Garissa y el silencio

Estudiantes rescatadas, un día después del ataque contra la Universidad de Garissa (Kenia) / Foto: Daniel Irungu/EFE.

En escena, una realidad dantesca; entre bambalinas, todo infamia. 

El 7 de enero de 2015 y durante los días posteriores, los sucesos de Charlie Hebdo concentraron la atención de medio mundo, el terrible asesinato de los periodistas de la revista satírica francesa bajo el fuego de un mínimo comando yihadista conmocionó, especialmente, al continente europeo, que siguió los sucesos de una Francia sitiada al pulso narrativo de los grandes medios periodísticos. Detrás de la escena, entre bastidores, la vergonzosa fotografía de los líderes posando para la historia. El reverso infame. 

La mañana del 24 de marzo, otro drama reciente y conocido, el Airbus de la compañía Germanwings que había despegado de Barcelona con destino Dusseldorf se desintegra contra los Alpes franceses; la investigación desvela, en los días siguientes, que el copiloto del avión, con graves problemas psicológicos, había estrellado voluntariamente la nave, provocando su propia muerte y la de ciento cincuenta personas más. El mundo se estremece, y la prensa manda su ejército de cámaras a hacer guardia en la entrada de la sala de atención a familiares en el Aeropuerto de El Prat. De nuevo, las bambalinas infames, el negocio del morbo y la manipulación bajo el paraguas de la información periodística. 

El jueves 2 de abril de 2015, un ataque del grupo yihadista somalí Al Shabab en la Universidad de Garissa, en Kenia, deja 148 estudiantes asesinados. ¿El reverso infame de esta escena? Silencio. 

Quizá sea un ejercicio demagógico, pero ¿se imaginan que hubieran asesinado a ciento cincuenta universitarios en la Sorbona, o en Harvard, o en la Complutense? Supongan la respuesta mediática. Sin embargo, ha ocurrido en Kenia. Y nada, ni una portada, alguna nota de agencia internacional, la misma repetida en casi todos medios —una de las ventajas de la libertad de prensa, of course—. Ni un editorial, ni una columna de opinión de reputada firma. ¿Por qué? ¿La falta de atención es por un prejuicio, por una desconsideración de interés? Días después, ante el atronador silencio mediático, algunos medios prestigiosos elaboran teorías autocríticas, de base sociológica y excusas logísticas, hablan del interés por proximidad y la identificación con las víctimas, pero también de un respeto por la calidad de la información y la carencia de corresponsales y fuentes en lugares como Kenia. Explicaciones que son parte del silencioso reverso infame de este suceso. Ni respeto por la veracidad de la información, ni falta de recursos económicos para corresponsalías. No hay un solo gran medio en el mundo sin casos conocidos de información falsa o tergiversada en su haber, y la ausencia de fuentes se da allí donde se decide que algo debe permanecer desconocido, confundido, oculto.

¿Por qué pasar la hoja de Garissa sin leerla? Hay quien dice que la falta de atención mundial se debe sencillamente a que los estudiantes asesinados eran negros en África. El racismo es, sin duda, un factor importante. Pero el hecho es demasiado grave para que la prensa internacional lo destierre sin más, aprovechando la resignada subjetividad sobre un continente al que se le ha asumido un destino fatal. La muerte es parte de África. Y la prensa elige qué muertes son motivo de información. Las de Kenia, no lo son. De nuevo: ¿por qué? ¿Quién o qué hay detrás? Porque ha de tratarse de eso. Cuando se echa el telón sobre la escena es para ensayar la función hasta el estreno oficial, y limpiar entre bastidores. 

El 13 de marzo —apenas un par de semanas antes del ataque a la Universidad de Garissa— el Pentágono confirmaba —sin dar detalles— un nuevo ataque con drones sobre el sur de Somalia.

El asalto a la Universidad de Garissa corrió a cargo de un comando de la milicia yihadista somalí Al Shabab. Somalia es uno de los países vecinos de Kenia. Al Shabab ya había cometido atentados de gran envergadura en suelo keniano, como el ataque a un centro comercial en Nairobi en septiembre de 2013, que dejó setenta y dos muertos. ¿Cuál es el motivo? Sabemos poco de Kenia, y de Somalia. Es tan grave la ilustrada ignorancia en el mundo desarrollado sobre África que la mayor parte de los ciudadanos europeos no sabríamos siquiera ubicar estos países en el mapa. Es terrible. Esta ignorancia es parte de la barbarie. Kenia y Somalia se ubican en el llamado Cuerno de África, la región oriental del continente, donde el mar Rojo se abre al océano Índico. Tampoco sabemos nada de las condiciones geográficas de la zona, o de su excepcional valor como ruta de transporte marítimo. Menos aún de la historia de la región y de sus países. Sabemos que se mueren de hambre y de sed, y que “piratas” en lanchas hostigan a los buques europeos que pescan atún en sus costas. Un par de días después de la masacre, la única novedad en los medios es que uno de los yihadistas era hijo de un alto funcionario keniano —que no falte la anécdota que no aporta nada—. Pero ningún análisis. Ni siquiera una mención a un hecho que a cualquier mente mínimamente sagaz le llamaría la atención, como que el Ejército estadounidense lleve meses bombardeando Somalia, supuestamente posiciones de la milicia islámica. El 13 de marzo —apenas un par de semanas antes del ataque a la Universidad de Garissa— el Pentágono confirmaba —sin dar detalles— un nuevo ataque con drones sobre el sur de Somalia. A poco que se indague, se topa con lo(s) de siempre. 

En Somalia, sumida en la anarquía durante años, emergieron las mismas fuerzas que en Afganistán, Irak, Libia o Siria tras las intervenciones occidentales: el viejo aliado yihadista, ahora crecido y convertido en un problema que se fue de las manos.

Garissa no es noticia si EEUU anda de por medio. De nuevo una intervención “democratizadora” con bombas mediantes, que acaba generando masacres en terceros escenarios y sembrando la anarquía en un país geoestratégicamente importante. La historia de EEUU en Somalia es, de hecho, de largo recorrido. Asunto en el que, por supuesto, también reina el desconocimiento. La intervención estadounidense en el Cuerno de África ha tenido un carácter prioritario desde las décadas de la Guerra Fría y, como en tantos lugares, la aventura se les complicó a los americanos. En 1993, la imagen de dieciocho militares estadounidenses caídos en combate y arrastrados por Mogadiscio conmocionó a la opinión pública de los EEUU, y obligó a un cambio de estrategia a su gobierno. Los drones han resuelto, dos décadas después, los riesgos de la “intervención humanitaria”. Para sumir a la región en el caos se la asfixió económicamente —saboteando el ya de por sí pobre comercio agrícola, impidiendo la ayuda humanitaria o expoliando los recursos piscícolas de sus costas— y se exacerbaron los enfrentamientos religiosos, tribales y de clanes, del mismo modo que se hizo con el nacionalismo en los Balcanes. De paso, se aprovechó para convertir el fondo marino de la región en un vertedero de material nuclear y recursos tóxicos. En Somalia, sumida en la anarquía durante años, emergieron las mismas fuerzas que en Afganistán, Irak, Libia o Siria tras las intervenciones occidentales: el viejo aliado yihadista, ahora crecido y convertido en un problema que se fue de las manos.

El dantesco escenario de la Universidad de Garissa, con decenas de jóvenes yaciendo tiroteados por aulas y pasillos, no corresponde únicamente a la monstruosa acción de una organización fanática, sino a la situación propiciada directamente por el gran capital mundial, con los Estados Unidos a la cabeza. El papel de los EEUU y de las potencias mundiales en África es criminal. Después del triunfo de numerosas revoluciones anticoloniales, generaron conscientemente el caos, por todos los medios. Dieron rienda suelta a todo género de mosntruosidades. Fanatismo, hambre, racismo, contrabando, miseria, enfermedades. Y en la lejanía, la ignorancia, el silencio: el reverso infame del dantesco escenario africano.

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