Cajones literarios como almacenes de grano

El verano de 2014 el cajón inadvertido del mundillo literario fue uno de los de Pablo Neruda, aunque más que cajón, era caja fuerte, la de la fundación que lleva el nombre del poeta chileno. En ella se conservaban a una temperatura idóneamente elegida casi mil versos nunca publicados de Neruda. Para navidades vieron la luz estos inéditos en América Latina, poco después lo hicieron en España, coincidiendo con el 110 aniversario del natalicio del autor y los 90 años de la publicación de Veinte poemas de amor; la editorial encargada de ello ha sido Seix Barral.

Foto de julio Cortazar entre manuscritos inéditos. Foto de Julián Martín, EfeRetrato de Julio Cortázar, entre manuscritos suyos / Foto: Julián Martín/EFE

Es, sin duda, una grata noticia para tantos nerudianos y amantes de la literatura en general. Una alegría similar a la que ya se pudo disfrutar en 1980, pocos años después de la infausta muerte del nobel, cuando se publicó el inédito El río invisible; sensaciones repetidas en 1996, con la aparición pública del desconocido hasta entonces Cuadernos de Temulco. En un autor tan prolífico como Neruda, con una vida ajetreada, en continuo y no siempre deseado viaje, por grandes temporadas en el exilio o empeñándose en residencias diplomáticas, es lógico esperar que queden papeles dispersos y surjan de vez en cuando sorpresas de este tipo. No obstante, cuarenta años después de su muerte, tales hallazgos –más si cabe cuando se sabe de su existencia durante décadas– resultan un tanto truculentos. Los poemas de este último descubrimiento nerudiano vienen acompañados de prosas, discursos y conferencias. Es un buen botín, no hay duda, pero ¿tan difícil de manejar como para tardar años en revisarlo y auditarlo hasta finalmente quedar ordenado para su publicación? Desconocemos los medios de la Fundación Pablo Neruda y el apoyo que haya podido recibir para esta empresa de la editorial Seix Barral –que no es precisamente una editora pequeña e independiente–, pero se antoja, al menos, extraña y sospechosa tanta demora. ¿Ha sido un trabajo cuidado al detalle, con devoción miguelangeliana por conseguir un resultado perfecto, o ha sido una cuidada especulación y una programada estrategia de marketing?

“Jamás se me ocurrió que alguien pudiera robar a un poeta”, le espeta por carta William Faulkner a un editor, una de las que se publicaron a los 50 años de su muerte, en 2012.

Cada poco, titulares de este tipo descargan un soberbio fogonazo sobre la actualidad literaria y editorial. La explicación: quizás se trate de psicología inversa, algo tan a la vista que nadie repara en ello; o quizás algo verdaderamente escondido que de puro milagro se ha conservado vivo en el peor hábitat posible. Sea como fuere, el ultimísimo descubrimiento de un tesoro literario tras décadas en el lugar menos pintado se ha convertido en una acostumbrada sorpresa –permítase el oxímoron.

“Jamás se me ocurrió que alguien pudiera robar a un poeta”, le espetó por carta William Faulkner a un editor, una de las que se publicaron a los 50 años de su muerte, en 2012. El mismo año, un contencioso mediático enfrentó a una pequeña pero exclusiva editorial irlandesa –Ithys Press– con la Fundación James Joyce de Zúrich, a raíz de la publicación por parte de dicha editorial de un cuento inédito del autor, que dejaba atrás el tiempo de propiedad exclusiva. Nicanor Parra –otro de los grandes poetas chilenos del siglo pasado– hubiera cumplido cien años este pasado mes de septiembre; el cumpleaños feliz trajo de regalo un largo poema inédito de 1987, titulado Temporal. También durante este curso, que coincide con el 25 aniversario del fallecimiento de Samuel Beckett, la editorial Faber&Faber publicó el cuento inédito Echo’s Bones, escrito ochenta años atrás. De Proust siguen apareciendo libretas con poemas y apuntes cada poco tiempo. Y no hablemos de Roberto Bolaño, quizás el paradigma de escritor explotado post mórtem con mayor virulencia.

En ciertos casos se puede entender el interés y la sorpresa de algunas ediciones póstumas. Tal es la edición de un Raymond Carver original –en un amplio sentido de la palabra– que se puede leer hoy día: las versiones de los relatos del autor norteamericano antes de que pasaran por el cincel y la tijera de su editor, Gordon Lish. El valor que en este caso justifica la edición póstuma es evidente; más si cabe ante el hecho de que la mayoría de los lectores de este Carver comparado con Carver parecen preferir los relatos en la versión cribada por Lish.

La verdad de todo esto es que ciertas empresas editoriales se guardan el grano para tiempos de necesidad. Se trata de especulación con patrimonios culturales que deberían ser accesibles de la manera mejor y más rápida para todo el mundo.

Mención aparte merecen los inéditos inconclusos o las obras terminadas pero desestimadas por sus autores. A poco del fallecimiento de García Marquez, la editorial Random House ya avisaba de la posibilidad de ver publicada En agosto nos vemos, la novela que el nobel colombiano guardaba desde 1999 porque no conseguía el final deseado. De distintas formas le ocurrió algo similar a Truman Capote, primero con la publicación póstuma de su novela de juventud Crucero de verano –que al parecer el autor había desechado, abandonada literalmente en la basura tras una mudanza–; después con los capítulos de la inacabada Plegarias atendidas. Y la historia continúa: ¡el autor estadounidense sigue publicando novedades! La editorial alemana Kein&Aber daba a conocer este verano cerca de veinte relatos y otros escritos –incluidos poemas– de Capote, que ya han comenzado a publicarse, justo a treinta años de su muerte.

Para la feria del libro del 2009 pudimos disfrutar de las 485 páginas de los Papeles inesperados de Julio Cortázar, con capítulos no incluidos en Rayuela, poemas y otros preciosos escritos, descartes o sencillamente palabras plantadas por el cronopio mayor sin excusa ni recibo. Al parecer, los manuscritos se encontraban en un cajón –de verdad– de su casa de París, donde vivía su primera esposa y albacea, Aurora Bernárdez, que tuvo en las navidades de 2006 la feliz ocurrencia de ofrecérselos a un amigo –crítico literario– para su lectura. El excepcional descubrimiento tuvo su edición por cortesía de Alfaguara. Será cuestión de suerte, casi tanta como la de la Fundación Juan March, cuando le cayó en gracia la excepcional biblioteca personal del argentino –¿qué pensaría Cortázar si viera sus libros hoy en propiedad de una fundación que lleva el nombre de quien fuera embajador del fascismo en Latinoamérica?–. El destino y el comercio unen a veces nombres de resonancias dispares, tristemente.

Lo cierto es que los muertos venden bien. Como en la excepcional película El amigo americano, de Wim Wenders, parece que la seducción por las pervivencias artísticas de los difuntos son una buena fuente de ingresos. Y no se puede ser ingenuo, a pesar de todo el poder de los tópicos sobre escritores que trabajan generando un mar de papeles en orden y concierto que solo ellos comprenden, es complicado encontrar un autor que no sea lo suficientemente ordenado como para que toda su obra –inédita o no– quede presente y perfectamente ubicada para sus más cercanos en vida. Sin embargo, lo común es que aparezcan inéditos secretos por doquier, generalmente tras diez, veinte, treinta o más años de enclaustramiento. Las historias más rocambolescas se tornan histriónicas en su habitual inverosimilitud, paradójicamente convertida en lugar común.

La verdad de todo esto es que ciertas empresas editoriales se guardan el grano para tiempos de necesidad. Se trata de especulación con patrimonios culturales que deberían ser accesibles de la manera mejor y más rápida para todo el mundo. Pero prima el beneficio. Y un muerto vende bien, cuando renace de forma imprevista.

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