Elliot Murphy, el poeta que pudo reinar

“Somewhere in these night lights lies the answer” 

Elliott Murphy. Diamonds By The Yard 

En algún lugar entre esas luces nocturnas se halla la respuesta. La medianoche hechiza al joven trovador con su arcano sortilegio y le salva la vida con las historias que le cuenta. Le explica cómo nunca llegará a un público masivo, a pesar de tener todos los ases en la manga, y cómo, en cambio, se convertirá en artista de culto: “nunca serás un artista global como Bruce Springsteen, Elliott, pero tendrás guarniciones de fieles esperándote acantonadas en cada ciudad de Europa. Y sabrás valorar el calor del público cercano…”, parece susurrarle al oído.

Lo cierto es que Elliott Murphy es uno de los grandes, aunque no llene estadios y aunque no venda millones de discos (¿y quién los vende hoy en día, por otro lado?). Es uno de aquellos hijos ilegítimos de Dylan, de los que empuñaron la guitarra a principios de los 70 y se han pasado cinco décadas contando historias, porque sus canciones son eso, historias sobre personas normales, hombres y mujeres corrientes, ganadores, perdedores, poetas sin blanca.

Elliot Murphy 1984Elliot Murphy, 1984 / Foto: Elliot Murphy Oficial.

Alrededor de veinticinco discos de estudio avalan su trayectoria profesional, desde aquel Aquashow de 1973 hasta el reciente EP de cinco canciones Intime, que ha lanzado este último marzo, y que demuestra que nuestro hombre a sus 66 años continúa en forma y en la brecha musical.

Las comparaciones son odiosas, pero Elliott no puede evitar que se le asocie a su amigo Bruce Springsteen y que se le recuerde que él no llegó a ser una megaestrella. A fin de cuentas, los dos tienen la misma edad, nacieron relativamente cerca —uno en Long Island y el otro en New Jersey—, los dos tocan un rock muy influido por el folk, incluso los dos comenzaron su carrera discográfica en el mismo año, 1973, y a los dos les tachó la revista Rolling Stone como “el nuevo Dylan”. Pero por alguna razón Springsteen se convirtió en un artista global y Murphy no. Así lo cuenta él mismo:

“Después de todo dejamos la salida tras el mismo pistoletazo en los primeros 70. Mi propio caballo empezó a cojear a mitad de carrera y para cuando remonte, Bruce había cabalgado hacia la gloria lejos de mí. Hubo un tiempo en que lloré lágrimas de envidia por sus triunfos, y más recientemente, me he tostado por el reflejo del foco de su fama gracias a su generosidad”.

Elliot_Murphy_Bruce_SpringsteenElliot Murphy y Bruce Springsteen / Foto: Elliot Murphy Oficial.

El joven Elliott de veinticuatro años pisaba fuerte, su debut Aquashow (un homenaje al espectáculo acuático homónimo que regentaba su padre) recibió críticas inmejorables. Y a pesar de que niega explícitamente similitudes entre su ópera prima y la discografía del vate de Minnesota, lo cierto es que Murphy reconoce su ascendente dylaniano: 

“Pero cuando aquella navidad de 1962 encontré el primer disco de Bob Dylan bajo el árbol, un regalo de Michelle [su hermana mayor], comprendí que había descubierto otro mundo. […] No fue hasta que escuché el primer álbum de Dylan que comprendí que algunas canciones maravillosas estaban hechas para ser escuchadas y no para ser bailadas; que algunas canciones tenían una historia y un lugar de nacimiento lejos de las salas cubiertas de dinero del negocio musical, y una vida posterior más allá de las volubles ondas de la radio pop”.

A pesar de los elogios cosechados, los discos de Elliott Murphy no vendían. A lo largo de la década de los setenta se fueron sucediendo títulos repletos de grandes canciones: Lost Generation (1975), Night Lights (1976) y Just A Story From America (1977), para cuya grabación se cambió de casa de discos porque, según sus palabras, “estaba impaciente porque pasase algo grande”. Pero no fue así.

La primera vez que oí hablar de Elliott Murphy fue en 1984, cuando aterrizó por primera vez en España para presentar Party Girls and Broken Poets. Le vi en televisión tocando en el maravilloso programa de Paloma Chamorro La Edad de Oro y el 4 de diciembre actuó en la sala Astoria de Madrid. Santiago Alcanda, el crítico musical del diario El País le presentaba así en su columna:

“Hace diez años Elliott Murphy comenzó a grabar discos para una minoría de oyentes conocedores de que hay otro pensador de rock, como Bruce Springsteen, o Neil Young, o Jackson Browne, hijos todos del trovador Bob Dylan. Desde entonces, Murphy ha asumido con humildad tranquila y feliz que su música llegó tres o cuatro años después que los mencionados, y, quizá, por ello se ha establecido en un lugar extraño, entre la admiración de algunos y el desconocimiento lógico de casi todos”.

Elliot Murphy_Sundown Festival, Marburg, September 08, 2012_Foto-Clemens MitscherElliot Murphy, 2012 / Foto: Clemens Mitscher.

Los años ochenta no dieron al mundo discos de Murphy tan redondos como los de la década anterior. Comentando una recopilación que recoge esa época, Elliott afirma que siempre pensó que los 80 fueron tiempos bajos para él y se sorprende de que diesen lugar a tantas buenas canciones. En efecto, podemos subrayar temazos como Change Will Come, The Fall of Saigon, Going Through Something o Winners, Losers, Beggars, Choosers, entre muchísimos otros. Aunque el hombre andaba confuso, el genio seguía habitando en él.

A finales de la década el trovador neoyorquino siente la llamada del viejo continente. Culturalmente siempre fue un americano muy europeizado. Por un lado, parte de sus ídolos literarios, como Scott Fitzgerald o Hemingway, son de la famosa “generación perdida” que se exilió voluntariamente a París en las primeras décadas del siglo veinte. Además, el propio Elliott recorrió de joven las capitales europeas tocando la guitarra en las calles y hasta participó de extra en el film Roma (1972) de Federico Fellini (aunque yo no he conseguido reconocerle entre los motoristas que salen al final de la película). Pero lo que realmente le lleva a afincarse en Europa es descubrir que su público está allí y no en Estados Unidos, donde sus discos pasan sin pena ni gloria.

Elliott Murphy llega a París para quedarse en julio de 1989, el día de la toma de la Bastilla y fiesta nacional en Francia, ligero de equipaje, pero cargado de ilusión (“los reactores volaban bajo, pero mi ánimo volaba alto”). Aquí comienza con cuarenta años cumplidos la segunda parte de su carrera, la del artista que se recorre todos los rincones de Europa encontrando siempre grupos de fieles para aplaudirle en sus conciertos.

En la década de los noventa Murphy lanza tres grandes discos de estudio ya desde París; el contundente 12 (1990), Selling the Gold (1995), una de sus mejores obras de esta segunda época, y el minimalista Beauregard (1998), que demuestra cómo un puñado de buenas canciones funcionan bien por sí solas con una ornamentación mínima.

Elliot Murphy_Sundown Festival, Marburg, September 08, 2012_Foto-Clemens Mitscher_2Elliot Murphy, 2012 / Foto: Clemens Mitscher.

Tras una serie de años sin saber nada de él, le redescubrí hacia el año 98  en un concierto que dio en formato “one man band” en la ya desaparecida sala Suristán, sus cuarteles madrileños cuando recalaba por la capital de España por aquel entonces. Recuerdo verle pasar entre el público para subir al escenario (el club era tan pequeño que no tenía ni backstage), guitarra en ristre y el arnés de la armónica al cuello, mirándonos a los presentes con los ojos muy abiertos, como un conejo deslumbrado por los faros en la carretera. Pero, amigo, aquel hombrecillo subía al escenario con su electroacústica Taylor y al primer acorde ya había crecido a la talla de un gigante del rock.

Un poco antes de entrar en el siglo actual, Elliott reclutó a un fiel escudero, Olivier “Big O” Durand, un francés con cara de despistado varios decenios más joven que él, pero que se desvela como un verdadero mago de las seis cuerdas. Durand acompañará a nuestro hombre por toda Europa, dándole un valioso soporte instrumental con una técnica precisa y eficaz. Un buen testimonio de las andanzas de los dos es el directo April, grabado en Alemania en 1999.

El eterno candidato a la fama continúa hasta hoy con su frenético ritmo de giras europeas, en los últimos tiempos arropado en escena por más músicos, la banda autodenominada Normandy All Stars, y lanza al mercado regularmente nuevos discos, entre los que destacan Rainy Season, Soul Surfing o el magnífico doble Strings of the Storm

Elliott Murphy encontró finalmente su reino entre los cientos de súbditos que le reciben en las pequeñas salas de las distintas ciudades en cada gira y que hablan español, francés, alemán, italiano, danés… El poeta pudo reinar en esta Europa sin fronteras del siglo veintiuno, como él mismo imaginó en el texto que aparece en la portada del álbum If Poets were King (1992):

“Imagina un futuro sin fronteras. Imagina ser un ciudadano de un país del que te sientas orgulloso. Imagina una nación de poetas. Imagina un país donde los poetas fueran reyes… Y, entonces, Lord Byron apareció, rodeado por políticos de izquierdas y derechas, porque la única dirección de un poeta es hacia delante. Y he aquí a Jack Kerouac como ministro de cultura, nunca en su oficina, por supuesto, siempre en la carretera. Shakespeare se sienta en el trono con la silenciosa Emily Dickinson, reina infiel a su lado. Rimbaud hace de bufón, pero el chismorreo en la corte es: “Espera a que crezca”. Wallace Stevens y William Carlos Williams sirven como embajadores, mientras Ezra Pound planea innumerables golpes de estado y T.S. Eliot mantiene bajos los tipos de interés, en calidad de ministro de economía. El silencio de semejante reino es impresionantemente hermoso”.

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