¿Qué te has fumado, Paul Thomas Anderson?

El bueno de Paul Thomas Anderson es uno de esos directores talentosos y consentidos que consigue que los eruditos en gin-tonic y cine de autor aguanten más de dos horas sin sus Ray Ban Wayfarer puestas. ¿Cómo lo hace? Pues montando películas de casi tres horas. En las mejores ocasiones, como en su brillante eclosión con Boogie Nights o la magistral Magnolia, ofrece maravillosos relatos cinematográficos, historias y atmósferas absolutamente adictivas y cautivadoras. Las peores veces, como con Puro vicio (Inherent Vice), abusando de su vitola de niño mimado y cayendo en la exasperante vacuidad postmoderna.

Joaquin Phoenix en Inherent ViceJoaquin Phoenix en Puro vicio / Foto: Warner Bros. Pictures/Ghoulardi Film Company

La propaganda mediática del film de cara a su estreno —13 de marzo de 2015— en la cartelera española fue realmente espectacular. El preciosista cartel de la película, que presentaba un bello contraste de neones, invadió los espacios publicitarios de periódicos y revistas. Era un anuncio muy cool. Resultaba difícil encontrar críticas negativas o muy lesivas en la mayor parte de los medios —salvo que las firmasen plumas consagradas—, lógicamente, pues se hubiera producido una cierta contradicción de intereses. Y sin embargo, hay que decirlo: Inherent Vice, de Paul Thomas Anderson, es un verdadero fraude, un juego de luminotecnia y sonido tan artificioso y tramposo como los brillos de neón que definen su estética.

¿Qué es exactamente lo que nos quiere contar Anderson? La historia del detective privado Doc Sportello, un hippie permanentemente obnubilado por la marihuana y el recuerdo de un amor pasado, pretende ser un noir clásico en su estructura, con una trama laberíntica en la que se cruzan múltiples sujetos, una mujer fatal, un héroe desdichado y lacónico —híbrido Sam Spade y el Nota de los Coen—, y unos lugares y una época extremadamente circunstanciales, y desaparecidos. Pero no cuenta nada. En el mejor de los casos es un divertimento atmosférico. Se puede disfrutar de una bella fotografía, de unos ambientes idealizados y de una música agradable. Pero no hay más que destacar. La buscada comicidad de situaciones solo se encuentra si se va tan fumado como el protagonista, el tono entre hilarante y delirante de personajes y tramas se queda en una ridícula y forzada pretensión de presentar el más raro todavía. El guión, de principio a fin, comete el más triste de los errores de toda historia detectivesca: generar una confusión verdaderamente frustrante y dejar todos los cabos sueltos del mundo.

Últimas recomendaciones desde estas humildes líneas: si se disponen a acudir a su sala de cine favorita o más cercana para pagar una entrada por el visionado de los 148 minutos de Puro vicio, no piensen en el dinero ni sientan la más mínima urgencia por ocuparse de otro asunto, y vayan provistos de buena compañía o, al menos, de sustancias calmantes o con la capacidad de hacerles abrir su imaginación. Solo así conseguirán no sentirse obstinados al final de la proyección. Si son gente calmada, quién sabe, pero es posible que incluso puedan evitar todas estas medidas y quedarse con algunas cositas que les hagan disfrutar del film, como una bella fotografía y algunas secuencias melancólicas apoyadas sobre la sonrisa de Katherine Waterston y los ojos claros de Joaquin Phoenix

Si a pesar de todo salen malhumorados, no se acobarden ante el ejército de expertos en gin-tonic luciendo de nuevo su antifaz de pasta y cristal, discutan con ellos sobre la de arena que ha dado esta vez Paul Thomas Anderson. O si no, al menos, pídanles el número de quien pase lo que sea que se haya fumado el autor. Y que todos disfrutemos.

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