Tenemos que hablar de Bárbara

Como Paranoico Pérez —el personaje de Barterbly y compañía, de Vila Matas— tuve el impulso de escribir, con indignada impaciencia, un texto sobre la carrera de una intérprete que considero puede marcar una época en el cine español: la última ganadora del Goya a mejor actriz protagonista, Bárbara Lennie. Como se verá, no fui el único asaltado por esta idea. Al personaje de Vila Matas antes mencionado se le ocurrían ideas maravillosas para novelas que, al cabo del tiempo, eran escritas por José Saramago. Pues bien, algo similar me ocurrió a mi con el crítico Marcos Ordóñez y su artículo Un secreto a voces, idéntico en intenciones al mío, aunque superándome en estilo y profundidad. Esta misma semana, de hecho, Marcos ha vuelto a firmar otro artículo sobre Barbara Lennie en El País.

barbara-lennie-magical--644x362Bárbara Lennie, en Magical girl / Aquí y Allí Films

No obstante, pese a comprobar cómo se me adelantaban y me robaban magistralmente tal idea, decidí continuar con mi propósito. No sería el primero, pero aún podía —puedo— aportar un enfoque propio y original. A fin de cuentas, he visto la mayor parte de los trabajos de Bárbara, llegando a jugarme en tal seguimiento mi integridad física —como en aquella pieza breve en La Casa de la Portera, titulada Breve ejercicio para sobrevivir, inspirada en un relato de Tennesse Williams— y he sido testigo directo de su meteórica trayectoria teatral.

Pese a que hacía tiempo que en el cine y la televisión despuntaba con papeles cercanos al estilo de la Nouvelle Vague —no sin razón Marcos Ordóñez la compara con las actrices Anna Karina y Catherine Deneuve—. Películas como Mujeres en el parque o Todas las canciones hablan de mí pueden considerarse más bien productos puramente madrileños, intimistas, ese cine urbano autóctono en el que las motivaciones interiores y sutiles de los personajes son el eje dramático. Quizás propuestas demasiado comedidas, poco transgresoras en el empleo del lenguaje cinematográfico, obligadamente carentes del atrevimiento de films como Band apart, pero que pretendían desviarse del carril más rodado de la cinematografía española y que nos presentaron a Lennie. El rostro perfecto —y de enorme magnetismo— para retratar la confusión existencial de este momento en el que contábamos con unas vaporosas certezas.

Bárbara-Lennie-e-Israel-Elejalde.-Foto-Ros-Ribas-750x500Bárbara Lennie e Israel Elejalde, en Veraneantes / Foto: Ros Ribas/Kamikaze Producciones

Siempre ha habido dignos intentos de producir dicho tipo de cine en España. En todas las épocas se han generado obras —libros, películas, espectáculos teatrales o simples transmisiones orales— que simbolizan un cambio de paradigma social o la transición hacia él. Tal vez el cine español dejó escapar la capacidad transformadora que en su día tuvo el Almodóvar de La ley del deseo, por poner un ejemplo paradigmático, y es tal vez por ello que el nombre de Bárbara Lennie no haya llegado al gran público tan fuerte como cabría esperar, incluso después del Goya. Pero es un signo de personalidad nadar a contracorriente, y que siendo tan joven se comprometa a transitar territorios poco concurridos, donde contar una historia es lo verdaderamente importante y no la creación de un producto mirando a la audiencia y la fama instantánea. Un territorio sin duda de largo recorrido, menos visible, pero buscando siempre la calidad en proyectos vocacionalmente minoritarios. Un claro ejemplo lo tenemos en su breve monólogo en la película Los condenados, de Isaki Lacuesta, luciendo un poderoso primer plano que ya auguraba desafíos de gran hondura. Magical girl, la última película de Carlos Vermut —luego volveremos sobre ella— es un claro exponente de esta progresión, que explota la potencialidad de la actriz para abordar personajes oscuros, crípticos, desconcertantes. Como un Polanski mediterráneo, se sumerge en las acciones y perversiones humanas de manera que ningún otro director ha logrado en lo que llevamos de siglo por estos lares.

Sin embargo, lo más interesante —como suele ocurrir— es lo menos conocido. En este caso: la carrera teatral de Bárbara Lennie.

Dicen que en las tablas se evalúa el carácter y la verdadera magnitud dramática de un actor. Pude ver a Lennie en la sala off del teatro Lara, en La función por hacer —adaptación de Pirandello a cargo de Miguel del Arco y Aitor Tejada— y quedé fascinando por un montaje lleno de corporalidad e innovación. Hay que ser osado para estrenar la obra de un autor tan alejado de los gustos del gran público y hacerlo desde la heterodoxia. Cabe que decir que las salas alternativas en Madrid son un hervidero de montajes eléctricos, pobladas de intérpretes superlativos. Con todo, no puedo negarlo: el darwinismo se impone; el abandono cultural es directamente proporcional al talento mostrado… enorme. Una lástima. Pero La función por hacer fue un éxito de crítica y público, que permitió abordar montajes más grandes y complejos. Era la primera colaboración de Lennie con del Arco y su compañía, Kamikaze. Y crecieron. ¡Y cómo! Con Veraneantes —representado en La Abadía, donde el escenario era un personaje más— se multiplicó el desafío, incluyendo números musicales físicamente extenuantes seguido por diálogos de enorme hondura. Con todo merecimiento Bárbara ganó el Max por este trabajo. Hay en este grupo un enorme talento para adaptar obras clásicas a contextos actuales. Prueba de ello es su último montaje, Misántropo, esta vez reinterpretando a Molliere.

Bárbara-Lennie-e-Israel-Elejalde.-Foto-Emilio-Gómez-750x497Bárbara Lennie e Israel Elejalde, en La función por hacer / Foto: Emilio Gómez/Kamikaze Producciones

Por otro lado, la tele. Los personajes interpretados por la actriz hispano-argentina en series como Isabel o Cuenta atrás son dignos, no puramente alimenticios. A pesar de que la ficción televisiva en España suele ser un trabajo de oficina. Una lástima. Se cuenta que el próximo proyecto para la —cada vez menos— pequeña pantalla de Barbara Lennie —El incidente— romperá la habitual tendencia al estereotipo y transitará terrenos más incómodos y pedregosos. Veremos.

Por último, y por cerrar con el punto de inflexión que seguramente marque su carrera, volvamos a Magical girl. Un salto cualitativo dentro no solo de la carrera de Bárbara, sino del cine español. Desasosegante testimonio de un período de nuestra historia, corrupto y roto en mil pedazos, que tiene una capacidad de sugestión y uno de los subtextos más ricos que se recuerden desde hace tiempo. Una historia más cercana al cine negro cañí que al melodrama ibérico. En cualquier caso, opino que no tendríamos la interpretación de Magical girl sin experiencias como Veraneantes o Misántropo. No se pueden disociar dos mundos tan cercanos, aunque haya quien interponga una muralla entre cine y teatro. Los dos son instrumentos para indagar en las emociones humanas. Para contar historias. Y Bárbara está entre los elegidos para protagonizar las mejores que se puedan contar.

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