El Monumento a los pájaros, la obra de arte que cambiaría Madrid

Si se abandona Madrid por el sureste, saliendo por la plaza de Conde de Casal a la carretera de Valencia, el pasajero o conductor —ya imposible caminante en el laberinto de autovías— se sumerge en un primer paisaje periférico de resonancias telúricas, campos regados de industrias marchitas. Apenas a diez kilómetros de la capital, a la derecha del camino de huída de Madrid, la estación de cercanías de Santa Eugenia aparece crepuscular y gravemente atractiva, marcada para siempre por la cicatriz que dejaron las bombas el 11 de marzo de 2004. A su paso, se puede evitar la mirada, pero no el recuerdo. Pocos metros después, pero al otro lado de la carretera, se levanta un cerro llamado Almodóvar, una pequeña colina circundada de senderos como abalorios terrosos que rasgan un extraño pelaje de diferentes tonos de verde y amarillo a lo largo del año. Después de él, siguiendo hacia el sureste, quedan los pueblos y las ciudades dormitorio, con sus campos somnolientos y sus industrias durmientes. Más allá todo parece ligado al sueño de una realidad desorientada. Las alturas del Cerro Almodóvar se convierten así en una atalaya, a una parte, a la inmensidad del principio de una huída, a otra parte, a la panorámica de la ciudad bajo su contaminante atmósfera. Este lugar, inadvertido por acostumbrado, fue en un tiempo ya lejano, meta final de un itinerario a pie que convertía en horas la distancia de apenas diez minutos en coche que lo separa hoy de la estación de Atocha, en el centro de Madrid. Al Cerro Almodóvar tuvieron costumbre de caminar ciertos hombres para vislumbrar desde sus alturas una ciudad joven y la posibilidad de trasladar a la realidad circundante los sueños y las ideas de una sociedad nueva, a través del arte.

Alberto-cerro-vicálvaroVista del Cerro Almodovar / Foto: Vicalv@blog.

En 1927, el año hito de tantas cosas en España, no todo lo poético se restringió al verso. El año 27 es importante en la Historia del Arte en España porque es el año del inicio de un camino por recorrer, el que pisarán las suelas del pintor Benjamín Palencia y del pintor y escultor Alberto Sánchez. Es la historia, también, de una amistad, primero indestructible, después rota, como suele ocurrir con tantas. Los tiempos en que los dos amigos fueron inseparables significaron un punto de inflexión en las artes plásticas españolas. Juntos, Benjamín y Alberto fundaron la Escuela de Vallecas, que vino a originar una pintura y una escultura de vanguardia libres de influencias foráneas, profundamente arraigada en el paisaje de la meseta castellana, que tan bien simbolizaba la majestuosa y sencilla altivez del Cerro Almodóvar y los campos del extrarradio madrileño.

A partir de 1927, Alberto y Banjamín tomaron por costumbre casi cotidiana citarse algo después de las tres de la tarde en la estación de Atocha, desde donde echaban a andar hacia Vallecas, entonces pueblo a las afueras de la ciudad, y no distrito de ella. Por las vías del ferrocarril de Villaverde llegaban al pueblo de Vallecas y desde allí continuaban por las lomas de los campos a sus afueras. El lugar predilecto y habitual final de la expedición era el Cerro Almodóvar, que ellos bautizaron como Cerro Testigo. Hasta sus alturas caminaron, buscando impregnarse del paisaje austero del campo castellano, de la inspiración del horizonte popular. 

Alberto-répicla-el-pueblo-madridRéplica de la columna El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, de Alberto Sánchez, frente al museo Reina Sofía / Foto: MadridLaCiudad

Aquel lugar terminó convirtiéndose en un espacio de naturaleza casi mitológica en la imaginación de uno de ellos, y ubicándolo así, sin ser consciente, en el mapa histórico del arte español. Alberto Sánchez murió en el exilio en 1962, en Moscú. Su caso es uno de los más tristes y legendarios del arte español del siglo pasado. Conocido sencillamente como Alberto, la importancia magnífica de su obra y su figura contrasta con el desconocimiento sobre ambas. Alberto, así firmaba y así se le conocía. Solo un nombre absolutamente común. Pero entre miles de Albertos, solo un Alberto. Su caso es similar al de Miguel Hernández, quien fuera su amigo íntimo y acompañante en muchas tardes a los cerros de Vallecas.

“Al participar en la Exposición de Artistas Ibéricos —recordará el propio artista en sus memorias—, conocí a varios pintores. Casi todos se fueron después a París, menos Benjamín Palencia. Palencia y yo quedamos en Madrid con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional, que compitiera con el de París. Durante un período bastante largo, a partir de 1927, más o menos, Palencia y yo nos citábamos casi a diario en la Puerta de Atocha, hacia las tres y media de la tarde, fuera cual fuese el tiempo. Recorríamos a pie diferentes itinerarios; uno de ellos era por la vía del tren, hasta las cercanías de Villaverde Bajo; y sin cruzar el río Manzanares, torcíamos hacia el Cerro Negro y nos dirigíamos hacia Vallecas. Terminábamos en el cerro llamado de Almodóvar, al que bautizamos con el nombre de Cerro Testigo, porque de ahí debía partir la nueva visión del arte español… Aprovechamos un mojón que allí había, para fijar sobre él nuestra profesión de fe plástica: en una de sus caras escribí mis principios; en otra, puso Palencia los suyos; dedicamos la tercera a Picasso. Y en la cuarta pusimos los nombres de diversos valores plásticos e ideológicos, los que entonces considerábamos más representativos; en esa cara aparecían los nombres de Eisenstein, El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros”.

Si Miguel Hernández era un pastor que asaltó los cielos de la poesía española, el caso de Alberto no es menos llamativo. Nació en Toledo y se trasladó con sus padres a Madrid en 1907, cuando tenía 12 años. Hasta los 15 no aprendió a leer y se desempeñó en numerosos oficios, sobre todo como panadero. Tras tres años de servicio militar en Melilla, regresó a Madrid con 25 cumplidos y una experiencia acumulada de forma autodidacta de miles de dibujos, apuntes y bocetos sobre los temas más variados, desde los paisajes africanos a las escenas de la ciudad, pasando por la crítica social y la propaganda política. En 1924 expuso algunas de sus pinturas en el Salón de Otoño de Madrid, pero fue al año siguiente, en la exposición de Artistas Ibéricos del Palacio de Velázquez en el Retiro, cuando despuntó su obra como escultor. Después de aquello, ocupó un lugar preferente en el efervescente mundo artístico de la capital. Pocos años después, dirigía los pasos de los poetas y artistas con inequívoco y orgulloso rumbo.

Alberto-el-pueblo-españolEntrada al pabellón de la República en la Exposición Universal de París, con la columna de Alberto, 1937.

Dotado de un excepcional talento imaginativo y un instinto artístico para ponerse por propia cuenta al día con la actualidad del panorama artístico, su obra de raigambre popular e influencias surrealistas, abstractas y constructivistas, corría pareja, sin saberlo su propio autor, de la de popes de la vanguardia del momento, como Brancussi, o figuras como Archipenko o Zadkine.

En 1938, en plena guerra, Alberto fue enviado por la República a la Unión Soviética, para dar clases a los niños exiliados, en principio, temporalmente; el viaje, finalmente, será de no regreso. Es este momento en la Historia de España y en la historia personal de Alberto, el que marcará el inicio de su leyenda. Con el caos bélico, una cantidad innumerable de trabajos terminó extraviándose por España y por toda Europa; su taller en Madrid fue alcanzado por las bombas, y gran parte de sus obras, cabe suponer, acabarían destruidas, si no en un primer momento y voluntariamente a manos del poder fascista, sí como consecuencia del abandono y la ruina que asoló poco después todo el continente. Pero, especialmente dos de las obras perdidas de Alberto ayudarían a construir su leyenda: la enorme columna que saludaba la entrada del histórico pabellón de la República en la Exposición Universal de París en 1937 —donde se expuso por primera vez el Guernica—, que tenía por nombre el lírico y evidente El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella; y un proyecto nunca llevado a fin, el Monumento a los pájaros, una escultura símbolo de libertad que Alberto había imaginado en grandes dimensiones, ubicada en el Cerro Almodovar, donde comenzó todo.

La columna original El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella de la Exposición de París desapareció en la Francia de la Segunda Guerra Mundial. Lo único que se conservó de ella fueron las fotografías de la entrada de la exposición y una pequeña maqueta en yeso. En 2001, con motivo de la retrospectiva que el Museo Reina Sofia le dedicó al escultor, se instaló, en principio temporalmente, una réplica del original —de doce metros de altura— a la entrada del museo, acompañando, como hiciera en el 37, al Guernica. En una de las escasas buenas ideas de las instituciones y de los más escasos aún actos de acertada justicia, la réplica se quedó a las puertas del Reina Sofía desde entonces, constituyendo un elemento distintivo de la céntrica plaza madrileña.

Alberto_monumento-pájaros-bronceVersión en bronce de Monumento a los pájaros, por Alberto Sánchez, 1957.

Pero si El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella ha tenido con el tiempo su justo renacimiento en el mundo real, el más personal de los proyectos artísticos de Alberto aún espera la llegada de tiempos mejores. El Monumento a los pájaros nació para gran escultura que se ubicara en lo alto del Cerro Almodóvar, como refugio para las aves de Madrid o de paso por el cielo de la ciudad. Un símbolo a la libertad de imponente presencia en el mismo corazón del paisaje popular. Alberto llevó a cabo una primera versión de la obra, un vaciado a yeso en pequeña escala que desapareció durante la Guerra Civil, cuando el taller del escultor quedó destruido. En 1957, volvió nuevamente sus manos sobre la idea que desde hacía tanto tiempo le acompañaba, y realizó una versión en bronce. Sin embargo, siguió confinada durante décadas de un lugar a otro de Moscú, perdida y disgregada en varias cajas. En el año 2010, se recuperó la obra y viajó finalmente a España, siendo restituida por la Fundición Capa y presentada al público en una exposición temporal que traía al presente el viejo deseo de Alberto. Por supuesto, la cosa no pasó de aquella exposición.

El Cerro Almodóvar, históricamente recordado como parte de los campos más allá del viejo pueblo de Vallecas, ni siquiera se encuentra hoy en los límites del distrito vallecano, sino que pertenece al de Vicálvaro. Todo ha cambiado y nada lo ha hecho lo suficiente desde que Alberto y sus amigos caminaran por allí. Su idea sigue pendiente. 

Sin duda, de levantarse la mágica y monumental escultura imaginada por Alberto Sánchez en lo alto del cerro, la escritura histórica del arte español del siglo veinte cambiaría sustancialmente, tanto como lo haría para siempre el paisaje madrileño. Y ocurriría ese maravilloso milagro laico del que es capaz el arte: influir en las emociones más íntimas de las personas y de las sociedades. Porque el Monumento a los pájaros en lo alto del Cerro Almodóvar sería el único contrapeso posible que podría equilibrar el crepúsculo permanente, al otro lado del camino, de la dolorosa estación de tren de Santa Eugenia. Ojalá un día se haga realidad.

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