Steve Ovett, le queríamos tanto como la prensa le odiaba

Parece ser que Steve Ovett descubrió su talento el día que le rompió una botella de leche en la cabeza a otro muchacho y tuvo que huir corriendo. También descubrió que, en bastantes ocasiones, uno no puede escapar de ciertas cosas. Al llegar a casa, su madre ya conocía la fechoría y la reprimenda fue inevitable. A nadie sorprendería que el jovencito Steve apagase la luz y cerrase los ojos aquella noche con una sonrisa burlona en la cara. La misma sonrisa íntima que lució invariablemente al término de cada carrera, ganara o perdiese, durante los últimos años 70 y los primeros 80.

Recordado por su carácter impetuoso, afable con el público, bromista con los compañeros y arisco con la prensa; por récords mundiales en todas las distancias del medio fondo —del 800 a las 2 millas—, por los que dejó escapar y por ocho medallas —cuatro de oro— en campeonatos mundiales, de Europa, Olimpiadas y de la Commonwealth; por sus dedicatorias amorosas encriptadas; sus encontronazos con la federación inglesa de atletismo; su presunta arrogancia; y sobre todo —quienes tengan edad para haber visto aquellos años lo sabrán— por su rivalidad con Sebastian Coe, posiblemente la persona más diferente a él que existía en toda Inglaterra y, casualmente, la otra estrella mundial del medio fondo.

Steve Ovett (1)Steve Ovett / Foto: Getty Images

La rivalidad de Ovett y Coe marcó una época en el atletismo, como lo hizo la de Alí y Frazier en el boxeo, la de Magic Johnson y Larry Bird en la NBA, o actualmente la de Messi y Cristiano. Sin embargo, de entre todas las grandes rivalidades deportivas de la historia, tal vez la de Ovett y Coe fue la menor en términos deportivos, por las pocas veces que se enfrentaron de forma directa y lo poco que determinó los resultados de uno y otro, especialmente en el caso de Ovett, a quien la presencia o los éxitos de su remilgado compatriota no parecían quitarle el sueño. Sebastian Coe sí reconoció que la presión del indiferente Ovett le afectaba, y que su victoria en la final de los 1500 de Moscú 80 marcaría su carrera, pero no tanto por haber batido a su compatriota, sino por el hecho de triunfar al fin en una gran competición ante un rival teóricamente más fuerte. Así pues, más que una rivalidad, lo que existía entre ambos era un confrontación fundamental, el antagonismo radical de dos talentos opuestos por una misma causa. Uno espontáneo y pasional, el otro cortés y calculador. Uno de clase obrera y corriendo con una hoz y un martillo en la camiseta, el otro de la pequeñaburguesía acomodada y conservador hasta la médula. El chico malo Ovett, y el chico bueno Coe.

Nada más comenzar su carrera profesional, a Steve Ovett, con diecinueve años, la prensa ya le había acusado de antipatriota por su pretensión de ausentarse de la Copa de Europa. Finalmente corrió los Europeos, y ganó, pero jamás mantendría ya una buena relación con los medios. Steve, hijo de una familia trabajadora de Brighton, encarnaba el ideal del chico de barrio inconformista, una trasunto menos problemático pero real del personaje Colin Smith, protagonista airado de La soledad del corredor de fondo, la novela convertida en obra maestra del Free Cinema inglés. Los medios ingleses pronto le convirtieron en su demonio particular, el chico de la clase obrera que no se sabía comportar (con ellos).

Steve OvettSteve Ovett en Crystal Palace, 1980

La forma de correr de Steve, con un final demoledor, una zancada larga, sacando los codos y pasando por donde quería, fue habitualmente comparada con la de Coe, a quien se ha considerado el culmen de la elegancia atlética. Steve era un corredor agresivo en la pista, sobre todo cuando corría metido en el grupo, pero su técnica y estilo de carrera no tenían nada que envidiarle a Coe. Sebastian Coe recurría a una biomecánica muy trabajada y, por esto, un tanto robótica, sobre todo de torso y brazos. Ovett, sin embargo, desplegaba una zancada larga y fluida, con el pecho un poco hacia delante y los hombros algo caídos, que expresaban una gracilidad poderosa. La cacareada elegancia y limpieza de Coe frente al rudo Ovett siempre me pareció una propaganda más en favor del joven de buena familia tory, contra el salvaje y maleducado chico de la clase obrera.

La prensa podía odiar a Steve Ovett, pero más de medio país le amaba, y todos tenían que rendirse ante sus actuaciones en la pista. Verlo era un espectáculo. En 1977 batió el record británico de la milla y el de 1500, y se llevó el oro en el 1500 de los Mundiales. En 1978 ganó el oro del 1500 y la plata en el 800 de los Europeos, batió el récord mundial de las 2 millas —pasando por encima ni más ni menos que de Henry Rono, la bestia que iba a triturar ese mismo año en menos de tres meses los récords de 10000, 5000, 3000 y 3000 obstáculos—. En el 80 —ay, ese año— hizo caer el récord mundial de la milla y se fue a Moscú con Coe para regalar dos de las mejores carreras de la historia, oro y bronce en el 800 y el 1500 repartidos a partes iguales entre las dos figuras. Ese mismo año, en Oslo, iguala el récord mundial en 1500 de Seb; hubiera podido batirlo, pero en la recta final se dio a la costumbre de saludar al público y dejarse llevar hasta la línea de meta. Lo hizo unos días después, rebajándolo un segundo en la mítica pista de Coblenza, donde un año más tarde registró también un nuevo récord de la milla, ante un estadio abarratodo y enfervorecido.

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Y todo aquello permitiéndose un permanente corte de mangas a los adversarios de más allá del tartán. Porque allí iba el chico malo, sonriente hasta cuando salía derrotado, y vistiendo para oprobio de la Inglaterra conservadora, una camiseta roja con la hoz y el martillo, la equipación oficial de la Unión Soviética. Su amigo Evgeni Arzhanov, plata en 800 en las Olimpiadas de Múnich 72, se la había regalado al término de una carrera. Desde entonces, en toda competición que no exigía la equipación oficial británica, Ovett saltaba a pista con la camiseta roja soviética. ¿Antipatriota? A él qué más le daba. La confusión era habitual, ¿qué hacía aquel inglés batiendo récords del mundo con la camiseta de la URSS? Pues hacía lo que quería, ni más ni menos. Sonreía al final de la carrera y si ganaba le dedicaba gestos de amor a su pareja por las cámaras de televisión.

Gran parte de la prensa, por todo ello, siguió con su campaña de los polos opuestos, del bueno Coe y del malvado Ovett. El periodista Pat Butcher, autor del libro The perfect distance: Ovett and Coe, sin embargo, llega a conclusiones que cuestionan esta maniquea dicotomía de la prensa británica. “Aunque cortés, Coe resultaba lejano. No era fácil trabar amistad con él. Un directivo de televisión dijo: “Tan pronto como Coe vio que era un excelente atleta, lo utilizó como una vía para ganar dinero y alcanzar la fama. Ovett corría porque amaba el atletismo”.”

Después de todo, habrá quien se pregunte ¿por qué elegir? ¿Por qué no disfrutar sin más de un tiempo en el que las carreras de atletismo conmovían a todo el mundo? Pues porque era inevitable y necesario para saborearlas como merecían. Yo, como puede adivinarse, era y sigo siendo de Ovett. Prefiero a los tipos normales que a los bienpeinados, y siempre odié a la mayor parte de la prensa deportiva. En ciertas cosas, no se puede ser neutral.

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