Un libro de Angela Davis que convendría recuperar

Todos los años en las vísperas del 8 de marzo los mismos artículos y debates emergen en el premeditado desconcierto sobre el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Debemos enfrentarnos a los mismos reportajes, generalmente falaces, sobre el origen y sentido de tal fecha. Este hecho circunstancial y acostumbrado no es sino el reflejo mediático de la más amplia y asentada desorientación general del movimiento feminista y la lucha de la mujer trabajadora en todo el planeta.

La premeditada distorsión sobre el origen del establecimiento del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora cundió con insistencia a finales del siglo XX, tras la desaparición de la Unión Soviética. En 1910, en el marco de la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Conpenhague, a propuesta de la alemana Clara Zetkin, se acuerda celebrar dicho día como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La evidencia es irrefutable. Y el debate historiográfico, por lo tanto, falaz. Algunas teorías pretenden retrotraer el origen del 8 de marzo a sucesos anteriores a la conferencia de Copenhague, concretamente a masacres en las que fueron asesinadas multitud de trabajadoras industriales en fábricas estadounidenses —sobre 1857 y 1909— y las revueltas y represión tras las mismas. Con todo su peso real y su importancia histórica, lo cierto es que estos sucesos no determinaron que el 8 de marzo sea hoy día la fecha anual más importante del movimiento de mujeres. La intención de borrar el papel de las mujeres comunistas del origen de este día ha sido lo que ha promovido el debate. 


angela davis
Sea como fuere, tanto si nos vamos a 1857, como a 1910, lo que es evidente es que hoy la mujer trabajadora sigue padeciendo una doble opresión, como trabajadora y como mujer. Sus condiciones de vida y sus derechos se ven especialmente atacados y más de cien años de luchas no han podido revertir esta situación, generalizada en la mayor parte del mundo. Más bien al contrario, el avance en igualdad jurídica formal ha venido acompañado de un empeoramiento en relación a su posición económica en la sociedad. Hoy la diferencia entre el salario de un hombre y el de una mujer —por poner el ejemplo más expresivo y socorrido— es mayor que hace un siglo. Las mujeres siguen siendo la parte de la clase trabajadora con peores condiciones. Y en las manifestaciones del 8 de marzo veremos, sin embargo, una celebración, en sentido casi literal de la palabra. Se poblarán de un sinfín de pancartas en una neolengua tan inclusiva como complicada a veces de descifrar. Atronarán incansables batucadas. Se harán rimas ingeniosas. Etc. Una celebración. No una protesta. Y a mí, como mujer y como trabajadora, me choca, ¿qué queréis que os diga? Porque me parece que estando como estamos, más de un siglo después, y viéndose hegemónicas ciertas formas de feminismo, algo hay que analizar críticamente.

En este contexto y con estas sensaciones no dejo de acordarme de un libro y de una mujer que se encuentran en las antípodas del movimiento que hoy trata de imponerse como hegemónico. Y por eso volví a leer Mujeres, raza y clase, de Angela Davis

La figura de Angela Yvonne Davis, mundialmente conocida, se convirtió en los años 70 en uno de los iconos del Black Power, de la lucha de la mujer y del movimiento comunista y progresista internacional. Nacida en 1944, hija de una humilde familia negra de Alabama —su padre profesor de instituto, luego regente de una gasolinera, su madre maestra de escuela—, destacó como estudiante extraordinaria, precozmente comprometida contra el racismo y pronto vinculada a organizaciones comunistas. A finales de los años 60 formaba parte del Partido de las Panteras Negras e ingresó también en el Partido Comunista, en el que finalmente desarrolló su militancia. En 1970, con 26 años, daba clases de filosofía en la Universidad de California. Su prestigio académico y político crecía masivamente y, como no podía ser de otra manera, se colocó en la mirilla del FBI. Su contrato en la universidad fue rescindido y meses más tarde se encontraba en busca y captura, acusada de haber participado en el intento de fuga armado de un preso de San Quintín. Detenida y procesada, el montaje orquestado resultó tan burdo y la ola de solidaridad —de alcance internacional— tan amplia, que fue absuelta de todos los cargos. Ciertamente, Angela Davis representaba el peor de los enemigos posibles para el poder institucional estadounidense. “Ser mujer ya es una desventaja en esta sociedad siempre machista; imaginen ser mujer y ser negra. Ahora hagan un esfuerzo mayor, cierren los ojos y piensen, ser mujer, ser negra y ser comunista ¡Vaya aberración!”. Ella bien lo sabía. El enemigo total para los amos y dueños del país más poderoso del planeta.

angela davis 1974 detroit news staffAngela Davis, Detroit, 1974 / Foto: Detroit News Staff

En 1981, Angela Davis publicó uno de los libros más sugestivos, valientes y determinantes sobre la historia de la mujer negra. Mujeres, raza y clase, con el eje vertebrador de las condiciones de vida y la lucha emancipatoria de la mujer negra desde los tiempos de la esclavitud, es un ensayo historiográfico y político de amplio espectro. Su valor reside en que el tema central, al ser analizado tan profundamente, obliga a extender una vista general sobre el movimiento liberador de todo el pueblo negro norteamericano y, especialmente, de la lucha de la mujer trabajadora —sin distinción de razas— y del movimiento feminista estadounidense. Tres décadas después de su publicación, el libro de Davis se presenta más necesario que nunca. Porque la historia que narra, la diferencia entre la lucha de la mujer trabajadora y su divergencia con la teoría y práctica del primer feminismo burgués, expone algunas de las importantes problemáticas de enfoque que aún hoy se expresan y que podrían explicar el mantenimiento de la doble opresión de la mujer trabajadora.

Compuesto de 13 capítulos, los primeros del libro abordan los orígenes más lejanos del papel de la mujer negra en la sociedad esclavista estadounidense, y ya al comenzar lo hace con tesis originales y perfectamente lógicas, cuya razón no exime de reconocer su valentía. Expone que “la opresión de las mujeres era idéntica a la opresión de los hombres”. Sostiene que el machismo no era un fenómeno presente en el seno de la comunidad de esclavos: “La cuestión que emerge destacadamente de la vida doméstica de los esclavos gravita en torno a la igualdad sexual. El trabajo que los esclavos realizaban para ellos mismos, y no para el engrandecimiento de sus amos, era desempeñado en términos igualitarios. Por lo tanto, dentro de los confines de su vida familiar y comunitaria las personas negras se las arreglaron para consumar una hazaña prodigiosa. Transformaron esta igualdad negativa, que emanaba del hecho de sufrir la misma opresión como esclavos, en una cualidad positiva: la igualdad caracterizadora de sus relaciones sociales”. Y expone Davis con claridad el único enfoque válido para un estudio social de la lucha emancipatoria de la mujer, tomando el caso de las mujeres negras del siglo XIX en los Estados Unidos: “El trabajo forzoso de las esclavas ensombrecía cualquier otro aspecto de su existencia. Por lo tanto, cabría sostener que el punto de partida para cualquier exploración sobre las vidas de las mujeres negras bajo la esclavitud sería una valoración de su papel como trabajadoras”. Es necesario poner negro sobre blanco este enfoque ante la actual avalancha de “feminismos” tendentes a plantear la contradicción fundamental en la cuestión de género, velando y marginando la cuestión de clase.

Davis gives her first news conference after being released on bail, 1972. Photograph- Bettmann:CorbisAngela Davis, 1972 / Foto: Bettmann/Corbis

Resulta esclarecedor y un tanto triste estudiar el desarrollo del movimiento feminista en sus orígenes. Angela Davis describe en su libro cómo la unidad de acción y la confluencia entre las mujeres negras y las mujeres blancas estuvo siempre definida en función de la clase social a la que perteneciera la mujer blanca. Porque las negras, obviamente, eran o habían sido todas esclavas o hijas de esclavos. Las mujeres de la burguesía se organizaron en función a una causa nuclear: el voto femenino. La causa y las organizaciones sufragistas pusieron de manifiesto que los derechos de las mujeres estaban sujetos a intereses de clase. “Las dirigentes del movimiento de mujeres —escribe Davis— no sospechaban que pudiera haber una relación sistémica entre la esclavitud de las personas negras en el Sur, la explotación económica de los trabajadores del Norte y la opresión social de las mujeres”. Y esto era un problema. Hoy parece que muchos y muchas siguen sin entenderlo. La Asociación Nacional Americana por el Sufragio Femenino (NAWSA) terminó apoyando todo tipo de políticas racistas y demostrando, en palabras de Davis: “su firme lealtad a los capitalistas monopolistas”. Paradójica, pero lógicamente según los argumentos que expone la profesora americana, una de las organizaciones que mayor impulso dio a la lucha de la mujer negra fue una mayoritariamente formada por hombres, y además blancos: el famoso sindicato industrial IWW (Internacional de Trabajadores del Mundo). La “política de lucha directa contra el racismo” de los woblies —como eran conocidos sus miembros— repercutió de manera importantísima en la lucha de las mujeres negras. La convención fundacional de la IWW contó en su presidencia con dos mujeres de reconocido liderazgo entre los trabajadores: la antigua esclava Lucy Parson y la irlandesa Mother Mary Jones.

Todo el libro de Davis es revelador, pero algunos capítulos en concreto deberían ser de lectura obligatoria para toda mujer —y todo hombre— que pretenda entender la situación de opresión de las trabajadoras. El capítulo 9, titulado Mujeres obreras, mujeres negras y la historia del movimiento sufragista, es uno de ellos. El capítulo 11, Violación, racismo y el mito del violador negro, otro más. Y finalmente el capítulo 13, El trabajo doméstico toca a su fin: una perspectiva de clase, se suma a la antología. Un análisis socioeconómico prologa toda explicación de las condiciones, sucesos y avatares de la lucha contra el racismo y el sexismo del movimiento obrero estadounidense. 

Angela Davis, 1974.Angela Davis / Foto: Everett Collection Rex

En el capítulo final del libro, la explicación de la opresión de la mujer en función de la división sexual del trabajo se expone con magnífica brillantez. Introduce Davis: “Durante las primeras etapas de la historia, la división sexual del trabajo dentro del sistema de producción económica estaba regida por un criterio de complementariedad y no de jerarquía. En las sociedades donde los hombres habrían sido los responsables de la caza de animales salvajes y las mujeres, a su vez, de recolectar las verduras y las frutas silvestres, ambos sexos desempeñaron tareas económicas igualmente esenciales para la supervivencia de su comunidad. Dado que en aquellas etapas la comunidad era, esencialmente, una familia extendida, el lugar central de las mujeres en la economía llevaba aparejado que ellas fueran valoradas y respetadas en calidad de miembros productivos de la comunidad”. Y salta Davis de los tiempos prehistóricos a los albores del capitalismo, explicando los cambios en este sentido que produce la implantación y desarrollo del nuevo sistema socioeconómico: “El avance de la industrialización, en la medida en que llevó aparejado el desplazamiento de la producción económica del hogar a la fábrica, produjo la erosión sistemática de la importancia del trabajo doméstico realizado por las mujeres. Ellas fueron las perdedoras en un doble sentido: cuando sus trabajos tradicionales fueron usurpados por la floreciente industria, toda la economía salió del hogar dejando a muchas mujeres privadas, en buena medida, de ocupar papeles económicos significativos. […] Aunque los bienes producidos en el hogar eran valiosos ante todo porque satisfacían las necesidades básicas de la familia, la importancia de las mercancías producidas en la fábrica residía abrumadoramente en su valor de cambio, es decir, en su capacidad para satisfacer la demanda de beneficios de los empresarios. Esta revalorización de la producción económica revelaba, más allá de la separación física entre el hogar y la fábrica, una separación estructural fundamental entre la economía doméstica del hogar y la economía orientada a la obtención de beneficios del capitalismo. Debido a que el trabajo doméstico no generaba beneficios, necesariamente fue definido como una forma inferior de trabajo frente al trabajo asalariado capitalista”.

Angela Davis, y aquí es cuando llegamos a la valentía como valor añadido del libro, una vez examina la realidad y las causas de la doble opresión de la mujer, expone lo que considera solución a dicho problema histórico: “Uno de los secretos más celosamente guardados en las sociedades del capitalismo avanzado se refiere a la posibilidad real de transformar radicalmente la naturaleza del trabajo doméstico. En efecto, una parte sustancial de las labores domésticas del ama de casa pueden ser incorporadas a la economía industrial. En otras palabras, el carácter del trabajo doméstico no tiene por qué seguir siendo considerado, necesaria e inevitablemente, privado. Equipos de personas cualificadas y adecuadamente remuneradas podrían desplazarse de un domicilio a otro provistos de maquinaria de ingeniería higiénica tecnológicamente avanzada y concluir, rápida y eficazmente, las tareas que el ama de casa actual realiza de manera tan ardua y primitiva. ¡Por qué nos topamos con este velo de silencio que rodea este potencial de redefinir radicalmente la naturaleza del trabajo doméstico? Porque la economía capitalista es estructuralmente hostil a la industrialización del trabajo doméstico. […] Actualmente, para las mujeres negras y para todas sus hermanas blancas de clase obrera, la idea de que la carga del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos pueda ser descargada de sus espaldas y asumida por la sociedad contiene uno de los secretos milagrosos de la liberación de las mujeres. La atención a la infancia y la preparación de la comida deberían ser socializadas, el trabajo doméstico debería ser industrializado, y todos estos servicios deberían estar al alcance de las personas de clase trabajadora”. 

Angela Davis is shown during the 2012 Toronto International Film Festival in Toronto on Monday, Sept. 10, 2012. THE CANADIAN PRESS:Aaron Vincent ElkaimAngela Davis, Toronto, 2012 / Foto: THE CANADIAN PRESS/Aaron Vincent Elkaim

Cuando Angela Davis escribía estos párrafos, en 1981, la situación era muy diferente a la de hoy día. Era más sencillo expresar opiniones de este calado. Desde entonces hemos acumulado un penoso cuento de derrotas y traiciones, hasta tal punto en que es dominante un feminismo cada vez más parecido al antiguo y acomodado deseo de las sufragistas que pedían exclusivamente el voto, porque no padecían la explotación capitalista. Los discursos que velan el carácter de clase que debe organizar toda lucha en favor de los derechos de la mujer, que consideran que la confrontación fundamental es de genero, que una mujer trabajadora tiene más en común con una mujer capitalista que con un hombre trabajador, que la emancipación no pasa por cambiar la base de explotación económica y el sistema que genera la desigualdad social, que la lucha avanza centrándose en reivindicaciones de cambio cultural y no de poder político y económico, sencillamente… se equivocan.

Porque hoy, como escribía Angela Davis a principios de los años 80: “el hecho sigue siendo que en el trabajo las mujeres pueden unirse con sus hermanas —y, de hecho, con sus hermanos— en aras a desafiar a los capitalistas en el centro de producción. Como trabajadoras y como militantes activistas en el movimiento obrero, las mujeres pueden generar la fuerza real para luchar contra el pilar y el beneficiario del sexismo, que no es otro que el sistema capitalista monopolista”.

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