El mito orwelliano y las fábricas de la Academia

Decía T.S. Eliot: “Los poetas inmaduros imitan, los poetas maduros roban, los poetas malos desfiguran lo que toman y los buenos poetas lo convierten en algo mejor o al menos diferente”. El bisturí de la crítica literaria ha rasgado siempre de forma implacable las pieles de las obras para poder conocer a qué categoría de las señaladas por Eliot pertenece cada nuevo autor. 

Cierto es que todos los textos literarios nacen de otros textos literarios, que la originalidad no es sino un término normalizado por el idealismo romántico que aun a día de hoy mantiene su eco y produce estragos entre los aspirantes adolescentes a literatos; la cuestión está en saber si nos encontramos ante un “plagio”, es decir, un empeoramiento de una obra anterior o ante una mejora, si nos hayamos ante un buen o un mal poeta. 

George Orwell, BBCGeorge Orwell, retransmitiendo para la BBC, 1941.

El avispado lector podrá advertir la relación entre lo dicho y la famosa obra 1984, de George Orwell, escritor también anglosajón —como Eliot—, nacido en 1903, fallecido en 1950, número dos del listado de los 50 escritores británicos de mayor relevancia desde 1945 elaborado por el TIMES y de escaso curriculum literario pero de apabullante efectividad: George Orwell es lo que en la jerga futbolística llamamos un killer del área, pues de las pocas novelas (frente a la enorme cantidad de ensayos y artículos periodísticos) que escribió, dos de ellas fueron directamente a las redes de los manuales de historia de la literatura. 1984 y Rebelión en la granja son dos obras conocidas no solo por los amantes de la literatura, sino por la gran mayoría de la población. Rebelion en la granja es de lectura obligatoria en sexto curso en los EEUU y lectura recomendada en prácticamente todos los colegios españoles, imposible pues que no sea conocida. 

1984 es, ademas de mundialmente conocida, la culpable del termino “orwelliano”, adjetivo comúnmente utilizado en referencia al distópico mundo totalitario que describe. La novela, imitación del libro Nosotros de Evgeni Zamiatin, narrador ruso de principios del siglo XX, del que Orwell cogió prestado la trama argumental, los personajes principales, los símbolos y toda la atmósfera narrativa; tuvo un enorme éxito comparada con el resto de sus títulos, a excepción de la mencionada Rebelión en la granja. No obstante, a pesar de su enorme éxito, la sutileza necesaria para tratar de satirizar o criticar la sociedad de una época a través de una sociedad futura, se disipa en 1984 entre un amontonamiento de horrores que, aunque muy efectistas, carecen de profundidad. Su capacidad para penetrar y angustiar al lector en algunos momentos de la obra se entrelaza con otras partes donde asistimos a una versión novelesca de una película de ciencia-ficción de bajo presupuesto con un Gran Hermano más caricatura que líder dictatorial. Orwell mejora en partes pero no en conjunto a la obra de Zamiatin, por lo que 1984 es, en resumen, una novela pasable considerada obra maestra por motivos políticos. 

La novela de Orwell sale a la luz cuando el telón de acero caía desde Stettin hasta Trieste, cuando las necesidades geopolíticas exigían de un establishment intelectual encargado de predicar las bondades del “mundo libre”. En este sentido la difusión del paradigma orwelliano-totalitario sirvió para fosilizar en la conciencia de las sociedades occidentales una nueva corriente de conservadurismo. Según este paradigma el totalitarismo posee unos rasgos particulares, que lo convierten en la antítesis de la democracia o la libertad. Este esquema, amadrinado principalmente por Hanna Arendt, no caracteriza los Estados por la clase social o el partido que se sitúa en el poder, sino por la forma en la que se ejerce el mismo y la dominación; esto permitía falazmente igualar a la Unión Soviética con los regímenes fascistas y, sobre todo, dejar como única opción posible, justa y libre, la democracia occidental: salieron los créditos, se encendieron las luces, el público salió de la sala y llegó el fin de la historia. 

La guerra fría encumbró a un escritor que se dejó querer, la Academia o el Ministerio del Amor puso a funcionar sus máquinas industriales e hizo a Eric Arthur Blair —nombre real de Orwell— más conocido que muchos de sus compatriotas escritores de la época: Conrad, Joyce, Lawrence, Auden, Waugh… pese a ser mejores escritores que el viejo policía Orwell. El gran hermano de Chaplin en Tiempos modernos, aquel gran hermano propietario que animaba a incrementar la producción, debía dejar su sitio al Gran Hermano de Orwell, enemigo de la libertad individual, enemigo de la democracia occidental. 

El fenómeno del mito “orwelliano” ha generado un mercado editorial con evidente espíritu conservador pero con un amplio público susceptible de situarse en la izquierda, ha creado un vasto ejército de hipócritas herederos que rezan en favor del intelectual “comprometido con la justicia y la verdad, que no teme enfrentarse al descrédito y a la impopularidad”, en palabras del ínclito Mario Vargas Llosa. 1984 es a día de hoy artículo necesario en toda semana-de-odio contra los enemigos de la democracia, en abstracto. 

Por todo ello, yo acuso a George Orwell no solo (que también y mucho) por haber dado la idea que ha degenerado en la panza al aire de Belén Esteban en los televisores de las familias españolas, sino por haber sido encumbrado artificiosamente como un grandísimo escritor por motivos políticos y sobre todo por haber creado esa coletilla periodística tan recurrente y frustrante: esto, aquello y lo otro también es “orwelliano”.

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