El álbum íntimo de Edvard Munch

En verdad lo de los selfies no es nada nuevo. Pero basta que se quiera hacer negocio con algo —en este caso teléfonos móviles con cámara de última generación, y tráfico de datos en internet— para que cualquier vieja tontería se descubra como algo singularmente novedoso y se nos sumerja en la moda. El autorretrato —palabra menos cool— ha sido, como todo el mundo sabe, un género habitual del arte desde hace siglos. Quizás el que más evidentemente exprese la diferencia de la especie: la conciencia de nosotros mismos. Con todo, es posible que un selfie no sea lo mismo que un autorretrato. La moda de la foto de perfil social no es más que exibicionismo infantil —tanto si nos presentamos con sonrisa y pulgar arriba o atribuladamente absortos en el horizonte—, mientras que el autorretrato responde a una confesión íntima, refleja una búsqueda introspectiva. El selfie es adulador. El autorretrato, crítico. 

La mayor parte de los pintores han cultivado en mayor o menor medida el género —el del autorretrato, quede claro—. Sería difícil encontrar una figura artística que no se hubiera retratado jamás, aunque fuese de manera camuflada. Velázquez se incluía como un personaje más de sus composiciones. Caravaggio se transfiguraba en joven Baco enfermo. Hay quien sostiene, no sin argumentos, que bajo la sonrisa de la Mona Lisa se esconde el viejo rostro en boceto del propio Leonardo da Vinci. Tal vez sea pasarse. El caso es que ni siquiera los máximos exponentes de la pintura abstracta se abstuvieron de dedicarse una mirada. Kandinsky, Pollock o Rothko, entre otros, dejaron autorretratos. Está claro que la mirada a sí mismo de numerosos pintores concentra una parte importante de sus obras, y que estos cuadros otorgan una especie de firma con guía para comprender el resto de su trabajo. Los autorretratos funcionan como contraplano informativo del curso de una carrera artística. Como si dijeran: este fue, así era, así se encontraba, la persona que hizo estos cuadros. Algunos, como los de Gauguin, van Gogh, o Francis Bacon, contienen una fuerza tal que definen por sí mismos al artista. Entre los de este tipo, quizás haya un caso que destaque entre todos, por presentar la narración impactante de una vida consumida por esa búsqueda introspectiva: es el caso de Edvard Munch.

Edvard_Munch_Autorretrato_1881Autorretrato, 1881 / Edvard Munch

En alguna ocasión se han organizado importantes exposiciones con este motivo, Munch autorretratado, que han llegado a juntar cerca de ciento cincuenta obras, entre pinturas, dibujos e incluso alguna fotografía. No es necesario —aunque sea un placer— exponer la totalidad de los autorretratos de Munch para comprender el sugestivo desarrollo de la visión de sí mismo del pintor noruego. Cuando expresó que “enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna al nacer”, lo hacía con razón. Su madre había muerto de tuberculosis cuando él tenía 5 años, y su querida hermana Sophie lo había hecho por la misma causa solo nueve años después. Había crecido, por lo tanto, al cuidado de un padre melancólico y obsesionado con la religión, al que la decisión del hijo de abandonar los estudios de ingeniería y dedicarse al arte no le resultaría agradable, y menos aún que el vástago fuera un bohemio militante del amor libre. Munch firmó su primer autorretrato a los 18 años. Clásico y altivo. Una mirada del joven rebelde reafirmándose.

En 1885 viajó a París y comenzó a absorber los principios impresionistas. En 1889 recibió una beca del gobierno noruego para residir y estudiar durante dos años en la capital francesa. Tomó clases del muy académico Léon Bonnat, y repudió, como era de esperar, aquella forma de pintar. El buril fue definiendo su identidad, como lo hizo la vida bohemia parisina y los viajes por el continente. Era el hombre y el artista dibujando su propio rostro, aun por definir los rasgos, como demuestra un autorretrato de 1888. Rodeado de luz, una sombra borra la mitad de su cara.

Edvard_Munch_Autorretrato-1888?Autorretrato, 1888 / Edvard Munch

En la década de los 90 consiguió encarrilar su carrera de manera profesional. El éxito solo podía llegarle por medio de la polémica. En 1892, cuando ya había superado su fase impresionista y se miraba en los ejemplos de Gauguin, van Gogh y Whistler, tuvo lugar su primera exposición individual, en Berlín. La polvareda que levantaron sus cuadros obligó a clausurar la muestra después de una semana. No dejó de sorprenderse y de alegrarse por el acostumbrado pasaje al éxito que suponía casi toda polémica artística. 

Edvard_Munch_Autorretrato_con_cigarrillo_1895Autorretrato con cigarro, 1895 / Edvard Munch

El autorretrato fumando, de 1895, muestra al artista orgulloso de su posición, disfrutando de su éxito y de su merecida vitola de malditismo vanguardista. Arraigado en la progresiva abstracción de la figura. Otro autorretrato del mismo año presenta el salto radical, literalmente, a los infiernos de la determinación artística y personal por una apuesta solitaria de cuestionarse la existencia. Son cuadros de la misma época que su obra eclipse, El grito, icono moderno de la angustia existencial, que, en cierta manera, debería considerarse un autorretrato, a juzgar por las palabras en verso con que Munch explicó el origen y significado de la misma: “Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla indeciblemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedé atrás, temblando de miedo y sentí el grito enorme, infinito de la naturaleza”. 

Edvard_Munch_Autorretrato_infierno_1895Autorretrato en el infierno, 1895 / Edvard Munch

Con el nuevo siglo vinieron años de vida entre París, Berlín y los veraneos en Noruega, de una calma nerviosa, madurez marcada por la convulsa relación con una mujer llamada Tulla Larsen, que terminaría disparándole —quien sabe si por accidente o no— e hiriéndole en una mano. Es el hombre que parece aceptar la soledad que le acompañará toda la vida, la consolidación del éxito que le sirve para asegurar su tranquilidad financiera. Munch podía sostener a la poca familia que le quedaba —su padre también había muerto— y refugiarse con sus cuadros en pequeñas casitas alejadas de la ciudad.

Edvard_Munch_Autorretrato_en_la_clínica_del_doctor_Jacobson_1909Autorretrato en la clínica del Doctor Jacobson, 1909 / Edvard Munch

El alcoholismo, los viajes y las desdichas amorosas le provocaron una crisis nerviosa en 1908, que le dejó ocho meses internado en una clínica psiquiátrica de Copenhague. Después del bache, Edvard Munch recuperó el ánimo, o al menos, asumió con apesadumbrada entereza el sino solitario de su vida. En 1912 se consolidó su figura artística, tenía lugar la primera exposición general de su obra, en Colonia, y sus cuadros se expusieron también en Nueva York. Motivos para la alegría, quizás tardíamente.

Munch_Autorretrato_despues_de_la_gripe_1919Autorretrato después de la gripe, 1919 / Edvard Munch

Sin embargo, envejece y se recluye. Ya no es sólo su rostro el que se desdibuja, sino todo su cuerpo. En 1918, con 55 años, cayó enfermo de gripe española, la gran epidemia. Las secuelas físicas las superará, pero uno de los síntomas quedó para la historia, salido de sus pinceles un año después: sentado en una butaca de mimbre, como un anciano, en la misma posición que retrató su admirado Whistler a su anciana madre.

Edvar_Munch_Autorretrato_Noctámbulo_1924Autorretrato, noctámbulo, 1924 / Edvard Munch

Las últimas dos décadas de vida, Edvard Munch las pasó recluido en su casa de campo de Ekely, a las afueras de Oslo. Aquejado de insomnio y de tristeza, pero fuerte en el reconocimiento de sus debilidades. Estaba solo. Caminaba por su casa vacía en la noche, pintando un paisaje interno de cenizas, sobre el que comenzaba a atisbarse otro paisaje, de fuera, social, mucho más doloroso. En Alemania, donde había comenzado su éxito profesional, los nazis habían prohibido sus cuadros, echándolos junto a los Picasso, los Gauguin, los Matisse, al oscuro salón del “arte degenerado”.

Edvard_Munch_Autorretrato_entre_el_reloj_y_la_cama_1940-42Autorretrato entre el reloj y la cama, 1940-42 / Edvard Munch

El último de sus autorretratos lo pintó entre 1940 y 1942, un par de años antes de su muerte. Está de pie, con los hombros caídos y posando de frente, resistiendo el cansancio, entre un reloj sin hora a un lado y la cama como lecho fúnebre al otro. Allí plantado, el anciano pareciera mirar fijamente a su verdugo, dispuesto a recibir el disparo de fusilamiento. O bien, observar al joven pintor que retrató con 18 años, y dispuesto a posar una última vez para él.

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