Noches en familia con Javier Krahe

Lo contemplas a través del cristal del café: está en la calle, fumando un purito con calma. La forma de fumar dice mucho de una persona. Hay quien lo hace rápido, unas pocas caladas entre miradas de soslayo antes de ponerse rápidamente a otra cosa. Él tiene otro ritmo. No tiene que madrugar al día siguiente —ningún día siguiente, de hecho—, así que no hay prisa, es un momento de descanso en el concierto y se respeta. A pesar del asma inveterado y una tos casi crónica, se le ve relajado, goza del aire libre de la noche, observa cómo pasa la gente. Hay quien le mira y le reconoce —ofreciendo una sonrisa de complicidad—. Su semblante serio, sus ojos azules y su característica barba blanca no pasan inadvertidos pero, para la gran mayoría de la gente, Javier Krahe, maestro poeta y cantor, es un desconocido más poblando la ciudad. 

JavierKrahe_017Javier Krahe y su banda en el Café Central, Madrid / Foto: ERUBICON

El descanso durante sus conciertos —además de para observarle en su papel de hombre normal fumando a la puerta del café— sirve para reposar y tratar de asimilar lo vivido en ese universo mínimo pero complejo. El mundo circunstancial de los bares y cafés, la poesía jocosa y cantada de Krahe, acompañada del tintineo de las copas y bandejas, del murmullo de los asistentes y un par o tres de instrumentos amigos a su vera. Los sitios donde no se ve, pero todavía se siente, el humo del tabaco pretérito; pequeños, acogedores, incómodos lugares en los que reverberan saxos, voces rotas y pianos borrachos. 

El comienzo de los conciertos de Javier Krahe suele ser parecido, sea cual sea la ciudad o el local. Pasa con dificultad entre las sillas y las mesas —inverosímil o ingeniosamente— distribuidas para dar cabida al mayor número de seguidores del malasañero. Los desconocidos obligados a tal cercanía se vinculan entonces de una manera familiar o casi patriótica, de clan bien avenido o país inventado, bajo el aura especial del hombre de la barba blanca y el Ballantine’s.

Un concierto de Krahe constituye, la noche que ocurre, el mayor acontecimiento cultural que pueda tener lugar en una ciudad. Una larga cola se forma, inevitablemente, en el local que tenga la suerte de albergar el recital del cantautor madrileño. Quien experimenta por vez primera una escucha en directo de Krahe suele convertirse en seguidor leal, y marca en su calendario la fecha del concierto más próximo. Se suele decir que pocos artistas conocen el significado del éxito como Javier Krahe, capaz de llenar una sala y colgar el cartel de “no hay entradas” dos o tres veces al año, y llevar haciéndolo desde hace treinta, acompañado siempre por los mismos músicos, con quienes mantiene una relación de amistad que considera “impagable”.

Krahe tuvo el arrojo de tomarse en serio su sueño cuando contaba más de treinta años y no acertaba a tocar un solo acorde en la guitarra. Habiéndose declarado a sí mismo vago vocacional, sin ninguna actitud para el trabajo monótono y diario, persigue lo que veía en Paco Ibáñez o Sánchez Ferlosio: subir a un pequeño escenario, tocar la guitarra y cantar canciones sobre sus pesares y alegrías. Pasa tres años en Canadá, olvidándose del frígido y cristiano dictador y, con la ayuda de su hermano Jorge, comienza a componer sus primeras canciones.  Llevando la ironía de enseña, sus temas suenan en voces como la de Rosa León, hasta que se atreve a subir él mismo al escenario, hecho un manojo de nervios y haciendo temblar la copa. 

Mucho se ha mencionado a Krahe durante décadas por parte de un ejército incondicional de admiradores, pero para otros no pasó de ser un extraño apellido que salpicaba ciertas conversaciones nocturnas. ¿Quién es Krahe? Bien, los que tengan cerca alguna estantería con discos de Sabina podrán encontrar, muy probablemente, un LP titulado La Mandrágora,  nombre de un pequeño e incómodo local madrileño en los 80. Allí, en un sótano de la Cava Baja, en pleno centro de Madrid, pero alejado de la movida, de su moda hortera, sus extensiones y sus gritos, dieron Krahe y Sabina sus primeros conciertos de cierta notoriedad. Uno cantándole a La Hoguera, la mejor y más adorable forma de pena capital, o recitando los desplantes amorosos de Marieta. Otro cantando a un Madrid desapercibido pero existente. Sabina tiene la carrera discográfica que todo el mundo conoce, con millones de seguidores y voluptuosas giras mundiales. Javier Krahe escogió otro camino, más pedregoso, mas oculto y bacheado, pero a la vez más interesante, sorprendente y, sencillamente, divertido y auténticamente canalla. La carrera del Cuervo Ingenuo, que puso de masivo manifiesto el carácter censor de un partido que no se sabía ya si —como dice la canción— ¿es socialista, es obrero, o es español solamente? 

Por cosas como éstas, si alguna vez oyen ese apellido germánico o lo ven escrito a la puerta de algún ínfimo local, deténganse y sigan su estela. Les esperan cerca de dos horas que a buen seguro jamás olvidarán. Si es invierno cuando esto ocurra, no les importará el viento frío pegándoles en la cara, irán protegidos de una sonrisa fraguada en lo profundo de una fina ironía, de una frase romántica y canalla. Si ven a un hombre delgado, de pelo y poblada barba blanca, fumar tranquilamente, intentando pasar desapercibido sin lograrlo en los alrededores de un local a reventar de gente entre copas y risas, sepan que es sólo y ni más ni menos que un patriota malasañero capaz de cocinar un Cristo o hacerles recordar una noche para siempre.

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