Furia en la carretera: la más Mad

Estamos acostumbrados desde hace algunos años a una sucesión de remakes insulsos que no aportan nada a la escena cinematográfica, tanto es así que pudiéramos llegar a pensar que vivimos un periodo de decadencia creativa. No es así. Esta sequía de ideas es producto del corsé al que es sometida la industria del cine por parte de las leyes mercado. Una industria que para seguir siendo rentable se ha tenido que volver cada vez más conservadora, que prefiere reeditar una y mil veces formulas ya exitosas antes que embarcarse en nuevos desarrollos artísticos que podrían suponer un fracaso en taquilla. 

Hay que decirlo claro, no hay una crisis de ideas, es el sistema quien tapona el desarrollo de éstas. Hoy en día las superproducciones son más costosas que nunca y obligan, parece que en consecuencia, a planteamientos conservadores en lo artístico. Este podría ser el caso de la nueva entrega de Mad MaxMad Max: Fury Road (Furia en la carretera)—, si no fuera porque la película es un activo en sí misma, que aporta una cantidad nada desdeñable de elementos nuevos a la saga, dándole una personalidad propia.  

mad-max-fury-roadCharlize Theron en Mad Max: Fury Road / Foto: Kennedy Miller Productions/Icon Productions.

La propuesta que pone encima de la mesa Mad Max es más pertinente que nunca. ¿Quién puede negar las similitudes de guerras como la de Iraq o la Siria con el universo Mad Max? Ambos son lugares donde la vida se superpone, a duras penas, a la más absoluta de las devastaciones, un mundo desértico asolado por la barbarie y dominado por despiadados señores de la guerra, donde el objetivo más ambicioso que puede tener una persona es permanecer vivo hasta el día siguiente. Hija directa de los miedos producidos por la crisis del petrolero de 1973, Mad Max tenía una hipótesis de partida, de la que hablaba en una entrevista con The Courier-Mail, en 2006, el co-productor de la trilogía, James McCausland, que decía: “un par de huelgas del sector demostraron la ferocidad con la que los australianos podían defender su derecho a llenar el depósito. Se formaban largas colas en las gasolineras que tenían suministro, y si alguien se la saltaba, estallaba la violencia. George y yo escribimos el guión a partir de la tesis de que la gente haría cualquier cosa por mantener sus vehículos en funcionamiento, y la asunción de que los gobiernos no considerarían los grandes costes de proveer de infraestructuras para generar energía alternativa hasta que no fuera demasiado tarde”. 

Viendo por la televisión los desfiles de vehículos del Estado Islámico, transformados artesanalmente en carros de combate cruzando inhóspitos desiertos, podemos concluir que los gobiernos occidentales han hecho y deshecho lo inimaginable para que los coches del primer mundo continuasen en funcionamiento y siendo rentables a costa de convertir Oriente Próximo en un inmenso decorado de cine apocalíptico.

Aquella estética de la que hizo gala Mad Max desde la segunda entrega cambió para siempre el imaginario de las distopías futuristas. Mad Max: Fury Road recoge el testigo y es sin duda un ejercicio preciso de ingeniería visual que ha sabido captar los elementos más característicos de la trilogía. Tanto es así que el film brilla sobre las anteriores películas sabiendo recoger como ninguna la sensación de huída hacia adelante, una sensación que coincide en parte con el estado anímico general de la época en la que vivimos. La alocada huída a toda velocidad que han de emprender los protagonistas imprime un ritmo trepidante que no da respiro al espectador. Para poder realizar tal derroche de energías es necesario una puesta a punto general de toda la maquinaria de la saga, que entrañaba también un reforzamiento conceptual que no solo subraye sus elementos más característicos, sino que recupere esos medidos silencios que dibujaban aquel ambiente descorazonador tan característico de la primera y la segunda entrega. Esa medida falta de diálogos en la película permite, por un lado, el fluir de una acción abundante pero bien medida, y por otro, poner en evidencia el conflicto extremo de un mundo en el que no cabe nada que dialogar.

El punto de interesante gravedad que saca a debate Mad Max no es tanto la sustitución de la organización social por una más opresiva, ni siquiera la destrucción de las estructuras físicas que nos rodean, sino la misma destrucción de todas las estructuras políticas modernas y la conflictividad de toda relación entre semejantes, hasta un nivel en que solo la violencia contra el oponente dirime el conflicto. Un mundo donde no hay ningún acuerdo a largo plazo si no está basado sobre el exclusivo uso de la fuerza.

La trilogía inicial de Mad Max es hija de la psicología de su tiempo o, mejor dicho, de la psicosis de su tiempo, un tiempo marcado por las consecuencias de la crisis del petróleo que evidenció lo dependiente que podría llegar a ser el modelo de desarrollo de un único elemento. Paralelamente a la crisis del petróleo se comenzó a fraguar una crisis más lenta pero quizás de más calado: la del Estado del Bienestar ligado al fordismo en los países occidentales. El capitalismo de los derechos sociales, de las mejoras salariales pactadas por grandes sindicatos y del desempleo del 4%  llegaba a su fin y, como consecuencia, la descomposición de las estructuras de integración social ligadas a él. Pasamos de un modelo industrial que permitía la integración de los trabajadores a otro que impuso la atomización de éstos y que produce grandes tasas de paro. Toda esta situación provocó tal descomposición del orden social existente que se tradujo en una ola de criminalidad inédita hasta el momento, potenciada a su vez por la aparición de las drogas como negocio masivo. Hay que recordar que las tasas de delincuencia se dispararon en Estados Unidos, pero también en España. El cine recogió esta nueva cotidianidad gracias a géneros como el cine quinqui o el Blaxploitation

Este estado general de anomia se plasma sin las constricciones a las que obliga la referencia a la realidad cotidiana y con toda la potencia de la mejor ficción en Mad Max, película que refleja como pocas que lo más hostil de un planeta devastado no es su medioambiente, sino, como siempre, el propio ser humano.

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