¿Quién no soñó ser Arthur Rimbaud?

Llegó como un relámpago y lo cambió todo. Era casi un niño, tenía 15 años cuando comenzó a escribir los primeros versos de la más determinante y efímera de las carreras poéticas de los últimos siglos. Con 19 años abandonó la escritura para siempre. En aquellos apenas cuatro años de vida literaria se convirtió en el más joven y maldito de todos los escritores. Desbrozó todas las flores del parnaso y todos los símbolos, fue padre adolescente del verso libre, de la prosa poética, profeta del surrealismo y poeta social. Lo fue todo. Devastó lo que había y quedó como un fulgor brillante y violento en el recuerdo de sus coetáneos, un advenimiento determinante para toda la poesía posterior. Después de la borrachera, con veinte años: punto final. Se fue a África, traficó con armas, dibujó mapas de lugares donde ningún blanco había estado antes. Y solo regresó para morir. Una última cesión a su mayor debilidad, la vuelta al hogar tras la desventura. Arthur Rimbaud, el poeta que ya no escribía, murió a los 37 años en Marsella, postrado ante una hermana devota y un cura tratando de robarle en el último suspiro un arrepentimiento al viejo niño que fue escribiendo Merde à Dieu! en todos los bancos de la escuela.

1978,Rimbaud, collage Paris, Charleville[1]Collage sobre una foto de Rimbaud a los 15 años / Ernest Pignon

Leer a Rimbaud en la adolescencia es casi una obligación biológica, que puede resultar malsana. Retomar la lectura de Rimbaud durante la edad adulta es, sin embargo, un bálsamo psicológico contra la melancolía. ¿Quién no soñó ser Arthur Rimbaud? El niño prodigio, el más terrible de los enfant terribles, el bello ángel poético que revolucionó la poesía moderna, el más puro de los desertores literarios, el tan perfecto de los rebeldes que no necesitó pisar París para vivir La Comuna, el prófugo del hogar que desaparecía cuando le venía en gana, el hijo pródigo siempre adorado, el aventurero de todos los mares, el caminante a pie que cruza fronteras, el hombre que se adentra en tierras africanas que ningún occidental ha pisado antes, el traficante de armas en Abisinia, el genio que se despide de sí mismo a los 20 años de edad.

Rimbaud no fue solo el geniecillo que puso patas arriba la poesía moderna, fue también el paradigma del artista como fin en sí. No hay un ejemplo mayor de talento puro y sin imposturas que el suyo. Solo concebía la poesía subordinada a la vida, a su propia vida. Era lo contrario al arte por el arte. Por eso cuando la poesía dejó de prestarle un servicio que considerara útil a lo que pretendía hacer de sí mismo, la abandonó. No porque fuese un bruto diamantino, sino por consecuencia artística. No era un inconsciente de su talento, al contrario, el joven borracho que buscaba pelea en las tabernas y los cafés literarios no era una fiera estúpida con un don, sino un escritor tan cultivado o más como los demás, por muchos años que le sacaran. Había sido el más brillante de los niños en la escuela, un superdotado conocedor de todos los clásicos que, con 15 años, ya se sabía merecedor de un espacio central en el panorama literario francés. 

No todo el mundo sueña con ser poeta, de hecho, poca gente tiene hoy esa aspiración. Pero sí casi todo el mundo ha fantaseado alguna vez con la idea de huir. ¿Quién no se ha dormido de niño convencido de que no le quedaba más salida que la fuga del nido? La imaginación de una huida solitaria ha sido desde siempre un bálsamo para tribulaciones irresolubles. Por esto Rimbaud es o puede ser el icono inspirador de quien ni siquiera ha leído su poesía. Porque él lo hizo. Con 15 años, intempestivamente, el hasta hacía poco alumno más brillante de Charleville se escapaba a París, donde fue detenido por viajar sin billete y encarcelado durante una semana, hasta que su viejo profesor de escuela pagó la fianza. No tardó demasiado en volver a escapar del hogar, en los meses siguientes a su primera fuga reincide, quedándose a las puertas de la París revolucionaria. Finalmente, en la cuarta de estas huidas, con 16 años, encontró el inicio de sus viajes, un salto de nivel en su búsqueda constante de nuevos horizontes. Será acompañado. Verlaine, uno de los poetas consagrados de Francia, había quedado subyugado por el torbellino del poeta adolescente. 

La relación con Verlaine, tumultuosa como pocas, es por esto mismo otro de los paradigmas artísticos que Rimbaud ayudó a consolidar. Llena de frenesí y riesgo, destructora y seductoramente inapropiada. Los poetas amantes, el matrimonio roto de Verlaine, los viajes al extranjero, la dependencia del hombre maduro que en su debilidad acaba amenazando con suicidarse y termina por disparar contra un Rimbaud que en ese momento entendía —como posiblemente hiciese otro salvaje de la época, Gauguin, al ver al amigo Van Gogh con la navaja de afeitar en la mano— que era hora de dejar aquel barco demasiado ebrio. El pobre Verlaine terminó pasando un par de años en la cárcel por aquel suceso, a pesar de que Rimbaud desestimó presentar denuncia alguna.

ernest-pignon-rimbaud5Arte urbano con la imagen de Rimbaud, Paris, 1978 / Ernest Pignon

Después de todo aquello algo comenzó a cambiar en el interior de Rimbaud, que estaba dejando de ser un niño y era a pesar más del resto del mundo que, quizás, de sí mismo, un hombre.  Siguió viajando y ganándose la vida de forma improvisada, regresando al hogar de allá para cuando y escribiendo sus últimos poemas. ¿Para qué seguir con aquello si ya había llegado al final del camino? En 1874, con 19 años, renunció a la poesía. Había hecho saltar por los aires todas las convenciones del verso. Había escrito las Iluminaciones, poemas en prosa que hacían del simbolismo precisamente un símbolo del pasado. Y Una temporada en el infierno, un largo poema que combina todas las formas libres del lenguaje poético. Una temporada significó su testamento y despedida artística y balizaba terrenos nunca explorados de la poesía. 

Después de Una temporada en el infierno —firmada en agosto de 1873— poco puede escribir ya Rimbaud. No solo ha escrito sobre lo vivido, sino sobre lo que se disponía a vivir. “Aquí estoy, en la playa armoricana. Que las ciudades se iluminen al atardecer. He cumplido mi jornada; abandono Europa. La brisa marina me quemará los pulmones; los climas remotos me atezarán la piel.” Y tal cosa hizo. Viajó por todo el continente hasta 1880, momento en que partió definitivamente a la aventura africana, convertido en alguien completamente diferente del joven que fue. O quizá no tanto. Tal vez solo dispuesto a realizar su famoso sueño infantil, aquel de “ser rentista”. Era entonces un hombre preocupado en hacer fortuna, que enviaba a las cajas fuertes al 4% de interés del Crédit Lyonnais todo el dinero que hacía en el continente negro. Vivía con una abisinia, y de comerciante se convirtió en traficante de armas, un negocio que le acabará reportando más beneficios económicos por los conocimientos geográficos adquiridos que por el mercadeo de rifles. Sus escritos sobre territorios nunca explorados por europeo alguno serán publicados y retribuidos por la Sociedad Geográfica francesa.

“Regresaré con miembros de hierro, la piel oscurecida y la mirada furiosa: a juzgar por mi máscara, pensarán que soy de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres miman a esos feroces enfermos que vuelven de los países cálidos.” El joven poeta vidente realmente parecía adivinar el futuro, porque en mayo de 1891 vuelve a Francia, enfermo. Un carcinoma en la rodilla obliga a que le amputen una pierna, por desgracia será tarde, acabará muriendo seis meses después.

No consiguió jamás vivir de las rentas, como era su sueño más arraigado. Pero inspiró la fantasía, aunque sea momentánea e infantil, de millones de poetas y no poetas. “He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Probé a inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Creí haber adquirido poderes sobrenaturales. Pues bien: ¡ahora debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y fabulador, al traste!” En esto se equivocó. No hay mayor gloria que la suya, la del hombre que asesinó al poeta en lo más alto y por su propio bien.

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