La misteriosa e inconclusa historia de Richey James Edwards

Con todos los respetos, pero Richey James Edwards era un colgao y los Manic Street Preachers un grupo mediocre. Dicho esto y pese a ello, he de reconocer que durante un tiempo me gustaron bastante. Hoy ya no los escucho, sus canciones me son insoportablemente tediosas y sus discos, incluso los recientes, me resultan caducos. Pero aquí estamos, hablando de ellos, o más bien, de él. Porque los Manic Street Preachers, el grupo con menos personalidad del brit pop noventero, dejó atrás esa adolescencia intrascendente que les caracterizaba. Y lo hizo, literalmente, de un día para otro. Después de tres discos dando tumbos sin un estilo claro y algunos pequeños conciertos, el 1 de febrero de 1995 los Manics se convirtieron, repentinamente, en un grupo adulto y con una identidad propia. El día que Richey James Edwards, penoso guitarrista pero aceptable letrista y guía espiritual de la banda, desapareció.

Manic Street PreachersRichey James, Bangkok, 1994 / Foto: Kevin Cummins

Los Manics se habían formado a finales de los 80, sacando algunos singles post-punk con adornos glam, y básicamente dando que hablar por su pose de jóvenes airados con ínfulas de grandeza. Manejaban con destreza a la prensa, provocaban escenas y hacían declaraciones altisonantes. Manifestaban la pretensión de grabar un disco de ventas millonarias, llenar unas cuantas noches seguidas Wembley y separarse. Richey James se rajó el brazo delante de un periodista de NME, escribiéndose a cuchillazos 4 real (de verdad), cuando el flemático periodista les acusó de tener más pose que música. Le cosieron diecisiete puntos en el hospital. Sin embargo, eso no demostraba su integridad artística, sino que el chico delgadito de la banda galesa estaba como una regadera.

En 1992 publicaron su primer álbum y continuaron a LP por curso los dos siguientes años, impregnados de la influencia de Joy Division y de la reciente eclosión grunge. En cada uno de los trabajos, Richey James adquirió más y más protagonismo, llegando a escribir la mayor parte de las letras y siendo determinante en la construcción de la identidad del grupo. Hasta ese 1 de febrero de 1995, cuando debía reunirse con James Dean Bradfield —el cantante— y volar juntos a EEUU, para iniciar una pequeña gira de conciertos; en su lugar, según cuentan crónicas y leyendas, salió al amanecer del hotel London Embassy y condujo hasta Cardiff, sin que nadie supiera para qué. La investigación policial descubrió que había sacado dinero de su cuenta bancaria los días previos, en pequeñas cantidades, que fue visto en la estación de autobuses de Newport, que su coche fue multado y abandonado entre el 14 y el 17 de febrero, y que se le vio cerca del puente Severn, lugar habitual de suicidas. Y punto, nunca más se supo de él. 

Richey James cumplió con el malditismo extremo de su gremio. Cuando despareció tenía 27 años, la consabida edad de los mártires rockeros. Provocador y cargado de problemas psicológicos y emocionales ideó un final perfecto para su historia. Autodestructivo, con tendencia a autolesionarse; padecía serios trastornos, como la anorexia, que se agravaban en compañía del alcoholismo y el consumo de drogas. Llevaba años sufriendo depresión. La música y el grupo fueron durante un tiempo la forma de canalizar y exteriorizar sus problemas. Hasta que acertó a poner final a una historia que quedaba inconclusa, impregnada de un último misterio que la dejaba abierta.

En 2008 la justicia británica lo declaró “presuntamente muerto”. Porque el caso es que jamás se encontró el cadáver de Richey ni evidencia alguna de su fallecimiento. Todo conjeturas. Todo misterio. Muy de su gusto, su verdadera obra maestra. Se convirtió en leyenda y sus avistamientos en los lugares más insospechados del planeta no han dejado de engrandecer su historia. Mientras tanto, su grupo se volvió más normal, comenzó a ocupar el puesto que quizás le merecía, a fin de cuentas no eran tan buenos, ni tan malos. Y el primer álbum después de la desaparición del guía espiritual de la banda —Everything must go (1996)— fue un incuestionable gran trabajo, su mejor disco. En el 98 conquistaron el mundo entero y consiguieron su primer single número uno con If you tolerate this, your children will be next —fue entonces cuando se dieron a conocer a un servidor—, debido al giro pop más épico y comercial de sus canciones. Sus temas ganaron compromiso político y mantuvieron una carrera sorprendentemente equilibrada durante la siguiente década, hasta la actualidad. En 2009, después de que Richey fuese dado por muerto a efectos legales, editaron un álbum, Journal For Plague Lovers, en el que todas las letras eran originales de su viejo y desparecido amigo. Un bonito gesto. Pero el disco adolecía de las mismas constantes de toda su carrera, cierta indefinición de estilo propio y temas soportables, pero irrelevantes.

¿Aparecerá algún día Richey James Edwards, ya sea vivo o muerto? Esperemos que no, ¡que sería de los pobres Manic Street Preachers entonces! Gracias a él se hicieron un grupo adulto, merecedor de ser escuchado, aunque aburrido. Y si aparece, que sea vivo y por propia voluntad, faltaría más… el espectáculo volvería a comenzar.

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