Los hermanos McDonagh y el clan de los irlandeses

El cine irlandés ha sido prolijo en grandes y variados talentos. Su convulsa vida política, el ancestral y profundo dominio de la Iglesia Católica, y el carácter taciturno de sus ciudadanos, envueltos en un clima áspero y bucólico, convierten esta tierra en un espacio geográfico de enorme personalidad y singularidad. Si no, ¿cómo definir historias tan adelantadas a su tiempo como Desayuno en Plutón o Mi hermosa lavandería, entre muchos otras, que describen con complejidad conflictos acontecidos en una comunidad rural anclada a viejas tradiciones? 

La política es fiel reflejo de este escenario social, siendo el conflicto entre el IRA y el gobierno inglés el protagonista absoluto —casi un lugar común cuando hablamos de la sociedad irlandesa—, contado con diferentes grados de matices y sensibilidad por autores como Jim Sheridan o el británico Ken Loach. Reconozco el poder narrativo y visual en el tratamiento del tema por obras como En el nombre del padre o Agenda oculta, pero hay que decir que no están resistiendo todo lo bien que debieran el paso del tiempo. Les faltan matices, son un tanto esquemáticas, aunque tratan el espinoso tema desde múltiples ángulos y perspectivas. Aún recuerdo el impacto al ver esa venganza íntima de personajes rotos y torturados en Juego de lágrimas, una de las más fascinantes aproximaciones al día a día de víctimas y verdugos del conflicto irlandés. En España, un país con múltiples similitudes a Irlanda, no solo por la presencia de ETA o movimientos nacionalistas apoyados por sectores eclesiásticos y populares tradicionalistas, raramente se han producido testimonios cinematográficos tan arriesgados. 

McDonagh_colin-farrell,-brendan-gleeson-and-martin-mcdonagh-in-bruges-(2008)Martin McDonagh con Colin Farrell y Brendan Gleeson, en el rodaje de Escondidos en Brujas.

También recuerdo una aproximación a la pobreza extrema del país en la excesivamente fatigosa Las cenizas de Ángela, sobre emigrantes irlandeses que abandonan Nueva York y regresan a una tierra natal miserable y de tradiciones ancestrales. El fenómeno desde mediados del siglo diecinueve ha sido, sin embargo, fundamentalmente inverso. La emigración irlandesa e italiana hacia la “tierra de las oportunidades” fue la más numerosa de Europa y ambas comunidades se convirtieron en unas de las minorías más influyentes en Estados Unidos. Fruto de este éxodo, surgiría una generación de cineastas americano-irlandeses que convertirían a la nación de James Joyce en un subgénero en sí mismo. Por mi parte, sigue existiendo amor incondicional hacia Michael Collins, oscura y un tanto olvidada aproximación sobre el padre de la independencia irlandesa. El retrato de sus compañeros de partido, el que sería primer presidente de la república Edmond de Valera y de la guerra civil desatada tras su enfrentamiento, es uno de los retratos más desasosegantes que pueden recordarse. Superproducción político-histórica intimista y poderosa, centrada en los personajes, sus relaciones y trágica evolución y en capturar un periodo histórico irlandés —quizás el más importante de su historia reciente—, es un ejemplo de cómo las grandes producciones pueden aunar calidad y comercio. Hay algo podrido en Hollywood cuando desperdicia el infinito talento de gente como Frears, Jordan o Parker —entre decenas de maravillosos contadores de historias de origen irlandés—, olvidados entre la mediocridad de productos mainstream, en su mayoría fabricados para adolescentes a los que se quiere sin memoria histórica e interés por la cultura y por un cine como vehículo privilegiado para contar historias.

Mcdonagh_el_irlandésDon Cheadle y Brendan Gleeson en El irlandés, de J.M. McDonagh / Foto: Reprisal Films / Element Pictures / Crescendo Productions.

De esta estirpe irlandesa, han irrumpido con fuerza en el panorama cinematográfico internacional los hermanos McDonaghMartin y John Michael, nacidos en Londres, pero de padres irlandeses y forzados a emigrar desde niños—. Y no solo han destacado en el mundo del cine, Martin, el hermano menor, se ha curtido desde muy joven en mundos como la narrativa radiofónica y el teatro. Fue sobre las tablas donde consiguió despuntar con diálogos cínicos y despiadados con el estereotipo de irlandés rural. Entre sus referentes, no en vano, se encuentra gente como Tarantino o Pinter, tan ajenos a la ortodoxia del teatro británico shakesperiano. En Reino Unido es, tras Shakespeare, el autor más representado y el dramaturgo vivo más longevo en mantener una obra en cartel. Palabras mayores. En España solo se ha podido disfrutar de El cojo de Inishmaan, aunque el éxito de Escondidos en Brujas, su primera e inclasificable película sobre dos matones con cargo de conciencia exiliados en la ciudad belga, auguran futuras incursiones en su personal dramaturgia. Sería una gran noticia. Su segunda película, Siete psicópatas, amparada por un elenco hollywoodiense de primer nivel, se convertió en un producto hiperbólico y lioso, un fuego de artificio que debajo de su superficial brillantez, no conseguía crear una historia con poso, con hondura.

Todo el mundo tiene un hermano favorito, y en mi caso ese es John Michael McDonagh. Aunque practica un virtuosismo en los diálogos que, a primera vista, pareciera una fotocopia —no solo genética— de Martin, su primera película, El irlandés, se revelaba como algo más que un juguete posmoderno, ya que se adentra en su tierra natal, dinamitando y dando la vuelta a los estereotipos irlandeses: delincuentes asediados por problemas de conciencia y adictos a Nietzche y Dostoyevski, miembros de la Iglesia Católica irlandesa mostrando su homosexualidad con total normalidad… Cierto, la película no lograba trascender a una suma de diálogos ingeniosos —aunque algunos de ellos memorables: “—No me creo que Adam se suicidara. —Ni yo tampoco, para serte sincero. No me parecía lo suficientemente listo”—, pero dejaba  con ganas de más, se intuía que este director podía crecer si dejaba respirar a la historia y se contenía en mostrar su verborrea. Algo que se ha producido en la recientemente estrenada en España Calvary, pese a que siga mostrando personajes que parecen construcciones literarias, pero que logra darle un mayor empaque a la historia, que envuelve a los personajes, introduciendo un rasgo de humanidad en muchos de sus arquetipos y gracias a su personaje principal —interpretado por su fetiche Brendan Gleeson—, suponiendo un significativo salto de calidad. La relación de este con su hija es de los retratos más sensibles y conmovedores que se han visto recientemente. 

McDonagh_calvary-brendan-gleeson-kelly-reillyBrendan Gleeson y Kelly Reilly, en Calvary, de J.M. McDonagh / Foto: Irish Film Board / Octagon Films / Reprisal Films.

Me informo que está terminando su siguiente película —sobre un tetrapléjico ex-policía londinense—, concebida como el cierre de su trilogía iniciada con El irlandés y Calvary. Hay interés por comprobar si tanto él como su hermano pueden transformar su enorme genialidad —especialmente en sus diálogos— en películas vivas, con ritmo y atmósfera internos. Algo más complejo que la genialidad y el talento. Pueden aprender de sus innumerables compatriotas, esos mismos que nos han mostrado el arte de narrar —ya sea en grandes películas de estudio o en pequeñas narraciones situadas en su Irlanda natal—, verdadero e imperecedero cine.                        

La industria cinematográfica y miles de espectadores debemos eterna gratitud a Irlanda. A sus paisajes, a sus gentes, incluso a sus bandas mafiosas, a sus tradiciones, a su historia. Los hermanos McDonagh representan el penúltimo ejemplo de este longevo clan.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies