La luz en un lugar donde no pasaba la luz

No importa si se cumplen años de su nacimiento o de su muerte, de su primer o de su último concierto, no importa la cifra en el curso del tiempo. Billie Holiday se fue y se quedó para siempre. No envejece, por más que la vistan en cada aniversario con lugares comunes, con sus avatares cada vez menos definitorios. Habrá en la prensa reseñas exactamente iguales sobre su desaforada figura. Su dramática historia personal la acompaña con la vergonzosa alegría de quien se siente poseedor de un chismorreo que contar, aunque sea lo mismo repetido en tantas ocasiones. Quiero resistirme a mencionar un solo dato que no puedan leer en este día, en este momento, en cualquier periódico que escriba el nombre de Billie Holiday en una de sus columnas. Podrán encontrar los trazados biográficos de grandes éxitos y fracasos en cualquier papel mojado, así como un sinfín de listas con un número redondo de canciones o momentos tan significativos de la artista como descriptivos de la impresentable pereza del autor de tal pastiche burocrático.

holiday-billie-5377d1e3426ffBillie Holiday, Nueva York, 1947 / Foto: William Gottlieb

Para qué hablar de Billie Holiday si es para repetir lo ya dicho. Solo es posible no escribir por escribir, por moda, por petulancia —o postureo, como se dice muy acertadamente ahora—, si se evita el rosario biográfico y profesional acostumbrado. Peor o mejor, dedicarle tiempo honestamente a Billie, es dedicárselo a uno mismo, haciendo algo estrictamente personal. Es lo que ella nos hubiera aconsejado. “Si copias —dejó dicho—, significa que no estás trabajando con un sentimiento real”. ¿Por qué no cantaba ella como las demás? “Si voy a cantar como otra persona, entonces no necesito cantar para nada”. Por la misma lógica —aunque sin una milésima parte de su talento— vamos a hablar de Billie, voy a hablar de Billie Holiday, Lady Day, como nadie más podría hacerlo, con parcas palabras que expliquen lo que significa para mí.

Tres acepciones. Se dice de la piedra preciosa con capacidad de emocionar. Precursora de silencios y de gritos impostergables. Triste y emulado arquetipo humano. 

Billie no contaba con sólidos fundamentos académicos, sino con un instinto y una experiencia profundamente arraigada para expresarse artísticamente. Su educación musical estaba en el blues, en la más terrosa de las músicas negras, la de la pena cotidiana del ser oprimido, del alma solitaria de las carreteras y las cantinas polvorientas, de todos los horarios del amor en las estaciones fantasma, de los burdeles con goteras por donde se cuelan los llantos, de las ropas de trabajo secándose al calor de las cruces ardiendo. Billie tenía el color de las tierras del oro, se encogía de hombros bajo la única luz de un lugar donde no pasaba la luz, y expandía su voz limitada e infinita. Los sonidos de sus cuerdas vocales no se alejaban unos de otros más de una octava, pero en su corto recorrido abrían paso a una dimensión inadvertida. Y se hacía el silencio, alrededor de ella, una estatua de prístina negritud en el centro de la escena, que daba tiempo al silencio con unas palabras levemente entonadas. Billie, una piedra preciosa con la capacidad de emocionar, tan solo expresándose de la manera que le era más espontánea y natural.

Captura de pantalla 2015-04-06 a la(s) 18.21.16Billie, con su perro, Mister / Foto: William Gottlieb

Billie en 1939, en el Cafe Society de Nueva York, llorando en el baño, después de cantar por primera vez Strange fruit, el que sería himno contra la opresión racial. Tal vez el más determinante de los significados que Billie Holiday haya adquirido póstumamente es ese, el de precursora de silencios y de gritos impostergables. Solo ella podía convertir el poema de Abel Meeropol —un profesor judío, de origen ruso y militante del Partido Comunista—, en un fenómeno nuevo hasta entonces: una canción social, política, convertida en hit. Billie la irredenta a pesar de sí misma, la responsable del mensaje a pesar de sus propias mentiras y fantasías, la valiente comprometida con la realidad de la que a menudo se evadía. Billie la de la sangre esclava de la esclava rebelada, la negra, la pobre, la drogadicta perseguida, que no hubiese sido nunca perseguida, tal vez, si no hubiera cantado jamás Strange fruit, si no hubiera sido tan pobre hasta con dinero, tan mujer negra, negra desde la voz a la conciencia.

Billie Holiday, last recording by Milt Hinton, 1959Billie Holiday, 1959 / Foto: Milt Hinton

Billie, como un vaticinio incontestable en el seno del pueblo, el del artista o el genio de las calles pobres, que sabe cantar, o sacarle sonido a una guitarra, a una trompeta, o pegarle a una pelota, lo que sea, como nadie más sabe. Y que hipnotiza, que maravilla en su talento antiguo. Pero que se destruye, que hunde toda belleza de la que es capaz en el drama de su propia destrucción. Billie fue la madre ejemplar de un tipo de artista generoso con el mundo y brutal consigo mismo, muy propio del siglo veinte y llegado al nuevo milenio. Es en lo único en que no fue única, porque su historia es la de Camarón, o Janis Joplin, o Charlie Parker, o Amy Winehouse, y tantos otros. No fue única en este aspecto, pero sí —acaso— original, en tanto precursora de una triste estirpe, de un emulado arquetipo humano.

Mi Billie Holiday, tres significados en un diccionario errabundo y personal, leído con una infinidad de acentos posibles en una sola octava, dando vueltas en el reproductor de casa o del coche, a altas horas de la noche.

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