Steve Nash, el base que leía al Che Guevara

De entre todos los deportes colectivos, quizás sea el baloncesto el más justo de todos. Al contrario que en el fútbol, lo habitual es que gane —ya sea un partido o una competición— el que más lo ha merecido. Esta es una de las cosas que más bello lo hacen. Otro de sus atractivos es su exigencia intelectual. Ningún otro deporte de equipo exige pensar tan rápido y, en consecuencia, una concentración tan intensa. En menos de medio minuto hay que conseguir el objetivo esencial: encestar; porque el reglamento obliga a cambiar radicalmente el panorama. Para ello es imprescindible contar con una red táctica casi automatizada, pero también con algo más, un valor creativo que rompa el esquema de la pizarra contraria. En esta combinación de disciplina táctica y creatividad espontánea se genera una dialéctica vertiginosa, en la que sobresalen los que piensan más rápido. Y entre los que piensan más rápido, los más imaginativos. Justeza, disciplina y creatividad. Son las tres cualidades que hacen del baloncesto un juego tan maravilloso.

Se pueden extraer multitud de paradojas y contradicciones aparentes que hacen del baloncesto un juego tan adictivo para millones de aficionados. Una de ellas es el papel de los bases. Como todo el mundo sabe, el baloncesto es un deporte donde prima como en ningún otro la altura de los jugadores. Pues bien, resulta llamativo que en el juego de los tipos altos, la pieza clave, la que concentre los tres valores definitorios —justeza, disciplina, creatividad; en opinión del base frustrado que esto escribe— sea precisamente el bajito. El base es el que decide, el que tiene que pensar más rápido, el que mira desde fuera. El base es el que reparte, el solidario que convierte la jugada en un producto colectivo —si es bueno—; es el que equilibra y mueve las disciplinadas tropas; y el que improvisa en el quinteto una solución que venza la resistencia adversaria. El base es —discúlpese la redundancia— la base del baloncesto. Entre los de esta especie se cuentan algunos legendarios, el último de ellos anunció su retirada un primer día de la primavera de 2015, cuando era el único cuarentón de la NBA. Hablamos de Steve Nash.

steve nashSteve Nash / Foto: Getty Images.

Con 41 años y la espalda para pocos trotes, el mejor base de la última década se despidió de las canchas. Tras debutar en la NBA cuando aún jugaba en Chicago con el 23 a la espalda el mejor de todos los tiempos, tras ser dos veces MVP de la mejor liga del mundo —2005 y 2006, el primer blanco después de Larry Bird y el primer no estadounidense en toda la historia—, el director de orquesta de uno de los equipos más espectaculares del basket moderno —los Suns del run&gun que atacaban en siete segundos—, Steve Nash decidió ponerse la mítica camiseta de los Lakers a sus 38 años, para ver si se hacía con uno de los pocos objetivos que se le resistían: un anillo de campeón. Se colocó el número 10 a la espalda —abandonando su mítico 13— en un guiño a su pasión futbolística. Y dio, vestido del morado californiano, su asistencia 10000 —tercero en el ranking histórico, solo por detrás de John Stockton y Jason Kidd—. Pero llegó tarde a Los Angeles. No hubo anillo. Y se le vio más veces tumbado junto al banquillo, descansando la espalda, que en acción. Una imagen que recordaba a la del propio Larry Bird en sus últimas temporadas.

Steve Nash fue el más genuino de los bases. Si el base, como decimos, es necesariamente el personaje distinto en el equipo de baloncesto, él era el más distinto de los distintos. Lo primero, era blanco. Lo segundo, no era yanqui. Nació en Sudáfrica, de padre inglés y madre galesa, pero creció en Canadá, como un canadiense tipo en una familia no canadiense de origen europeo. Es decir, el tipo al que los estadounidenses miran con recelo y del que se mofan palurdamente. En su casa el fútbol era ominpresente —su padre había sido profesional y su hermano y hermana lo serían—, con lo que el joven Steve destacaba tanto con el balón en el pie como en las manos. En un año fue elegido mejor jugador de fútbol y de basket escolar. Se decantó por la canasta, una suerte para los amantes del baloncesto. Nos esperaba uno de los mejores asistentes de la historia. Entre sus más de 10000 asistencias hay una infinidad que son verdadera fantasía, pero no de un exhibicionismo efectista —como podían ser las de Jason Williams, otro base blanco (genio irritante y fugaz) de la época—, sino de una elegancia quirúrgica. 

No era ni el más rápido ni el más fuerte, pero era el más listo y el más completo. Sus estadísticas en tiros libres son demoledoras, por encima del 90% de acierto. Y, a pesar de tener una mecánica de tiro —en mi opinión— demasiado rígida… ¡casi el 50% en triples! Cuando se levantaba desde fuera de la línea de 3 siempre me daba la sensación de que iba a fallar, pero siempre encestaba. Su brazo derecho me resultaba a veces demasiado rígido, poco articulado, un poco como le pasaba a otro fatídico y heterodoxo triplista, Chechu Biriukov. Pero el caso es que Nash la metía, de lejos, de cerca o en manos de otro. Gracias a él la NBA volvió a tomarle el gusto al juego ofensivo. Cada cierto tiempo la liga de basket norteamericana tiene que sacudirse telarañas parecidas. A comienzos de los 80 tuvo que llegar otro raro entre los raros, Magic Johnson, para repartir juego y alegría sobre un tren a toda pastilla.

Nash tenía lo que debía tener un base: criterio y personalidad. Fue durante la primera década del siglo el mejor constructor de juego y una referencia de estilo. Puede parecer suficiente para labrarse un prestigio entre compañeros, rivales, técnicos, periodistas y aficionados, pero la cosa no es tan fácil en un sitio como Estados Unidos y un negocio como el de la liga profesional de basket norteamericana, más para cualquiera que se salga de estrecho margen de aceptación o del comportamiento acostumbrado al estereotipo. Cuando saltó al calentamiento del All Star 2003 con una camiseta con el lema “No War. Shoot for peace”, la paraonia de un país entero se le echó encima por mostrarse así de crítico con la guerra y la invasión de Irak. Pero la polvareda máxima llegó en enero de 2005, cuando declaró tranquilamente al New York Times que andaba leyendo el Manifiesto Comunista —uno de sus libros favoritos— y también una biografía sobre el Che Guevara. Oh my God! Y que los principios del socialismo aplicados al deporte daban mejores resultados que el glorificado individualismo capitalista. Imagínense la reacción en el país de las libertades… Era el criterio del base, del más diferente de los bases legendarios. Un jugador que le brindó una personalidad nueva al juego en los primeros años del siglo. Un canadiense en los USA. Una malograda promesa del fútbol en las canchas de la NBA. Un cuarentón entre veinteañeros musculados. Un tío simpático y educado entre los ruidosos altavoces de los últimos Hummer de colección de sus compañeros. Siguió jugando hasta los 40, entre otras cosas, porque quería el dinero. Él mismo lo reconoció honestamente. Los Lakers le contrataron por más de 9 millones de dólares al año… ¡quién no hubiera aceptado? Steve Nash no era comunista —duerman tranquilos los marines americanos—, pero en la cancha repartió mejor que nadie, y eso siempre le hará encantadoramente sospechoso. Disfrutemos de ello.

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