El final de ‘Perdidos’: el cisma definitivo

El 23 de mayo de 2010 se emitió a nivel mundial el final de Lost (Perdidos), el paradigma del fenómeno de las series televisivas del nuevo siglo. Lost se emitió durante seis temporadas, generando divisiones desde pronto: entre quienes la veían y quienes no la veían, entre quienes denostaban sus tramas y planteamientos y quienes quedaban fascinados por sus giros de guión, entre Jack y Sawyer, entre Jack y Locke, entre los otros y nosotros. Aquel 23 de mayo se abrió la última y definitiva división en el universo Lost, ocurrió entre los propios losties, aquellos que, con más o menos adhesión o disidencia, habían seguido religiosamente cada capítulo durante seis años. Con el final, se abrió un cisma definitivo entre los seguidores de la historia de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic de Sydney a Los Ángeles y otros moradores de La Isla.

Lost_The-endLost, The End / Foto: ABC Studios.

Hubo quien dijo que lo importante eran los personajes —qué duda cabe— y que el desarrollo de cada uno de ellos era el porqué de esta historia. Y que lo demás no importaba, o importaba poco. Yo no estoy de acuerdo, pero utilizaré ese mismo argumento para defender mis consideraciones. Precisamente porque lo importante son los personajes… el cuento de Lost quedó incompleto; porque La Isla era uno de ellos, otro personaje, y se necesitaba conocer su historia como se supo la de Jack, Ben, Desmond, Sawyer, Kate y todos los demás. 

El aislamiento, la soledad, la incomunicación, el amor, la venganza, el miedo, la justicia, el bien, la libertad, el mal, todo eso ha sido contado miles de millones de veces. Son los temas que definen la historia de todas la civilizaciones. Todas las historias abordan los mismos temas, ya sea en una isla misteriosa, en el interior de una ballena o en un castillo de Dinamarca. Con Lost se dio en una isla, La Isla. Y ésta resultó más misteriosa que casi cualquier lugar conocido antes. 

Si Perdidos enganchó con tanta fuerza no fue solamente porque sus guionistas hubiesen regalado a un puñado de personajes antológicos debatiéndose en cada uno de los conflictos universales del ser humano, sino porque los habían colocado sobre un tablero de juego verdaderamente atractivo. Aquellos personajes solitarios tuvieron que pegarse con el inicio de los tiempos, convertirse en héroes por mandato de las circunstancias. Se planteó entonces una primera batalla: ante lo desconocido, ¿cómo actuar? La razón frente a la fe. Querer saber frente a querer creer. Ciencia o religión. Jack o Locke. Las divisiones de Lost. Y cada cual tomó su partido. 

Fueron muchas la críticas y los cabos sueltos, las trampas que camuflaron los creadores de la serie. El abuso del cliffhanger —el final en suspense— tramposo, los constantes giros inverosímiles de una trama cada vez más confusa, cierto sentimentalismo. Todo lo que se quiera, cierto. Pero también es verdad que, pese a algunas malas artes, Lost consiguió enganchar con unos personajes de excelente profundidad, y con un manejo de la estructura narrativa a base de saltos temporales realmente prodigioso. Pero al llegar al final, con todos los errores y aciertos tácitamente juzgados, tocaba el momento de la sentencia o la absolución. 

Y entonces fue cuando tocó ser honestos. La madrugada del final de Perdidos todo el mundo sabía que Jack cerraría el ojo, que cumpliría su misión, y hasta que besaría a Kate. Todo el mundo sabía el final de cada personaje, que todos alcanzarían de una u otra forma su redención. Y quién no esperaba que Hugo fuese el nuevo Jacob… Sin embargo, lo que todos queríamos saber era lo que no sabíamos: qué era La Isla. 

Nos quedamos sin saberlo. Y fue una gran desilusión, tanto que daban ganas de meterse en un avión cada semana con tal de estrellarse y descubrirlo. Fue un error que los creadores no lo contaran. La verdad, los losties nos hubiéramos conformado con casi cualquier cosa. ¡Y hubiera sido tan sencillo! Sabíamos lo que estábamos viendo —pura fantasía—, lo que fuera hubiese valido. Pero Lost dejó suelto el cabo más importante. Y el cisma se abrió inevitablemente. La historia se había convertido en “un cuento contado por un idiota —o un simple charlatán—, lleno de ruido y furia, y que nada significa”. Fue una pena, porque hubo veces que esta historia la contaron muy bien, como el día que descubrimos que no habíamos visto el pasado, sino el futuro; y se dibujaron personajes preciosos en todo su desarrollo, como Jack o Sawyer, o el impagable Ben Linus desde el primero hasta el último plano de la serie. 

Pero los creadores de Lost también tomaron partido. Eso fue lo que pasó. Eligieron a Locke. Así de simple. El mensaje final: lo que nos espera es un más allá y el hecho de que queramos ser dueños de nuestro destino importa poco. 

Tomaron partido y nos quisieron vender un mensaje asqueroso con esa última secuencia “limbótica” que abrió indefectiblemente el cisma entre unos seguidores y otros. Los narradores de la historia de La Isla intentaron colar un mensaje de comunión espiritual, de triunfo del idealismo —filosófico— sobre al materialismo —la realidad, a fin de cuentas— . El mensaje de los mentirosos, de los que durante siglos trataron de hacernos creer en lejanos y todopoderosos creadores, en castigos divinos, tan sólo para tenernos atemorizados y obedientes. El mensaje del después hay algo más, aunque no puedan demostrarlo, aunque no lo sepan. Los creadores de Lost, en la última secuencia de la serie trataron de empujar al espectador como Jacob empujó a su hermano, sacrificado tan sólo porque quería saber qué había más allá del mar. 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies