El corredor de fondo y el aire de la infancia

Un buen título para este artículo hubiera sido: De qué hablo cuando hablo de correr. Porque expresa sencillamente su propósito. Y porque parafrasea a Raymond Carver. Sin embargo, el famoso novelista Haruki Murakami tuvo antes la acertada ocurrencia, para su libro de memorias de corredor. No hubiera tenido problema alguno en copiarle la idea, de no habérseme ocurrido nada que me satisficiera. Pero el hecho de ser un título ya muy conocido hubiera podido confundir al lector, haciéndole creer que las sentencias y desvaríos de estas líneas versan sobre el muy recomendable libro del escritor japonés. Por eso opté por el pretendidamente lírico y trascendente: El corredor de fondo y el aire de la infancia. Porque este artículo va no sobre una moda —la de correr—, sino sobre una vieja necesidad —la de correr—. 

Los cuatrocientos golpes, TruffautSecuencia final de Los cuatrocientos golpes, film de François Truffaut 

Uno de mis recuerdos más lejanos me traslada a una tarde de primavera, cuando tenía 4 años. Tal vez no sea el más antiguo, pero sí el que conservo con más nitidez entre los primeros que se fijan en la memoria a largo plazo. Intenté y —durante un tiempo precioso— conseguí escapar de la guardería. Recuerdo bien algunos detalles del momento: busqué un compañero de huída, al que convencí de la posibilidad de llegar al super del barrio y comprar armas —¡ah… insurreccionales sueños infantiles!—; no recuerdo, sin embargo, el instante en que burlé la atención de los cuidadores, abrí la puerta y salí a la calle; pero sí el momento de la valiente huída hacia delante, corriendo con todas mis fuerzas plaza abajo. No fueron más de cien metros. Uno de los cuidadores me agarró del pescuezo justo antes de cruzar la calle, llevando bajo el brazo, como una carpeta con piernas y brazos, a mi compinche, un vecinito del portal de al lado que apenas pudo disfrutar unos metros de libertad. Desde entonces me ha gustado correr.

En los últimos años, al calor de la creciente afición popular por el running —dicho en su forma comercial—, han abundado explicaciones de todo tipo sobre el fenómeno. ¿Por qué a tanta gente le gusta correr? Los enfoques para dar respuesta a esta pregunta han sido varios: biológicos, psicológicos, sociológicos; que si las endorfinas, la soledad terapéutica, la preocupación por la salud, la obligada práctica de un deporte barato, etcétera. Mucho de todo esto tiene su parte de razón, pero coincido fundamentalmente con dos perspectivas: los factores psicológicos como motor de arranque del corredor, y una perspectiva sociológica para entender el momento en dulce de esta masiva y renovada afición. 

Para correr y seguir corriendo, es decir, para convertirse en un verdadero corredor de fondo, hace falta estar jodido, al menos un poco, lo que no hace falta es reconocerlo.

Creo que la mayor parte de los hombres y mujeres que un buen día —aunque es más probable que ocurra en uno malo— deciden ponerse unas zapatillas y salir a correr —¡qué impulso infantil!— lo hacen para resolver una necesidad íntima. Que la idea les haya sido imbuida por un anuncio de Nike a todas horas en la tele o por un vecino insistente que busca un compañero/rival de fatigas es lo que corresponde al análisis social del hecho. Pero sin un motivo personal, todos los runners militantes del mundo y todos los anuncios de zapatillas liberadoras del espíritu no sirven de nada, a lo sumo conseguirán que el incauto corredor en ciernes se deje una pasta en el Decathlon y guarde la flamante equipación transpirable tras sufrir dolores por todas las partes del cuerpo después del primer —y último— día de aventura. El marketing, las modas y la presión social tienen un poder magnífico y cosechan víctimas, en todos los campos, entre tanto aburrimiento y desconcierto, pero nada pueden contra una buena sensación de asfixia y unas agujetas de las que hacen pensar en el sacrificio del animal moribundo. Para correr y seguir corriendo, es decir, para convertirse en un verdadero corredor de fondo, hace falta estar jodido, al menos un poco, lo que no hace falta es reconocerlo. Porque correr duele, siempre, y el dolor sólo se tolera cuando es pasaje obligado hacia un objetivo mayor: vencer a un enemigo, estar solo, o respirar una vez más el aire de la infancia.

Convertirse en corredor de fondo implica un cierto estoicismo y, según mi hipótesis, algo de melancolía. Murakami comienza su libro mencionando el caso de un corredor anónimo que, desde el primer metro de cualquier carrera, no deja de repetir para sus adentros un lema: “el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional”. Ese carácter atávicamente educativo del dolor, la concepción del sufrimiento como cincel de la propia personalidad, tiene mucho de trastorno, pero también de saludable efectividad. En otra parte del libro, Murakami habla de una sensación que le envolvió después de participar en una ultra de 100 kilómetros —sí, querido iniciado en el mundo del fondo, hay carreras de 100km… ¡y gente que las corre!—, dice: “De todas las cosas que comportó para mí la experiencia de la ultramaratón […] la más significativa no fue de carácter físico, sino espiritual. De pronto, algo que podría denominarse la “tristeza del corredor”, el runner’s blue (aunque se acercaba más a un blanco turbio), me envolvía como una fina película”. Murakami se refiere a una falta de motivación para correr, fenómeno real y acostumbrado en la vida del fondista. Mi hipótesis podría valerse de los mismos términos, la tristeza, el blues, la melancolía… pero la idea que contemplo es diferente, se acerca más a la mítica “soledad del corredor de fondo”, pero desde un enfoque casi antropológico. Creo que cualquier persona dispuesta a correr largas distancias está presa de una melancolía más o menos consciente. El acto de correr tiene tanto de antiguo en el ser humano, de esencial en el desarrollo físico de una persona y de impulso infantil, que necesariamente ha de accionar un complejo mecanismo de instintos y recuerdos, con el objetivo de conocer y contactar con la parte más antigua de nuestro ser y de nuestra especie. 

Las marcas y las posiciones son lo de menos. Entre los lectores de este artículo, la enorme mayoría jamás hemos pisado ni pisaremos un pódium, quizás solo uno —o ni tan siquiera— de cada mil de nosotros sabrá lo que se siente al llegar entre los primeros. Lo que importa es el recorrido, no solo el de la carrera.

Corremos para imaginar o para revivir. Traté de expresar algo así en otro artículo, sobre el maratón de Nueva York. Las marcas y las posiciones son lo de menos. En Madrid, por ejemplo, corren los 42 kilómetros cada primavera más de diez mil personas, y solo una gana la carrera. Entre los lectores de este artículo, la enorme mayoría jamás hemos pisado ni pisaremos un pódium, quizás solo uno —o ni tan siquiera— de cada mil de nosotros sabrá lo que se siente al llegar entre los primeros. Lo que importa es el recorrido, no solo el de la carrera. Y sí, ya llegamos a los lugares comunes de todo artículo para runners, pero es que, aparte de que lo dicho es cierto, hemos subido mucho la pretensión filosófica en párrafos anteriores, y precisábamos bajar el ritmo, para no pegarnos contra el muro —chiste fácil de maratonianos, con ojito guiñado—. El corredor de fondo tiene que disfrutar —aunque sufra— durante el tiempo que está corriendo, y para ello debe hacer un importante ejercicio mental. Hay quien dice que cuando corre no piensa en nada o que pone la mente en blanco. Eso es imposible. Lo más que les ocurre a los corredores que activan el piloto automático en el coco es que concentran una enorme atención sobre el ejercicio físico que están desarrollando. Pero claro que piensan, y mucho, están alerta al comportamiento de todas las partes del organismo. Por otro lado, están quienes en lugar de la mente ponen el cuerpo a velocidad crucero y se dedican a repasar la lista de la compra, a calcular kilometrajes semanales, a fantasear con otra vida, con otros caminos, con cuestas más propicias para hacer series, con bajar la marca en 10km, abrazar a los seres queridos tras cruzar la meta, o tener, en un momento de fuerza y esperanza mientras sus piernas vuelan, la sensación de respirar, de nuevo, el aire de la infancia.

Este ha sido el principal de mis motivos para correr. Correr nunca ha sido un síntoma de cobardía para mí, sino de sublevación. Por eso mis referentes de estilo no los encontré en las pistas de atletismo, aunque disfrutase con Gebrselassie pasando de puntillas por Berlín, con Fiz y el triplete de Helsinki, o  viendo carreras antiguas de los dos Steve, Prefontaine y Ovett —no se pierdan el artículo de Luisen Segura sobre este último—; las referencias que más me inspiraron fueron las ficticias, las historias de corredores impulsivos y desafiantes no sobre el tartán sino en la vida misma, fue el joven airado Colin Smith de La soledad del corredor de fondo, Paul Newman corriendo durante días para escapar de la cárcel en La leyenda del indomable, el recuerdo recurrente del personaje de Jeff Bridges en American Heart, aquel crío corriendo sobre la nieve después de escapar de la fila, y por supuesto, el pequeño Antoine Doinel, en esa secuencia final de Los cuatrocientos golpes, el niño fugado de la escuela reformatorio, libre en el bosque silencioso, corriendo sin descanso hasta llegar a la playa, pisar la arena y ver, por primera vez, el mar.

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