El genocidio armenio, la pregunta política

El pueblo armenio fue víctima del primer genocidio en la historia del siglo veinte. El 24 de abril de 1915 fueron detenidos por el gobierno de los Jóvenes Otomanos más de dos centenares de intelectuales armenios. La violenta diáspora a la que fue obligada la minoría armenia dejó cientos de miles de muertos. El número de asesinados que varias fuentes citan ya en 1916 es de varios centenares de miles, cercano al millón. Cuando nos enfrentamos a crímenes de tales magnitudes y naturaleza, es necesario cuestionarse las propias preguntas que debemos hacernos. Se vuelve más necesario que nunca interrogarse sobre las causas políticas y sociales detrás del suceso.

Los llamados crímenes comunes normalmente pasan a formar parte de estadísticas generales; sin embargo, cuando hablamos de crímenes de Estado, hemos de comprender que éstos cuentan con sus propias estadísticas, al constituirse como un hecho singular en el desarrollo histórico. Al igual que los crímenes de Estado, también podemos decir que el crimen común es representativo de una situación económica y social determinada, pero su significación histórica es completamente diferente. El crimen común es un proyecto individual que busca encontrar un provecho personal en los márgenes de la sociedad y que no se plantea cambiar ningún aspecto del orden social. Por el contrario, el crimen de Estado es un proyecto colectivo con una significación colectiva que afecta a aspectos centrales del orden social. El crimen común es producto de un determinado proyecto de sociedad, los crímenes de Estado son parte constitutiva de un proyecto de sociedad. 

¿Por qué hemos introducido esta reflexión? Porque hemos de tener muy en cuenta la dimensión política del genocidio armenio para comprenderlo, más allá de las lógicas condenas morales, como lo que realmente es: una excepcionalidad en consonancia con un proyecto político determinado.

GenocidioArmenio_abajo- armenios esperando ejecución. arriba- el gobernador otomano, haydar pasha, y soldados. abril 1915. fotografía del instituto-museo del genocidioArriba: el gobernador otomano Haydar Pasha con sus soldados. Abajo: armenios antes de ser ejecutados. Abril, 1915 / Foto: Museo-Instituto del Genocidio Armenio.

Nos encontramos en 1915, en los territorios del Imperio Otomano: el partido del movimiento reformador de los Jóvenes Otomanos ha accedido al poder —un movimiento nacionalista que en sus inicios propugnaba llevar al Imperio una serie de reformas modernizadoras, inspiradas en la revolución francesa, teniendo como marco estatal una confederación de estados otomanos—. Sin embargo, el vasto Imperio Otomano de 1902 en el cual los Jóvenes Otomanos habían concebido las reformas, poco tenía que ver con el mermado Imperio donde ya no quedaba la práctica totalidad de los  territorios europeos, con un considerable descenso de la heterogeneidad cultural en su seno. 

El proyecto de un estado-nación basado en la etnia turca se perfilaba como proyecto entre las élites turcas, para ello, la homogeneización cultural era una condición indispensable. Esta tensión recorre el Imperio Otomano a lo largo del siglo diecinueve. Debe saberse que, dependiendo de la religión que procesasen los individuos, quedaban adscritos a sistemas legales diferentes; en caso de que se produjesen pleitos entre cristianos y musulmanes, la sharia privilegiaba a estos últimos. En cualquier caso, este es un elemento representativo de hasta qué punto había un cierre sociológico entre los diferentes grupos étnicos y religiosos que constituían el Imperio, hecho que permitía a las potencias extranjeras llevar a cabo una influencia particularmente acusada a través de las minorías, llegando incluso a ser los sancionadores del marco legal en el que se movían estas minorías religiosas. Este es el caso de la influencia que durante siglos tuvo Francia en la comunidad cristiana maronita del Líbano, la francofonía del Líbano e incluso su misma constitución como Estado, que tiene bastante que ver con este hecho. Las reformas del Tanzimat tuvieron como objetivo acabar con esta situación, igualando legalmente a todos los súbditos del Imperio Otomano. Puede que fuese demasiado tarde y la influencia que durante siglos tuvo la injerencia extranjera hubiese ya creado una marca indeleble en la configuración sociológica de los diferentes grupos, constituyendo a su vez los intereses de sus respectivas elites, haciendo que estas apuntaran más afuera que adentro del Imperio en no pocas ocasiones. 

Sea como fuere, no hay que pensar que la construcción de un estado moderno es inevitablemente la construcción de un estado-nación homogéneo. Tal estado es un proyecto de élites y como tal hay que concebirlo, depende mucho de la formación histórica de estas élites el camino que se toma en la construcción del estado moderno y su posterior desarrollo. El vecino Irán, en una zona geográfica parecida y con un desarrollo económico y social equivalente, pero sujeto a la vez  a unas tensiones geopolíticas diferentes y, sobre todo, con una composición interna de sus élites distinta a la composición de las élites turcas, ha tenido un desarrollo completamente distinto. Esto ha producido un escenario donde las tensiones centrípetas no son de la magnitud que existen en Turquía. Unas élites de orígenes nacionales diversos —hay que recordad que los reyes de aquel tiempo, los Qajar, eran azeríes y no persas— forman una sola élite iraní que ve la encarnación de sus intereses en la construcción del estado iraní, lo cual condujo a un escenario donde no se dio un proceso de homogeneización cultural como en Turquía, y que, con matices, podamos decir que todos los grupos nacionales participan cada uno con sus particularidades en el “ser de la nación iraní”. 

Genocidio Armenio_refugiados en SiriaDeportados armenios en el desierto de Siria / Foto: Museo-Instituto del Genocidio Armenio.

Por lo tanto, tenemos un imperio decadente, pero todavía importante a nivel geopolítico, sometido a fuertes tensiones centrípetas a causa de una herencia otomana, es decir: las elites de los diferentes grupos tienen objetivos propios que no convergen con los objetivos de la elite turca. El instrumento de la homogeneización cultural se vuelve un instrumento en manos de esta élite. 

Pero el genocidio armenio no se produce solo por la voluntad uniformadora del nuevo estado turco. Griegos, kurdos, otros cristianos, etcétera, habitaban el Imperio Otomano en aquellos años y sin embargo no fueron sometidos a un extermino sistemático como lo fueron los armenios ¿A qué se debe este hecho?

Primero, hay que remarcar la excepcionalidad que toda guerra representa en la política doméstica de cualquier nación, en pos de la lucha contra el enemigo exterior es mucho más fácil introducir medidas represivas.

Segundo, la amenaza de la vecina Rusia en el contexto de la Gran Guerra y su relación con los armenios, así como el precedente de la anexión de la Armenia persa por el Imperio Ruso hacía temer a los turcos la expansión de éstos por la frontera oriental, cerrándoles las puertas del Oriente Próximo. 

Tercero, precisamente la inexistencia de fuertes vínculos con las potencias extranjeras y particularmente vínculos no demasiado estrechos con el Imperio Ruso produjo una situación de indefensión de los armenios.

Los armenios eran un grupo culturalmente diferenciado, sin embargo, no eran los únicos. Su especificidad depende del cruce de dos elementos: el primero, tener una elite organizada en torno a unos objetivos propios, como consecuencia del desarrollo histórico que antes hemos comentado y que encontrará la plasmación de esos objetivos en el estado armenio actual; y el segundo, encontrarse en una encrucijada histórica para el Imperio Otomano. Es decir, el pueblo armenio fue la víctima del proyecto de las élites turcas en las condiciones históricas de las que hemos hablado. 

La cuestión nacional en la Turquía actual es heredera directa de esta problemática, el pendiente reconocimiento del genocidio armenio por parte de las autoridades turcas, o la cuestión kurda, revelan los problemas de compatibilidad del actual sistema institucional turco con un escenario de pluralidad nacional. El hito fundacional de la Turquía moderna es contemporáneo a aquel suceso, es difícil, por lo tanto, ligar la actual conciencia nacional turca al reconocimiento de este terrible suceso, ya que supondría un cuestionamiento profundo de la conciencia nacional actual. Al contrario que el estado alemán, que no se funda como nación con el nazismo, el pueblo turco no tiene referentes nacionales inequívocos anteriores a esas fechas. Antes de los movimientos nacionalistas, el pueblo turco no era más que la etnia mayoritaria del Imperio Otomano, por lo que un cuestionamiento de los precedentes de la moderna Turquía puede ser visto todavía hoy como una impugnación a la totalidad de la construcción nacional turca, en un momento en el que el país sigue teniendo contradicciones internas aún sin resolver.

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