Art and Craft: arte, falsificaciones y el más increíble todavía

Art and Craft, la película documental —trailer aquí que aborda la historia de Mark Landis, importante falsificador de arte descubierto en 2008, se encuadra en el reciente género cinematográfico del “la increíble historia del último e increíble genio desapercibido en la increíble Norteamérica”. En este caso es: Landis, esquizofrénico, algo más de cincuenta años, algo menos de cincuenta kilos, obsesionado con su madre recién fallecida, solitario, sedado, solo, superdotado para el dibujo y la pintura desde niño, tal vez una carrera artística convencional frustrada por las enfermedades mentales, y otra carrera menos convencional generada por ellas, la de falsificador de arte; en 2008 un experto del Museo de Arte de Oklahoma sospecha que ciertas obras de sus colecciones son falsas, investiga y descubre que las donaciones desinteresadas que ha venido haciendo desde hace décadas en museos de todo Estados Unidos un extraño hombrecillo de poco más de cuarenta kilos de peso —que en ocasiones se hace pasar por heredero filantrópico, otras como sacerdote— son copias; Mark Landis había colado falsificaciones de obras de autores como Louis Valtat, Paul Signac, Egon Schiele u Honore Daumier, incluso dibujos de Walt Disney y óleos de Picasso, ¡en museos de una veintena de estados!

Art&Craft_OscilloscopeLaboratoriesMark Landis, en Art and Craft / Foto: Oscilloscope Laboratories.

La historia saltó a los medios de comunicación estadounidenses con dos elementos llamativos: el descubrimiento morboso de la última historia increíble protagonizada por un campeón de los freaks, y el hecho de que en el fraude de Landis no hubiera delito aparente, porque no vendía sus falsificaciones, sino que las donaba, y había sido la incompetencia de las instituciones y museos que habían recibido el regalo del desinteresado Landis, la que había colgado en sus paredes todas aquellas obras falsificadas como si fueran verdaderos Picassos, Daumier, Signac, etcétera.

El film —dirigido por Sam Cullman, Jennifer Grausman y Mark Becker— arranca siguiendo al estrafalario Landis comprando en Wallmart materiales para su última falsificación, una pequeña tablilla de 1540 con la representación de una crucifixión —sobre la que le vemos dar los últimos retoques en su desastroso dormitorio—, continúa con la llamada de Landis a la institución a la que ha decidido colocársela, con quienes acuerda una cita esa misma tarde. Hasta aquí todo bien. Van cinco minutos de película. Pero la sorpresa llega cuando entra en las oficinas de dicha institución, con su tablilla e interpretando el papel de hombre que ha recibido tal herencia de su hermana recién fallecida… y la cámara le sigue y graba toda la farsa sin que ninguno de los protagonistas se extrañen por el hecho de que esa cámara esté allí. ¿Qué es esto, de qué va? ¿Es una dramatización, acordada con las partes, del tipo de fechoría que ha venido cometiendo Landis desde hace décadas? Bueno, es evidente que sí, que no puede ser de otra manera. Sin embargo, no se dice nada y todo sigue su curso como si el espectador fuera imbécil. 

Discúlpenme. Tal vez esté sacando las cosas de quicio por lo que puede ser un mero despiste o una pequeña trampa para presentar de la manera más rápida al protagonista, y embaucar la atención del espectador. Pero me parece suficiente para que una historia real —como parece ser esta— se vuelva literalmente increíble. Menuda paradoja. 

La historia de Mark Landis es excepcional en sí misma. El tío es un personaje para enmarcar, no cabe duda. Pero el tema no es él, el tema no es “aquí tienen al hombre más raro del mundo y miren lo que hizo”. El tema que realmente interesa pasa de fondo en el film: el arte y su valor. Art and Craft tiene cosas interesantes, y saca a relucir la manifiesta incompetencia de ciertos expertos y la debilidad cegadora de algunas instituciones artísticas al encontrarse con una obra que por un azar se ha escapado del circuito del mercado. Ese es el tema y lo de menos es por qué el señor Mark Landis es como es. Los expertos son puestos en ridículo cuando un hombre con graves desequilibrios mentales es capaz de colarles una fotocopia de un Picasso pintada encima con óleo como si fuera una obra auténtica. Con un sencillo vistazo del cuadro bajo luz negra el fraude es reconocible. No lleva más de un minuto descubrirlo. Y sin embargo Landis se la colaba. Pero ya está, no da para más. Porque lo que se vende es lo que vende, y Art and Craft va solo de un tío raro. Su mayor logro lo alcanza no por mérito propio: como ejemplo de lo fácil que es manipular y hacer pasar por real algo que no lo es, paradójicamente haciendo que algo real parezca inventado.

ArtAndCraft_LandisMark Landis, en Art and Craft / Foto: Oscilloscope Laboratories.

¿Quién nos dice que la historia de Landis no es más que ficción? Que Landis no existe, que es solo un actor magnífico y todo un experimento de mercadotecnia. En 2010, el falso documental I’m still here, sobre el supuesto abandono de la interpretación de Joaquin Phoenix, consiguió jugar con lo falso y lo real y poner en cierta tela de juicio hasta qué punto se puede creer en lo que nos cuentan a través de las pantallas de cine y televisión. Tal vez todo fue una pantomima hollywoodiense —de ser así, reconociendo el papelón de Phoenix como celebrity gilipollas integral—, pero dejó claro que nos podemos tragar cualquier cosa como suceso real, sin que lo sea.

El formato de falso documental se ha extendido hasta límites que lo agotan. Y es una pena, porque su atractivo y posibilidades son inconmensurables si se utilizan con cierto honor. Sí, honor. Permítanme el anacronismo. Honor, porque hay una responsabilidad en este momento de la historia para los nuevos narradores. Se puede jugar a confundir la realidad y la ficción, a combinarlas, siempre y cuando se respeten unas reglas, al menos una fundamental: al final del cuento debe quedar expuesta la verdadera naturaleza de cada una de las cosas contadas, si real o inventada. Si no, es una trampa para bobos. En un mundo donde no recibimos otra cosa que manipulaciones, hay una responsabilidad por decir la verdad, especialmente a la hora de contar historias que juegan con la atención y la confianza —la fe, incluso— de quienes las reciben.

Hay muestras de sobra para admirarse del poder narrativo del falso documental —el que trabaja con elementos inventados— y del documental de no ficción. No una sencilla obra maestra, sino el pináculo del formato, es F for Fake, de Orson Welles. La combinación de la historia real y de una ficción narrada con los métodos del documental se combinan y presentan un ejercicio reflexivo sobre el arte de contar historias como nunca antes se hizo. La obra maestra de Welles data de comienzos de 1973, después de ella hubo quien aprendió la lección, entre ellos Woody Allen. En 1983, Allen dejó, quizás, el mejor falso documental integral de la historia del cine: Zelig.

Las barreras se están borrando. Es difícil discernir qué historias han ocurrido realmente y cuáles son sólo producto de la imaginación —o la manipulación mediática—. Que las barreras entre la forma de narrar una historia real y la de narrar una historia ficticia se borren no significa que cada historia deje de tener su naturaleza inequívoca. No hay nada malo en el espejismo temporal, en involucrar más directamente al receptor de una historia escondiendole el grado de veracidad de la misma en un inicio y hasta un final, todo truco de magia consiste en eso. Pero al terminar la función, hay que mostrar las cartas, que no es desvelar el truco. Algunas historias reales están viéndose damnificadas por una mala forma de contar historias. O tal vez es que nos hemos acostumbrado tanto a la mentira que ya no sabemos qué creer. 

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