El apartamento, Don Draper y el gusto por los viejos remedios

El deseo es el problema. Somos lo que somos, a menudo lo aceptamos y nos conformamos gustosos o nos compadecemos con sorna, pero de vez en cuando nos permitimos fantasear con ser alguien diferente. Según el día, nos reímos más de nuestra insignificancia o fantaseamos. Las dos cosas valen para paliar el deseo, ese picor sentimental que arraiga en nuestras contradicciones. 

De pequeños fueron los cuentos la primera pastilla paliativa contra los efectos frustrantes de la realidad. En el último siglo, el cine ha sido la píldora más efectiva para los adultos. La hay de dos tipos, una que contiene el principio evasivo de lo que nos gustaría ser, y otra con el principio compasivo de lo que somos. Según el día se puede tomar una u otra, o ambas. Las películas y las —hoy en auge— series televisivas son las ficciones balsámicas que nos dan la palmadita misericorde en la espalda o el zarandeo temporal a la fantasía. 

elapartamentoLa oficina de El apartamento, escenario de Alexander Trauner

Hace poco tuve uno de esos días confusos en los que te metes cualquier cosa para sentirte mejor —o para no sentirte—, sin importar las contraindicaciones. Me puse al día con los últimos capítulos de Mad Men, a fin de quedarme listo para disfrutar del esperado final de una de las series más agrias y malsanamente seductoras que haya habido. Disfruté como siempre de ese malnacido arrogante, tonto del culo con pico de oro, desleal, miserable, cobarde, atractivo, estúpidamente misterioso y follador rompecorazones de Don Draper. Un personaje odioso la mayor parte del tiempo, pero en el que nos gusta imaginarnos —qué cobardemente me camuflo ahora en la primera persona del plural, eh…—. Bueno, qué maravilloso chute es imaginarse por una hora en la piel de ese tío guapo que sale y entra del trabajo cuando quiere, que lleva el nombre de otro y que tiene una esposa preciosa a la que le pone los cuernos sin cesar. Pues bien, eso anduve haciendo una tarde, hace no mucho; sin embargo, algo andaba mal, seguía sin ser suficiente para curarme el aburrimiento existencial. El principio evasivo no me había hecho gran efecto, por lo que no quedó otra opción que meterme una buena dosis de principio compasivo en film. Y puse El apartamento.

el-apartamento-wilderShirley MacLaine y Jack Lemmon en El apartamentoUnited Artists/The Mirisch Corporation

Qué gusto. Hay pocas cosas como los viejos remedios. Ahí estaba el bueno de CC Baxter —interpretado por Jack Lemmon—, cogiendo el ascensor al piso 19 en uno de los edificios del mismo Nueva York que observa el canalla Don Draper desde las alturas de su bajeza moral. El apartamento no necesita más de cuatro planos, apenas dos minutos, para ofrecernos unas cuantas muestras de genio cinematográfico: un blanco y negro de exquisito contraste y profundidad, una voz en off de apertura que sentaría escuela —que se lo digan a Woody Allen—, una puesta en escena en la que hasta los pájaros del cielo se coordinan con los figurantes, y uno de los escenarios más expresivos y poderosos de la historia del cine, esa enorme y kafkiana oficina con una perspectiva imposible, que el director artístico Alexander Trauner ideó, reduciendo progresivamente el tamaño de los muebles y utilizando figurantes más bajos hacia el punto de fuga del cuadro. Una maravilla imaginativa de ilusionismo fílmico en los tiempos antes del croma y el retoque digital.

En El apartamento el héroe es el hombre gris, el pusilánime, el desapercibido, ese hombre polilla —que diría el amigo Francisco Corrales— que orbita alrededor de luminosos e iluminados. Un guión madurado por Billy Wilder durante catorce años, el tiempo que hubo de esperar a que el Código Hays —que impedía mostrar en la pantalla una infidelidad sin condenarla— perdiera su vigencia. Quizás fruto de esa obligada espera le salió un libreto perfecto, cargado de rimas, en el que la historia avanza con una sutileza rutilante, y que se mantiene en equilibrio en la cuerda más fina y más alta por la que jamás pasó una película entre el drama y la comedia.

jack-lemmon-en-el-apartamentoLa llave de la dignidad

El apartamento es la píldora perfecta, porque incluso sabe bien, como si fuera un caramelo y no una medicina. Es una de las piezas más depuradas en su lenguaje cinematográfico. La cámara de Wilder se hace invisible y filma siempre desde el lugar correcto. Como los grandes mediocampistas, apenas necesita moverse de su sitio para poner el juego donde quiere. La cámara, muchas veces fija en el trípode, panea suavamente de un lado a otro, regenerando el cuadro con el movimiento de los intérpretes, apagando y encendiendo luces. Lo más sencillo, lo más difícil.

Allí está el pobre CC Baxter, trepa ridículo, enamorado de la ascensorista Fran Kubelik. CC “Buddy” Buxter, oprimido por los Don Draper del mundo que le roban a la chica de sus sueños, deseando ser como ellos, mear donde ellos mean, en las alturas del piso 27, con vistas inmejorables a una oficina de súbditos. El deseo es el problema. 

Viendo El apartamento —cosa que habría que hacer al menos una vez al año— se aprende siempre algo —aunque sea lo mismo—, lo que olvidamos, la necesidad de exigirnos dignidad. El amor no correspondido, experiencia siempre estimulante, le hace a CC Buxter sublevarse consigo mismo. Ojalá no necesitáramos sentirnos humillados en lo más infantil de nuestra vanidad para mandar a la mierda a tanto fantoche bienpeinado y meacolonia.

Yo no soy un Don Draper —ni ganas, de verdad—, pero tampoco CC Baxter. Aunque estoy, como la mayoría, más cerca del segundo, el tipo de la mesa 861 del piso 19. Qué extraño contraste zambullirse en uno y otro sucesivamente. O tal vez no tanto, a fin de cuentas, recordemos que Don Draper no fue siempre Don Draper, que antes fue Dick Whitman, otro “Buddy” besazapatos deseando subir rápido a las alturas del edificio. En cualquier caso, qué extraño y qué gusto Mad Men. Y qué maravilla ver, vivir y no vivir en El apartamento.

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