El día que el cielo contuvo sus lágrimas

Fue una noche de verano, en la Playa de La Zurriola, en San Sebastián. Casi medianoche de un julio metido en lo más profundo del verano. A orillas del Cantábrico, sin embargo, el verano tiene una personalidad distinta, no es profundo sino huidizo, encuentra siempre una escapatoria hacia la primavera de cielos lacrimosos o al otoño de brisas con olor a tierra. Aquel día y aquella noche de julio en San Sebastián, inauguración del Jazzaldia 2011, era una de esas jornadas en que el verano amenaza con fugarse. La Playa de La Zurriola es la más salvaje en su oleaje de la ciudad. La enorme extensión de arena era el sitio idóneo para que apareciera un símbolo de dimensiones similares. No había otro escenario en aquel lugar del mundo más preparado para acoger la enorme presencia de un hombre de 85 años, tan inabarcable y enérgico, tan parsimonioso y salvaje, como las aguas del mar que pondrían el susuro de fondo a su música aquella noche. Fue la última vez que vi en vivo y directo a B.B. King, el rey feliz de la música triste.

BBKingB.B. King, concierto en San Sebastián, julio de 2011.

Desde por la mañana el cielo amenazaba lluvia, y parecía que no iba a respetar a los miles de entusiastas que esperábamos en nuestro deambular urbano la llegada del rey del blues para inaugurar al filo de la medianoche el Festival de Jazz. Yo sabía que iba a ser la última vez que viera en directo a B.B. King —tenía esa premonición—, y la lluvia no me iba a aguar la fiesta, al menos metafóricamente. 

La buena música, como casi todo el arte y las buenas historias, está construida de recuerdos y como recuerdo queda transcrita, perdiendo sonidos, colores o frases por el camino. Del libro que nos marca indeleblemente recordamos a qué amor o amistad perdidos se lo regalamos. De la retrospectiva del pintor que al fin llegó a nuestra ciudad, lo que más nítidamente quedó en la memoria fue el café de después con la persona que nos acompañó. De toda la música de B.B. King escuchada durante décadas, lo que quedó para mí fue esa noche que adiviné la última, solo en San Sebastian, rodeado de miles de personas, la mayoría más jóvenes que yo, mirando las mismas estrellas veladas y escuchando a B.B. King tocar The thrill is gone como si fuera la primera vez, es decir, como si fuera la última.

El concierto había comenzado con un largo preámbulo de la banda antes de que el King saliese a escena. Los nervios se crisparon un poco. Pero cuando el viejo salió, tranquilo, sonriente y renqueante, y se dejó caer en su asiento, pronunciando sus primeras palabras y moviendo graciosamente los hombros, todo se puso en orden. El hombre estaba allí sentado, majestuoso, como una imagen pagana en una playa mitológica. Lo primero que hizo B.B. fue presentar a la banda. Yo me defiendo más o menos bien con el francés, pero el inglés me cuesta, no obstante, no tuve problema para entender lo que decía el rey, gracias a los jóvenes alrededor que procedían con una traducción simultánea. B.B. King comenzó vacilándole al teclista, eso lo supe a medias por lo que decía la gente. Recuerdo que dijo también algo como “esta noche vamos a mover el esqueleto”; que “tenía 85 años, pero que disfrutaba y era feliz por poder estar allí”. Y finalmente, antes de empezar: “are you ready?”, susurrando; y de nuevo: “are you ready?”, en una loca exclamación. Y los vítores de la gente como respuesta, el mío entre ellos. Claro que estaba listo.

La siguiente hora y media, aquel hombre octogenario estuvo cantando y tocando la guitarra de una manera inigualable. Demostrando que todo lo que tenía en el cuerpo era alma, un alma tan grande que podría montar una orquesta de al menos cien músicos con ella sola. Un alma llena de blues. Un alma tan apabullante que el cielo, con todo lo conmovido que se encontraba, tuvo que demostrarle su respeto, conteniendo el llanto aquella noche.

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