debemos olvidar que Madrid lleva décadas ofreciendo un teatro a contracorriente. Muchos grandes actores y dramaturgos contemporáneos con calidad y recorrido contrastado se han unido a su causa, atraídos por la enorme calidad y talento que atesoran estas salas. Hoy se está cuestionando aquello de que solo en los grandes escenarios puede verse a los mejores. He podido ver a Miguel Rellán en la malasañera sala Tú, acompañado únicamente de un clarinete y del monumental texto de Alessandro Baricco en la obra Novecento: La leyenda del pianista en el océano; a Sergi López con su monólogo Non solum, en el recientemente reestrenado Teatro del Barrio, bajo la dirección de Alberto San Juan, o a Pedro Casablanc adoptando todos los ademanes y gestos de Luis Bárcenas en Ruz- Bárcenas, representada en el mismo escenario. Se va extendiendo la idea de que una ingente cantidad de talento, creatividad y otra manera de narrar se está abriendo camino. Y lo que es más importante, que una nueva generación que está siendo excluida y desplazada, formula nuevas formas de organización, rompiendo en mil pedazos un sistema obsoleto y caduco. Hay nuevos escenarios que crecen en público y calidad artística. Como antes he señalado, salas como La Cuarta Pared, Pradillo, Réplika o Lagrada, entre muchas otras, llevan décadas creando un teatro diferente, pero nunca antes su capacidad de atraer a público y crítica era tan notoria.

Hay que observar que una parte de este renacer escénico tiene algo de boom construido mediática e intelectualmente, aunque sería banal reducirlo a una campaña de marketing. Es un hecho que un impulso sin el cual no podría darse este fenómeno vino dado por la emigración de una multitud de intelectuales argentinos —exiliados, en la mayoría de los casos, de la dictadura de la Junta Militar—. Ahí está establecida como referente la Escuela de Arte Dramático de Cristina Rota y la sala Mirador, nacida para dar cobijo a una nueva dramaturgia de creadores jóvenes que se convirtió en pionera de los espacios-laboratorios donde conviven talleres experimentales impartidos por autores consagrados, con representaciones periódicas de sus obras. Dramaturgos argentinos como Pablo Messiez o Claudio Tolcachir han conseguido importar la vanguardia teatral bonaerense e introducir una forma de narrativa neorrealista, centrada más en las respuestas y dinámicas de los personajes, que en giros argumentales o en tramas inverosímiles. Todo nace en la cotidianeidad y su desarrollo y desenlace no se aleja de ella. Ejemplos magníficos son obras como La omisión de la familia Coleman o la reciente Como si pasara un tren, de Lorena Romanín, en la que desde una historia sumamente simple –tres personajes, una madre sobreprotectora, su hijo con una limitación psíquica y una prima que es enviada por su madre a convivir con ellos durante una temporada— y un escenario igualmente austero, apuesta por jugar con la geometría de las emociones. Desde un naturalismo solo roto por números de karaoke que destapan la vulnerabilidad de los personajes, la obra apuesta por alcanzar la complejidad desde una propuesta sencilla. Enorme teatro y sabiduría narrativa que enriquece el teatro español.

MadridOff_la_caidaFrancesc Orella, La caída, de Albert Camus, en La Abadía / Foto: Teatro de La Abadía.

Igualmente destacable ha sido la apuesta de teatros como el Lara de crear una sala off dinámica y en permanente cambio, sumando a su oferta cantidad de nuevas obras, que van alojándose en diversas salas sin dejar de ser exhibidas. Desde la eclosión de La función por hacer, hay un vivo interés por parte del nuevo panorama teatral —incluso las salas pequeñas de teatros públicos como el Español o Centro Dramático Nacional incluyen obras que previamente han destacado en el circuito alternativo— por dar cabida a nuevas voces, nuevas dinámicas, y una dramaturgia más adaptada a los convulsos tiempos que vivimos.

Es indudable que estamos viviendo momentos de cambio, en la que multitud de ideas, actores y  proyectos largamente silenciados y desaprovechados comienzan a canalizar su talento hacia diferentes espacios que han logrado hacerse visibles y demandan, a fuerza de calidad, un mayor protagonismo. Algo que gente como José Luis Gómez, entre muchos otros, lleva largo tiempo persiguiendo desde La Abadía. Se está agigantando la desconexión de las nuevas generaciones con una forma de entender la cultura, de expresarla y comunicarla. Una época tan transformadora y fértil en ideas y nuevos valores se está abriendo paso como en los primeros años ochenta con la consolidación de la democracia y la eclosión de la Movida. Es hora de valorarlo y sumarnos a este hervidero de talento.

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