Los ruidos y las voces

Asistimos hoy al último episodio de una guerra protagonizada por dos ejércitos de fuerzas muy desiguales: el Ejército del Ruido y el Ejército de las Voces. Si antaño el conflicto estuvo igualado,  con el tiempo se fue decantado a favor del primero, sobre todo a partir de ese instante en que la cultura analógica sucumbió ante la digital.

Los batallones del Ruido son tan reconocibles como implacables. En la retaguardia se encuentran los sabios iniciados en El rincón del vago y formados luego en el magisterio de la Wikipedia, los que entienden que la meta de su existencia pasa por ser durante unos minutos trending topic mundial, los que interponen su feo careto sin afeitar entre el objetivo de la cámara y la Giralda sevillana y lanzan luego la postal a la red; en la retaguardia se sitúan los que escuchan en la mascletá levantina una sinfonía de los dioses, los que entienden que el exabrupto y el aspaviento son reflejo de pasión indómita, y rascarse la entrepierna en público un audaz gesto de su rebelde impostura; en la vanguardia se fajan los que imaginándose dueños de ese aleph borgiano donde cabe el universo, viven emparedados en las ocho pulgadas de su aparato electrónico, y los que al recibir un premio deportivo son capaces de expresar mediante un berrido lo que el poeta necesitó años para reflejar en un verso. Todos tipos duros que hielan la sangre del enemigo en cuanto se dibuja su silueta en el horizonte.

Hopper_People in the sunPeople in the sun (Tomando el sol), 1960, Edward Hopper / Smithsonian American Art Museum

El Ejército de las Voces, en cambio, desde que viviera su edad de oro, allá por los tiempos de Gutemberg, no ha dejado de perder adeptos y en la actualidad apenas si cuenta en sus filas con un puñado de kamikazes esperando el golpe de gracia o el momento adecuado para la deserción. En su retaguarda se sitúan quienes no entienden para qué sirve un selfie y los que sacrificarían un iPhone 6 por salvar un amigo; en los flancos están los que comen una paella sin fotografiarla ni ponerle un pie de foto del tipo me voy a poner morao, jajaja y los que escuchan en la mascletá una insoportable explosión de decibelios; en la vanguardia se encuentran los que pueden disfrutar un paisaje sin necesidad de verlo pixelado a través de una pantalla y los que entienden que un berrido de emoción iguala al rumiante con el ser humano.

Evidentemente esta horda de inadaptados que está a punto de perder la guerra en el campo de batalla, ya la perdió hace tiempo ante la opinión pública. El veredicto, quizá con razón, es inapelable. Apenas son un puñado de dinosaurios nostálgicos, una panda de apocalípticos, de pedantes aristocráticos, una suerte de engendros con cabeza de yoguis y tronco de abrazaárboles. Un pelotón de amargados, de mansos decadentes incapaces de entender que el tiempo es frenesí, vértigo, movimiento, transformación, acción, lujuria de sucesos que se experimentan sin pensar, porque la reflexión es la polilla que con su quietud mata la vida. Y la polilla debe ser exterminada, o enviada en una cápsula temporal a la Edad Media, a que encuentren la felicidad entre códices y tinieblas, y dejen de tocarnos las narices.

Porque el mundo de hoy, como bien diagnostica Vargas Llosa, está dominado por la civilización del espectáculo y el Ejército del Ruido. Hace tiempo que la voz de los escritores, los filósofos y los científicos hiberna en los límites de un cordón sanitario invisible. En su lugar, ahora nuestros referentes culturales son los cocineros, los defensas centrales de los equipos punteros y los diseñadores de moda. Si antes era Russell quien hablaba de conceptos, ahora es el cocinero quien forma a millones de espectadores subido en el púlpito de una marmita, hablando del concepto, la idea y la estructura de unas patatas fritas. La Guía Michelín ha sustituido a la Enciclopedia de los Ilustrados y las camisas y los corpiños de las pasarelas internacionales devienen metáforas cuyos dobladillos contienen más información que La Ilíada y La Odisea juntas.

El Ejército del Ruido ha impuesto el canon del gusto actual y ha sometido a revisión el del pasado. Los aspavientos aflamencados de las heroínas lorquianas se imponen a la sencilla verdad de los personajes de Chejov; el ruido escatológico de los curas salidos de Cela barre a los honestos campesinos de Delibes. La ruidosa furia del malote Pollock ha hundido al trasnochado  y silencioso Hopper, ese carcamal que se atreve a pintar una barra de bar con forma de barra de bar, en lugar de corretear sobre un lienzo chorreante de pintura negra. Por supuesto, la bisutería sentimental de Almodóvar, esa vacuidad llena de ruido, se ha impuesto al universo desnudo y limpio de Víctor Erice. Y hoy nos deja fríos esa maravillosa escena de El Sur en que un padre descubre el tamaño de su soledad cuando intenta comunicarse con su hija horas antes de morir, y en cambio hemos elevado la bajada de escaleras de Toni Cantó en tacones en un icono cultural de nuestro tiempo. Así las cosas, estaba cantado quién se impondría en los Oscar de este curso. Boyhood es sólo una película decadente en la que no pasa nada, solo la vida en estado puro, un experimento aburrido, como los de Chejov y Hopper, solo una historia intensa, delicada, en la que las voces nos llegan sin afectación. Nada que ver con Birmand, ese peliculón ruidoso, ese plano secuencia eterno (oh) en que todo es movimiento y personajes que gritan y se pegan y se disparan en la cabeza y se empalman en medio de un escenario y pretenden desahogarse ante mil personas y  Michael Keaton paseando en calzoncillos por Broadway e hijas yonquis que  pretenden pontificar (es la cuota de profundidad establecida por contrato en el guión) acerca de la derrota del ser humano, del fracaso, en duelos dramáticos tan brillantes como llenos de impostura y ruido.

Cuando la guerra haya terminado el Ejército del Ruido exterminará al de las Voces, o acaso recluyan a los cautivos en un archivo en la papelera de reciclaje y los dejen allí encerrados a su aire, charlando sin prisas, leyendo a Homero, escuchando a Miles Davis, admirando cuadros de Hopper y viendo las películas de Erice. Un verdadero infierno. Esperemos que se firme pronto la rendición.

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