El gol de Nayim, o lo imposible que ocurre

Cedrún, Belsué, Cáceres, Aguado, Solana, Nayim, Poyet, Aragón, Pardeza, HigueraEsnáider. Así, como se hacía antes, recitando de memoria el once titular, hagámoslo hoy. Cedrún, Belsué, Cáceres, Aguado, Solana, Nayim, Poyet, Aragón, Pardeza, Higuera y Esnáider. Una letanía que invoque los tiempos pasados. Los ojos cerrados o fijos en ninguna parte, repitiendo los once nombres. Un conjuro mágico como el que hizo volar un balón por el cielo nocturno de París allá en el 95. Un conjuro para que alguna vez vuelva ese fútbol en el que aún eran posibles cosas imposibles.

No es que hace veinte años las cosas fuesen demasiado justas, al contrario, los grandes lo ganaban casi todo y los pequeños daban alguna sorpresa de vez en cuando. Pero aún ocurría que algo inesperado quebraba la melancolía de la afición de uno de esos equipos pequeños, que en España lo eran y lo son prácticamente todos. La dictadura del Barça y el Madrid se ha fortalecido en el siglo veintiuno hasta casi blindarse. Antes era posible sorprenderles en alguna competición, sobre todo en la Copa, en las eliminatorias donde podían triunfar —o caer como héroes— los valientes. Hoy apenas es posible soñar con ello. La dictadura de los talonarios ha exterminado lo poco que quedaba de magia pura y popular en el deporte de los chicos del barrio.

Nayim 1995Momento del disparo de Nayim, último minuto de la Recopa de Europa de 1995.

La misma semana que se cumplen veinte años del histórico gol de Nayim en el último minuto de la Recopa del 95, que le dio el título al Zaragoza frente al Arsenal, el Barcelona jugó contra el Bayern de Münich la ida de semifinales de Champions League en el Camp Nou, y Leo Messi dejó un gol de factura exquisita, una delicia total de velocidad y técnica; en la misma semana, también, los supermillonarios futbolistas de la Liga española deciden ponerse en huelga para que Hacienda les grave menos impuestos. Los millonarios en huelga no merece ni comentarios —una historia más en el país del mundo al revés—. Pero el gol de Messi, algo tan bello y… tan intrascendente. No emociona. Asombra, desde luego y lo disfruta todo aquel a quien le guste el fútbol, pero no estremece. Será una obra más de museo, pero no un recuerdo emocionante. El gol de Nayim, por el contrario, menos perfecto, casi salvaje, un poco destartalado y cargado de la fortuna que todo talento necesita, es cien, mil, un millón de veces más emocionante y más bello, porque es imposible pero ocurrió, la esencia mágica y trágica de este deporte.

Un gol en el último minuto de la prórroga, desde el centro del campo, escorado a la derecha, el balón recuperado de un mal despeje del defensa contrario. Nayim lo amortigua con el pecho, la pelota da un par de botes, no hay posibilidad de pase por fuera de juego y entonces el atisbo rápido del portero adelantado… y un instinto infantil. El balón recibe el impacto honesto del empeine, un poco con el exterior, sube al cielo de París, y baja como un obús sobre la vergüenza del portero vencido. El último minuto de una final europea, el gol de la victoria. Algo imposible que ha sucedido.

Zaragoza se encuentra aproximadamente a mil kilómetros de París. Tras el gol, el estadio Parque de los Príncipes temblaba efusivamente por los gritos de los hinchas españoles, por este motivo casi nadie de los presentes en aquel lugar se dio cuenta de lo que ocurrió aproximadamente un minuto y medio después, con el partido definitivamente terminado: el eco de un alarido confuso se dejó sentir en la capital francesa. El sonido viaja a 340 metros por segundo. Se trataba del festejo en Zaragoza, que había partido desbocado, en todas las direcciones, e impulsado por una interminable sucesión de aullidos alegres desde todas las partes de España.

Eran otros tiempos. La Recopa de Europa era una competición preciosa que también sucumbió bajo el mandato del negocio. La reconversión de la Copa de Europa en Champions League fue un cambio promovido para que los grandes equipos del continente tuvieran otros a los que batir —con jugosos ingresos televisivos— antes de volver a enfrentarse entre ellos en las eliminatorias finales. Con la llegada de la Champions se acabó la competición de los campeones nacionales de Copa, el único trofeo europeo donde era posible ver enfrentamientos entre clásicos e históricos con clubs pequeños que habían logrado una gesta histórica en su país el año anterior. 

El Zaragoza había ganado al Celta, el año antes, la final de Copa. En Europa venció en semifinales ni más ni menos que al Chelsea —que tampoco era el Chelsea de este siglo, todo hay que decirlo—. Pero el Arsenal, sí era el Arsenal —el equipo que ha sido siempre, tiene esa suerte y esa desgracia, el más valiente de los equipos ingleses—, y el Zaragoza, con un equipo de hijos propios y adoptados, ganó esos títulos merced a un fútbol de toque, generoso en la creación y en el esfuerzo. Merecía ganar la final de la Recopa. El pateo impulsivo y desesperado de Nayim hizo justicia, por eso emocionó tanto.

Es normal acordarse casi exclusivamente del gol de Nayim, pero la final de la Recopa del 95 fue un partido lleno de momentos definitorios de un fútbol de antes. Estaba ese equipo que apenas un par de años antes estuvo a punto de descender de categoría, con once titulares que cualquier aficionado recuerda sin dificultad, construido sin estrellas, con los de la casa y aquellos que los grandes no quisieron, como los cuatro ex del Real Madrid —Solana, Aragón, Pardeza y Esnáider; quizás ningún equipo como el Zaragoza ha puesto en ridículo tantas veces la ceguera del Real Madrid con tantos buenos jugadores—. Fue un partido con momentos extraordinarios. Como el primer gol de Esnáider —tremendo, como casi todos los que hacía—, celebrado de la única manera que le era natural a ese loco irascible, con la mirada rabiosa de quien todo parece hacerlo para saldar cuentas pendientes. O el intento de vaselina desde el medio del campo de Santi Aragón, que no pudo emular su famoso tanto a Zubi, pero que pareció un guiño al destino, indicando cuál era la forma de franquear esa portería. O el momento en que Geli entró al campo y el rótulo televisivo indicó que Nayim sería el jugador sustituido, como si una fuerza extraña tratara de subvertir lo que no estaba escrito pero iba a ocurrir; un cambio que no sacó a Nayim del terreno de juego, sino que le cambió de banda y de esa manera le colocó justo donde tenía que estar para hacer lo que hizo. O Cedrún, el último portero de la vieja escuela del Athletic, con su porte fúnebre, dudando en el momento del gol de la victoria entre sumarse a la fiesta de todo el equipo, incluido el banquillo invandiendo el campo, o quedarse en la portería, por miedo a que el Arsenal sacara rápido y le sorprendiera lejos de su puesto. Cedrún no se abrazó con nadie, se quedó entre los tres palos, viendo la felicidad desde su atalaya solitaria, dominada por el miedo y la responsabilidad.

Sí, eran otros tiempos. Cedrún, Belsué, Cáceres, Aguado, Solana, Nayim, Poyet, Aragón, Pardeza, Higuera, Esnáider.

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