Tras la pista de Tom Waits

Si existe un artista con la vitola del malditismo más cool, ese es Tom Waits. Viejo joven borracho, prócer de todos los hipsters, látigo de agencias publicitarias, showman evasivo, padre de familia con pintas, abstemio libertario. Músico de varias y marcadas etapas en su carrera, con cambios de estilo y sello discográfico, un visible arco de madurez musical y personal, que le confisca cada vez más agudos a su voz, hasta convertirla en un exabrupto lírico cicatrizada sobre un piano que va y viene, se ha caracterizado en su ya cercano medio siglo de carrera como un radical libre al margen de orden y vanguardias. Y además, actor, hombre de teatro, poeta y unas cuantas cosas más que caben en un etcétera. Entre ellas, marca de proclamas íntimas a voces, guía de declaraciones de amor, de guerra, de guasa, de odio, de amistad, de independencia y de socorro.

Circa 1980, Hollywood, Los Angeles– Tom Waits Relaxing by Piano –Image by © Henry Diltz:CORBISTom Waits, Hollywood, 1980 / Foto: Henry Diltz/CORBIS

Conocí tardiamente a Tom Waits. Tarde para mí y tarde para él. Corría el año 1999 cuando escuché conscientemente por primera esa voz aguardentosa hasta el paroxismo. Yo me acercaba peligrosamente a los duros y tiernos 20 años de edad, y Tom Waits soplaba sus 50 velitas. El de California lo había celebrado editando su decimotercer ábum, Mule Variations, pegándole un nuevo giro a su carrera, cambiándose de sello, al muy independiente ANTI-, filial de Epitaph que se estrenaba con su trabajo. Iba a marcar su tercer período discográfico, la tercera de las discográficas en las que buscar su sitio y en la que lo ha encontrado hasta el presente, ya para quince años después.

Descubrí el Mule Variations en el estante de mi hermano en aquellos últimos días del segundo milenio, y hubo en una primera escucha algo que me repulsó y algo que me atrajo en esa voz, demasiado… ¿brutal? No sabía definirla. Me hacía sentir extraño y me pasaba lo mismo que con, por ejemplo, las pelis de David Cronnenberg —y tantas otras cosas—, que no sabía si me encontraba ante una obra maestra del arte o ante una puta mierda. Al cabo de los días, sin embargo, un hecho poderoso me hacía comprender que, aunque no acertase a identificarlo, algo había en esas canciones que me atrapaba: no podía dejar de escuchar el disco entero y esperar a que emergieran unos cuantos temas reconfortantes como una fuente de agua fresca tras una larga caminata: Hold on, House where nobody lives, Chocolate Jesus o la parada final en Come on up to the house.

De entonces en adelante parecía que aquel crooner cabaretero que se me había mantenido oculto veinte años, de repente, estuviera presente en todas partes. Recuerdo que a las pocas semanas de haberlo descubierto, estando aún bajo el influjo de su primera escucha, silbando el Hold on por los descampados a las afueras de mi pequeña ciudad, volví a encontrarme con él una madrugada. Otro tesoro extraño, pero este sí cautivante desde el minuto uno, se me reveló desde la pantalla de televisión, Léolo, el film favorito de todo el mundo. Porque sueño yo no lo estoy, porque sueño, sueño, porque me entrego por las noches a mis sueños. Y allí, maravillado yo, me encuentro de nuevo con la voz terminal de Tom Waits, cantando Cold cold ground. Y definitivamente decido indagar y ponerme a la búsqueda de más sonidos suyos, tienda de discos mediante, porque era el siglo XX, la era antes de la banda ancha y las descargas y, entonces, groupies y melómanos tenían que salir al mundo y bajar a los tugurios para hacerse con su música favorita. De esta manera descubrí que debía buscar un disco llamado Franks Wild Years, si quería escuchar de nuevo la canción de Léolo. En su lugar, encuentro Swordfishtrombones. Lo compro sin dudar y escucho una tarde entera varias veces. Después me dirijo a mi hermano, furioso, y le pido explicaciones a por qué demonios no compartió conmigo antes el hallazgo de esa voz, y le exijo que me dé toda la información y grabaciones de aquel hombre que tenga en su poder. No obtuve de parte de mi hermano más que un lacónico: sólo tengo ese disco; y un cógelo y vete a la mierda. Mi cara un poema de ruido y furia, es decir, la de un idiota. Puto bastardo, le espeto. Reconozco que no fueron formas, pero estaba desbordado y sentía mucho tiempo perdido. 

Tom WaitsTom Waits, Dallas, 1976 / Foto: Philip Gould/CORBIS

Swordfishtrombones, el segundo disco de Tom Waits en mi vida había marcado el primer gran giro en su carrera. Primer cambio de discográfica, abandona Asylum por Island, filial de Universal en visos de convertirse en un gigante, y cambia de estilo, el folk y los acompañamientos pianísticos ceden paso a un eclecticismo de músicas populares del mundo, pero conservando ese tono arrabalero y subterráneo del que hace bandera desde el mismo título de su pista número uno, Underground. Y en mi mundo de reciente veinteañero se desató aquella lluvia de apariciones y descubrimientos de waitsianos por todas partes, descargada tras el trueno de su voz. Sonaba en los garitos, aparecía en la televisión, cantaba y actuaba en muchas de las noches de mi otro gustoso despertar juvenil, el cine. Allí estaba esa voz de salvaje tierno, de borracho distante, en películas de Coppola y de Jim Jarmusch. Y por supuesto, en el desprecio por los modernos de todas las épocas, bebiendo con pose, tomando matarratas DYC o garrafón como si paladearan bourbon de Kentucky, aunque Waits hiciese años que no probase una gota de alcohol, claro que eso, entonces, ni sus imitadores diletantes ni yo mismo lo sabíamos.

Pero lo mejor de todo durante los primeros años del nuevo milenio fue descubrir la primera etapa de Tom Waits, los siete gloriosos discos que edita con Asylum, con la voz menos rota, los del verdadero borrachín en camino de borrachuzo, arrogante y humilde perdedor, de hombre sentado al piano, de soledades y galerías por desamores, de poesía. Unos discos compuestos para sonar en la más tradicional de las noches americanas, la ficticia y diaria de cada joven enamorado y solitario, y desamado y acompañado, y vuelto a enamorarse y a abandonarse y ser abandonado, una tras otra vez. La vida pirata, del pirata triste, que diría Sabina —que le debe tanto a Waits como Guti a Beckham—.

En los discos con Asylum de Tom Waits está lo mejor de su obra, a mi gusto. Y aquellos eran días de rosas, poesía y prosa. Y Martha, todo lo que tenía eras tú y todo lo que tú tenías era yo. No había mañanas, empaquetamos nuestra penas, y las reservamos para un día lluvioso… canta en Marhta, en su disco debut, Closing Time, de 1973. Y así era, en las noches de insomnio juvenil, tan dulce y ensimismado, cuando canturreábamos San Diego Serenade, aquello de I never spoke I love you, until I cursed in vainnunca dije te quiero, hasta que te maldije en vano. Y nos sentíamos —no sé por qué hablo en plural— con el hígado jodido (aunque estuviera perfectamente) y el corazón roto.

USA - Tom WaitsTom Waits, San Francisco, 1993 / Foto: Ed Kashi/CORBIS

Tom Waits siguió haciendo de su música su personaje y han ido pasando los años por él con agradecimiento. En los albores de la década de los 80 conoció a Kathleen Brennan, que formaba parte del equipo de rodaje y producción de Coppola para su film Corazonada, al que el pelirrojo le iba a componer la música, y el efecto de Kathleen sobre el un tanto autodestructivo Tom será revulsivo. Se enamoran, se casan y deja la bebida, la vida relativamente pesarosa del joven empapado en blues y se acomoda en un pueblecito de California, a tener hijos y hacer la música que, cómo y cuando quiere. Pone sus reglas y la industria no puede hacer nada contra él. Varias importantes marcas publicitarias pretenden poner sus canciones a anuncios televisivos, él se niega, pero las multinacionales, ya se sabe, pretenden reírse en su puta cara y contratan imitadores de su estilo y su voz. Les sale mal la jugada, a Levi´s, a Audi, a Opel y a Frito-Lay, porque Tom les demanda y gana, lo que les cuesta unos cuantos millones de dólares a cuenta del rockero tranquilo. Si saca disco, no hace gira. Cuando toca es en ciudades pequeñas, alejado de las grandes capitales. Y se permite sacar dos discos a la vez, Blood Money y Alice, en mayo de 2002. O un triple álbum con más de 50 cortes, Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards, en 2006, una obra maestra de rarezas y piezas perdidas a lo largo de cuarenta años de carrera. Es Tom Waits, no hace falta excusa para hablar de él. Seguiremos escuchándole, todos los que estamos incluidos en esta primera persona del plural desde la que hablo individualmente, en noches que se nos antojen en vela o nos antojemos a nosotros mismos pobres diablos solitarios, aunque estemos tan felices y comiendo perdices como el bueno de Tom.

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