Despedida para jamás dejarte marchar

Eduardo Galeano. Foto: Federico Guastavino/La Nación.

Era un periodista extraño, no necesitaba demasiadas palabras para decir una verdad. Al contrario de lo acostumbrado en un gremio en el que abunda el dudoso talento de escribir o pronunciar un par de palabras para soltar tres o cuatro mentiras. La ratio de mentiras por frase supera a veces el número de vocablos de la misma. Es increíble, pero cierto. Eduardo Galeano fue por eso, y por tantas otras cosas, un periodista y un escritor atípico. 

Si yo dijera que Eduardo Galeano fue un regalo no estaría incurriendo en una frase de fácil elogio, porque realmente descubrí al uruguayo gracias al impagable detalle que tuvo conmigo uno de mis primos, hace ahora, no sé, ocho o quizás diez años. Un día que quiero recordar de otoño, mi primo me regaló un ejemplar en edición de bolsillo de Días y y noches de amor y guerra. Fue un regalo de los de verdad, sin envoltorio de papel con dibujos ni ticket para el cambio, sin coincidir con ningún aniversario, tan solo porque sí, porque era necesario que yo leyera ese libro o cualquier otro de ese autor del que apenas había leído nada. Mi primo me regalo un ejemplar doblado y rugoso de haberlo leído en todos los sentidos.

Después de eso, me puse al día con un escritor que tenía la capacidad de expresar lo que millones de personas quisieran, y además, de hacérselo oír a los poderosos, de obligar al silencio al opresor y al lacayo después de escupirle la verdad en pleno rostro con tanta limpieza, tan incontestablemente. Y una vez curtido y paseado en sus párrafos cortos, en sus breves historias interminables, en sus sencillas verdades… emulé el ejemplo de mi primo. Con el testigo en la mano, serví de relevo, que es la obligación moral a la que empujan los grandes escritores. Galeano se negó a ser recluido, su forma de escribir era —y es— para que corran raudas las palabras de mujer a hombre a joven a vieja a niño de pueblo en pueblo por todos los arrabales y los campos y las fábricas de América y del mundo entero. “Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no sabe leer o no tienen con qué…”. 

Y por ello regalé a Galeano. Dejé alguno de mis libros suyos a amigos, y fue de las pocas cosas que uno no considera perdidas si jamás las vuelve a ver. A mi hermano, que también es de los de abajo y además le gusta el fútbol, le obsequié hará un lustro con El fútbol a sol y sombra. A mi novia, que es unos años más joven que yo, le cayó Las venas abiertas de América Latina, un libro de juventud sobre inveteradas tristezas. 

Para mí, hoy, no sé, tal vez haga un poco de Memoria del fuego. Y sin duda, me revolcaré pesadamente con El libro de los abrazos, para regodearme en la tristeza inevitable y en la alegría de quien se mantuvo digno y leal a los suyos hasta el final. Y ya no sé qué más decir. Me pasa como te pasaba a tí, Eduardo. Tú sólo necesitaste cuatro párrafos pequeños, apenas cien palabras para contar la tristeza alegre del final del exilio, ese último día en las costas catalanas cuando la playa amaneció nevada: “Yo quise responder a esa despedida tan bella, pero no se me ocurrió nada. Nada que hacer, nada que decir. Nunca he sido bueno para los adioses”. A mí tampoco se me dan bien los adioses, Eduardo. Por eso te regalaré, para jamás dejarte marchar.

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