Paul Gauguin, en un rincón de sí mismo

Paul Gauguin fue muchas cosas. Padre, hijo y espíritu santo consciente de la pintura moderna, su historia es la de un niño enamorado de los mares del Sur, la del agente de bolsa pasajero —pequebú caprichoso y obstinado— y del artista fugitivo. Gauguin, una especie de Kurtz sifilítico, insoportable, tierno y mesiánico, estaba convencido de cumplir una misión, la de abrir un nuevo tiempo para la pintura. Y lo hizo. Murió en 1903, a los 54 años, habiendo dedicado apenas las dos últimas décadas de su vida al arte. Arruinado. Abatido en su propia razón. Se había sacrificado por una idea que solo triunfaría en el futuro. En el momento de su muerte faltaban dos años para que los fauvistas removieran los cimientos del Salón de Otoño de París con su salvajismo naif; tres para que Picasso dibujara los primeros bocetos de Las señoritas de Avignon. En el momento de su muerte faltaban veinticinco años para que Alexander Fleming descubriera la penicilina, que hubiera curado su enfermedad. Pero estaba donde quería, en el corazón de las luminosas tinieblas de sus más íntimos deseos, en las Islas Marquesas, el lugar más alejado de todas las partes del mundo y más cercano a los recuerdos de su infancia.

Paul_Gauguin_Visión del sermónVisión del sermón, 1888 / Paul Gauguin/National Gallery of Scotland

La historia de Gauguin es una fuente profusa de leyendas artísticas: la del agente de bolsa que entrados los treinta abandona su acomodada posición para morirse de hambre pintando cuadros, el archiconocido episodio de convivencia artística con Vincent van Gogh que acabó en la automutilación de éste, las penurias y trabajos precarios —marinero, albañil, pegacarteles…—, el viaje a lo desconocido, la vida “salvaje” en una choza perdida en el bosque de una isla tropical, casado con una niña, el regreso a Francia para recibir la monumental paliza de unos marineros, la vuelta definitiva a Oceanía, los intentos de suicidio, la conversión en una especie de tribuno indígena que le conducirá a la condena a prisión, el abandono intermitente de la pintura, el rutilante punto y aparte de su obra, y el testimonio, lírico y directo, de quien quiere dejar escrita la historia de sí mismo. 

Más de un siglo después de ser pintados, la mayor parte de los cuadros de Gauguin siguen constituyendo un magnífico ejemplo de modernidad. Su poderosa singularidad los coloca en la sala de las obras eternas, aquellas que trascienden su época y emocionan a las personas de los siglos posteriores. Está con los Giotto, Masaccio, Donattello, Vermeer, Caravaggio, Goya, Turner, Millet, Cézanne, su amigo van Gogh, Tolouse-Lautrec o Picasso, entre otros. Sin necesidad de conocer nada sobre su autor, obras como Visión del sermón, El cristo amarillo, Vahine no te Tiare, Manao tupapau, Mujeres de Tahití, El caballo blanco, o la monumental ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?, tienen un poder magnífico de sugestión en el espectador.

Paul Gauguin_Mujeres de Tahiti, 1891, París, Museo de OrsayMujeres de Tahití, 1891 / Paul Gauguin/Museo de Orsay, París

El rojo intenso del terreno confuso en Visión del sermón hipnotiza sin necesidad de identificar la lucha de Jacob con el ángel. La arena amarilla —como la piel de Cristo—, los bosques azules, los caballos blancos y naranjas, y las mujeres hieráticas del paraíso oceánico no requieren identificar historias ni lugares, atraen por su capacidad de evocación. La narración propuesta en ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos? es de una lectura universal, cualquier persona en cualquier parte del mundo puede adivinar las preguntas que lanza la obra, sin necesidad de conocer el título inequívoco que le puso su autor; y lo más importante, se siente obligado a responderlas.

Paul_Gauguin_Manao tupapau, 1892, Buffalo, Museo Albright-KnoxManao tupapau, 1892 / Paul Gauguin/Museo Albright-Knox, EEUU

No es necesario saber nada de Paul Gauguin para sucumbir ante su arte. Incluso sus numerosos autorretratos tienen la capacidad de comunicar más allá de la máscara representada. El poder de la mirada fija y dolorosa que el pintor se dedicó a sí mismo funciona como espejo para cualquier alma torturada. Pero, por suerte, es posible saber más, mucho más, sobre Paul Gauguin, y disfrutar de una manera nueva e igual de sugerente con su obra: conociendo su historia, y especialmente, leyéndola de su propia pluma. El pintor dejó una abundante obra literaria, mayoritariamente autobiográfica y explicativa de sus concepciones artísticas. A la vuelta de su primera estancia en Tahití, escribió Noa Noa —que significa “perfumado”, en tahitiano—, el relato de su primera experiencia en lo “salvaje”, como pintor y como persona; de la búsqueda de una pureza pictórica que intuía sólo poder alcanzar mediante el encuentro de una parte remota de sí mismo. “¿Llegaría a encontrar algún rastro de ese pasado tan lejano —escribe el pintor—, tan misterioso? Y el presente no me decía nada que pudiera animarme. Volver a encontrar el antiguo hogar, reavivar el fuego en medio de todas esas cenizas. Y además, completamente solo, sin apoyo ninguno”. 

Los escritos de Gauguin, reunidos en español bajo el título Escritos de un salvaje —editados por Akal—, son el complemento que enriquece el disfrute de una de las obras artísticas más determinantes de nuestra época. No solo Noa Noa, también las cartas a amigos y a la familia abandonada, los artículos y escritos sobre arte —como los Chismes de un pintorcillo—, los artículos políticos anticoloniales en la prensa de las islas, o la breve autobiografía Antes y después, son maravillosas muestras de una personalidad y una misión artística excepcionales.

Paul Gauguin_¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?, 1897¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?, 1897 / Paul Gauguin/Museo de Bellas Artes de Boston

La lectura de Gauguin lleva al lector de una sonrisa asombrada ante la vanidad del artista a un fruncimiento compasivo del ceño por la tragedia del ser humano excepcional pero tremendamente nocivo para sí mismo. “Por un momento me parece que estoy loco y, sin embargo, cuanto más pienso, por la noche, en mi cama, más creo tener razón”, le dice a su amigo Emile Schuffenecker. A su mujer, Mette, después de abandonarla y de regreso de su primer viaje a Tahití, le escribe: “Creo que cumplo con mi deber y, precisamente por ello, no acepto ningún consejo ni ningún reproche. Trabajo en condiciones desfavorables y hay que ser un coloso para hacer lo que yo hago en estas condiciones”. Impagables frases de un hombre sin complejos. Como las confesiones, menos arrogantes, e íntimas de su búsqueda artística y existencial: “He discutido largamente conmigo mismo sobre qué es lo que había que hacer y he llegado siempre al mismo resultado: la huída, el aislamiento» […]  “el único consuelo en este mundo es el respeto que uno adquiere de sí mismo y el sentimiento merecido de su propia fuerza. Después de todo, rentas las poseen la mayoría de los brutos”, de nuevo a Schuffenecker. O el dolor por su propio desastre, la noticia de la muerte de su hija Aline que inspira en la soledad de las islas el “Ay, cómo envejecen las largas noches sin dormir…”.

Paul_Gauguin-Autorretrato-Les-Miserables-1888Autorretrato con retrato de Bernard, 1888 / Paul Gauguin/Museo van Gogh, Ámsterdam

Rescatar las palabras de Gauguin como guía para profundizar en un arte universal permite engrandecer los méritos de las obras humanas. Contemplar la obra perfecta desde el conocimiento histórico del ser imperfecto que las creó permite una comprensión más humana, y por lo tanto, más profunda del arte como patrimonio universal. Gauguin fue una persona deleznable en muchos aspectos, pero ejemplar en otros; alguien que cuestionó el concepto de genio, románticamente elitista, que puso de manifiesto que todo logro excepcional depende fundamentalmente de la dedicación y el trabajo, del sacrificio y la determinación, y no de vaporosos dones. En el inicio de su odisea artística y personal, le escribió a un amigo: “Lo que quiero es un rincón de mí mismo todavía desconocido”. Quince años después, en los últimos días de su vida, escribía: “La ternura de los corazones inteligentes es poco visible”. Sin duda, uno de los pensamientos que parecen transmitir los ojos vidriosos de este extraño “salvaje”.

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