El poder de los que dicen: ¡Ni! ¡Ni! ¡Ni!

A finales de los años 90 pude ver en los desaparecidos Cines Luna de Madrid un ciclo con los cuatro largometrajes de los Monty Python. Donde antaño estuvieran estos cines, hay hoy algo llamado Gymage Lounge Resort, una aberración de ocio para horteras que define el signo de los tiempos. Pero sigamos. Fue entonces cuando vi por vez primera la mayor parte de las películas de los Python. La única que conocía era La vida de Brian, que pude disfrutar al fin en pantalla grande, y que me sigue pareciendo la mejor de todas. Los sketches de Monty Python’s Flying Circus y de El sentido de la vida tienen momentos antológicos, pero fue Los caballeros de la mesa cuadrada —su opera prima— la que hizo que me meara de risa tanto como con Brian. Si hubiera estado en un sitio como el que hay hoy en el lugar de los Cines Luna, crean que gustoso y con furia hubiera reído miccionando por todos los pasillos.

Monty Python_Los caballeros de la mesa cuadradaLos caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores / Monty Python/Columbia

Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores —el título español de Monty Python’s and the Holy Grail— cumple 40 años en 2015. John, Eric, Michael y los dos Terry —los cinco Python vivos, Chapman murió en 1989— se reunieron en el Festival de Cine de Tribecca (Nueva York) para celebrar el aniversario de su primer largometraje. Se puede decir, a estas alturas, que están —junto con los Hermanos Marx— en lo más alto de la comedia. El tiempo ya ha juzgado: casi medio siglo después su debut fílmico se mantiene igual de fresco y —cosa triste— tanto o más revolucionario. La aparición del rey Arturo con un escudero que finge el sonido de los cascos de un caballo chocando dos cocos no permite reponerse de los más delirantes títulos de crédito nunca vistos hasta entonces. Y la posterior discusión sobre golondrinas da la bienvenida al espectador al más hilarante de los mundos fuera de la Freedonia marxiana.

La primera media hora de Los caballeros —el devenir de Arturo buscando a sus caballeros— es inconmensurable. Ni una sola secuencia decae, en todas triunfa una risa pasmosa; por el viejo que no está muerto, el campesino marxista, el caballero negro que se queda sin brazos, la certeza de que la Tierra tiene forma de plátano, el castillo de Camelot, el lanzamiento de la vaca, o la animación de los trompeteros que anuncian con el instrumento en el culo la aparición del Pantocrator. 

La risa que provocan —o casi invocan— los Monty Python no es solo por el recurso al absurdo, sino una carcajada de sublevación. Después de unos pocos minutos, el espectador sabe que en adelante puede pasar cualquier cosa, no hay linea temporal, todas las épocas conviven en la misma historia, los personajes le hablan al espectador, se salen de sí mismos —ven un castillo y espetan “¡es una maqueta!”—. No hay reglas. 

Hacia la mitad del rodaje el ritmo decae un poco, pero casi se agradece, a fin de reunir fuerzas para la hecatombe final. Los caballeros cuenta con la aparición de unas de las figuras más geniales y queridas de toda la inventiva de los Python: los caballeros que dicen “Ni”. Los caballeros que dicen “Ni” no pueden escuchar “No”, y su intención de hacerles cortar un árbol con un arenque a los hombres de Arturo se ve fracasada. Ahora pienso si habrá algún lector de este artículo que no haya visto la película o no sepa nada de sus autores; si así fuera y hubiera llegado hasta aquí, sin enterarse de nada lo dicho, oiga usted: corra ahora mismo en busca de esta gente, tiene la mente preparada para asimilar cualquier cosa, disfrutará como un loco. Ahora siga leyendo, no se preocupe por los spoilers, no encontrarle sentido a nada tiene esta ventaja. Después de los que dicen “Ni”, agárrese para hacer frente al mortífero conejito antropófago. Y por último, a los franceses lanzando vacas e insultos desde las alturas de su castillo inconquistable.

Han pasado 40 años de la delirante primera hazaña en la gran pantalla de los Monty Python. Si vive en algún lugar donde perviven pequeñas salas de cine que repongan por unos días Los caballeros de la mesa cuadrada, no dude en acudir a verla; de no hacerlo se arrepentirá, especialmente cuando, dentro de un tiempo, su refugio cinematográfico se haya convertido en una terraza hortera que solo puedan reconquistar furibundos guerreros gritando: “¡Ni! ¡Ni! ¡Ni!”

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