Leonard Cohen, a mil poemas de profundidad

Leonard Cohen, en un Drugstore. Foto: Roz Kelly.

Con los años, a Leonard Cohen se le ha acentuado el aspecto de hombre despistado. Es de porte elegante y mirada confiada. La severidad actual de su traje negro y su sombrero de hombre de otra época contrasta amigablemente con una expresión simpática. Su apariencia no miente sobre la persona. Cumplidos los ochenta, caídas la mayor parte de las máscaras —nunca terminamos de perderlas todas—, tiene, irremisiblemente, todo el aspecto de un poeta.

Porque eso es lo que ha sido siempre Leonard Cohen, desde antes que ninguna otra cosa, un poeta. Es una de las figuras más influyentes de la cultura popular del siglo veinte y comienzos del veintiuno, el seguimiento mundial que su música ha alcanzado desde hace medio siglo le ha reportado ese prestigio. Muchas de sus canciones cuentan con una letra que, en efecto, no necesitarían acompañamiento musical alguno para constituirse en sí mismas como obra de arte. Las letras de temas como Bird on the wire, Chelsea Hotel #2, Suzanne o The Partisan, funcionan como poemas. Pero no es por eso que Leonard Cohen merezca el título de poeta; no recibe tal honor de rebote. Quizás, cuando en 2011 le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, muchos pensaron que fuera por la parte literaria de su música; y en parte así fue —también, por intereses de imagen más mundanos, como todo galardón de la alta institucionalidad; aunque ese es otro tema—, pero no solo por eso, sino en reconocimiento de una obra poética al uso, que tiene su origen mucho antes de que Cohen aprendiera siquiera a rasgar la guitarra, y que fue creciendo, cada vez más silenciosamente, a la sombra vertiginosa de su carrera musical. Este artículo, por lo tanto, va del escritor y no del músico, del Cohen desconocido, pero imprescindible.



En 1956, el recién licenciado Leonard vio publicado su primer poemario, titulado Let Us Compare Mythologies (Comparemos mitologías). La edición corrió a cargo de la Universidad McGill, el centro donde había estudiado, que acertó a inaugurar su modesta colección de poesía universitaria premiando la colección de poemas adolescentes y juveniles de Cohen. Cuarenta y cuatro poesías que ya anunciaban las preocupaciones fundamentales de Leonard, el amor y la muerte indisolubles y las referencias religiosas. Cinco años después, en 1961, el joven talento universitario dio el salto a la poesía nacional de Canadá. Comenzó su relación de amor editorial con McClelland & Stewart, la casa que le publicará en adelante sus libros. El segundo poemario de Leonard Cohen se tituló The Spice-Box of Earth (La caja de especias de la Tierra) y se convirtió en una sensación de las letras canadienses, sus poemas breves le valieron el pesado sambenito de “chico de oro de la poesía canadiense”. El reconocimiento es una incierta carga para cualquier joven poeta, como todo el mundo sabe. Cohen soltará lastre para seguir cargando prestigio con su siguiente libro de poesía, Flowers for Hitler. El título no necesita traducción, ni demasiada tinta para adivinarle su sentido: polemizar. No obstante, lo que pudiera parecer —y tal vez fuera— una vuelta de tuerca con más de provocación que de búsqueda poética, resultó un nuevo avance formal, de un poeta que había encontrado su voz madura. Versos como los del poema Destino —”El destino ha huido y yo te elijo a ti / que me encontraste mirándote / fijamente en un almacén / una tarde hace cuatro años / y has dormido conmigo desde entonces”—. O el magnífico poema Autobús, del primer al último verso, hacen recitar ya al Cohen desabrido y tierno, al escéptico enamorado y al ingenuo inconformista que cantará años después guitarra en mano. ¡Pero estamos aún en 1964! Leonard tiene 30 años y no comenzaba entonces a hacer música. Era casi el hijo predilecto de la poesía joven canadiense, y había escrito dos novelas —The favourite games y Beautiful Losers— de corte experimental, a la manera que comenzaban a postular los beatniks estadounidenses. Y aún, antes de que salga su primer LP —el afamado y de parco título Songs of Leonard Cohen—, le quedará por publicar un nuevo libro de poesía, donde se escriben ya algunos de los versos que más tarde serán mundialmente conocidos por canciones como Suzanne o Avalanche; este cuarto poemario, Parasites of heaven (Parásitos del paraíso), data de 1966, su título funciona como vaticinio de las sensaciones que están por alcanzarle en un futuro, como estrella mundial de la música popular. Un año después, arranca la aventura insospechada.

Leonard Cohen tenía 33 años cuando salió su primer disco, y una carrera asentada como escritor —todo lo asentada que puede estar la carrera y la vida de un escritor—. Visto desde la perspectiva del siglo veintiuno, se puede contemplar como una rareza aún mayor de lo que lo era en su época; por el hecho de que la poesía y la música, cuando se ven conectadas bajo una misma autoría, suelen establecer un camino inverso al de Cohen. Es el músico consagrado el que deriva en poeta, y no al contrario. Son numerosos los músicos que se prueban en la literatura, con desigual suerte, quedándose, generalmente, lejos de los logros demostrados en su principal ocupación. A Leonard Cohen le ocurrió precisamente lo contrario. Fue de la poesía a la música, y con la música —su segunda vocación— dio lo mejor de sí. Y triunfó su poesía.

Antes de su estreno musical, en el lapso de una década, Cohen había publicado cuatro libros de poesía. Después, habiendo pasado ya más de cuarenta años, sólo ha vuelto a publicar otros cuatro volúmenes de poesía; entre el penúltimo de sus libros y el último pasaron más de  veinte años, y desde la publicación de éste, en 2006, nada más, otra sequía de poesía sobre el papel que ya va para una década. No cabe duda de que la música de Leonard Cohen se hizo el nuevo soporte de su poesía. Y que lo que ha ido dejando caer sobre el papel han sido los restos más íntimos de un poeta dedicado a más cosas, pero que nunca ha perdido los rasgos de su especie desdichada, aunque haya estado exiliado por largas temporadas de las costumbres de la patria.

>Canadian singer Leonard Cohen will release a new studio album on Jan. 31.
Leonard Cohen, 2008. Foto: Valery Hache/AFP.

Esta segunda época de la poesía escrita del viejo “chico de oro” de las letras canadienses comenzó en 1972 con Energy of the slaves (La energía de los esclavos), sus contenidos más sociales y políticos, como cabe adivinar por el título. A finales de los 70, explayó sus desencantos y depresiones —amorosas y de todo tipo— en Death of a lady´s man, comercial pero no del todo desacertadamente traducido en España como Memorias de un mujeriego, que es su libro más rockero, el que coincide con su fase de estrella en lo alto del éxito, sufriendo los vértigos y las caídas que conllevan tales alturas. En 1984 presentó el libro de poemas Books of Mercy (Libro de la misericordia), que se arma sobre cincuenta salmos, impregnado de espiritualidad. Y después… el silencio sobre el papel. Algunos de sus mejores versos asaltaran las canciones de los discos Various Positions —ese mismo 1984— y I’m your man —del 88—. Son los versos de Dance me to the end of love —que conecta con una temática ya tratada en poemas como Amantes, de su primer libro—, Hallelujah, First We Take Manhattan, o la síntesis poético-musical definitiva sobre el Pequeño Vals Vienés de Lorca, en el himno de la melancolía Take This Waltz. Pero nada sobre el papel. Porque la caída llegó. Y le dejó tirado en la contemplación zen. Durante cinco años, Cohen estuvo retirado del mundanal ruido y se ordenó monje budista en un centro cerca de Los Ángeles. Otra cosa menos extraña hubiera sido más extraña conociendo a Leonard Cohen, a fin de cuentas, un buen chico judío de Montreal algo despistado.

Con el nuevo siglo, después de unos cuantos miles de versos y otros tantos miles más de cigarrillos en la voz, su música y su poesía se acercaron más que nunca. En 2006 publicó su último libro de poemas hasta la fecha, un recopilatorio de silencios con palabras diseminadas tenues a lo largo de veinte años. Book of longing (Libro del anhelo) se convirtió en un best-seller. Contenía poemas que son, ya hoy, piezas de recitado imprescindible en los nuevos últimos conciertos de Cohen tras su vuelta a los escenarios después de la conocida bancarrota. El más conocido de estos viejos poemas ocultos que se ha convertido en aclamado recitado es A thoussand kisses deep, incluido en el disco de 2001 Ten new songs. Pero el libro imprime otras tanta piezas de exquisita sensibilidad, lejos ya de la experimentación juvenil, más cerca del anciano de vuelta, salidos directamente del músico dentro del poeta; tales como Por el sendero —”Por el sendero de la soledad / llegué a la casa de la canción / y allí me quedé / la mitad de mi vida” […]—, o Mi tiempo —”Mi tiempo se acaba / y aún / no he cantado / la auténtica canción / la gran canción” […].

Se suele decir que el tiempo no pasa para los viejos rockeros. Es falso, por suerte. Porque el tiempo pasa, y en especial para los jóvenes poetas que llegan a viejos. El tiempo ha pasado y quienes leemos los versos de Leonard Cohen nos podemos conformar gustosos con sus palabras dichas estos últimos años, aunque no estén sobre el papel. Letras como las de Show me the place o Almost like the blues podemos verterlas en cualquier papel, de nuestra propia mano, y recitarlas nosotros mismos, la voz menos grave y seductora, casi avergonzada, pero a fin de cuentas, más cercana, algo así como a unos “mil besos de profundidad”.

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