La escondida pintura homoerótica y social de Paul Cadmus

Hay artistas que pueden vivir un siglo, dejar una obra ajustada a tantos años de trabajo y a un talento destacado, ser mínimamente reconocidos en su época, beneficiarse incluso de algún que otro escándalo, poseer una visión única y, sin embargo, pasan inadvertidos para las grandes masas, más y más empequeñecidos en la posteridad. Anatemizados, minoritarios, marginales. Su obra cruza difícilmente las fronteras de su país y es complicado encontrar referencias suyas más allá de quince líneas sinópticas. El pintor estadounidense Paul Cadmus (1904-1999) es, desgraciadamente, uno de ellos.

Paul_Cadmus_1990_Me._1940_1990_Moore_GalleryMe 1940-1990 / Paul Cadmus

En 1988, ya con 83 años, el crítico de arte Judd Tully mantuvo una serie de entrevistas con el pintor, entre el 22 de marzo y el 5 de mayo, en su casa de Weston, en Connecticut, donde Cadmus vivía desde que dejara Nueva York. A Paul Cadmus le quedaban en aquellos días de la primavera de 1988 más de diez años de vida aún; falleció en diciembre de 1999, a pocos días de cumplir los 95. Pero era ya, evidentemente, un hombre que contemplaba la vida con la experiencia apesadumbrada de la vejez. No aparentaba la edad que tenía, su pelo blanco coronaba con desenfadada gracia un rostro apenas arrugado, que parecía el de un hombre de apenas 60. Los últimos años de su vida, cumplidos los 90, dejó crecer una poblada y lisa melena blanca, y su aspecto era todavía el de un hombre bien conservado unos veinte años más joven. Su voz y las palabras que articula en la grabación de Tully denotan, no obstante, el pensamiento y el sentir de un hombre viejo, feliz, pero que quisiera ser de nuevo joven.

La entrevista es más bien una conversación, mantenida en varios días, íntima y un tanto caótica, que recorre los hechos más significativos en la vida y obra del pintor. Las respuestas de Cadmus, que se disculpa a menudo por no recordar con exactitud algunas de las fechas más lejanas, son lúcidas y se concentran con síntesis en los temas tratados, no divaga, y su tono es humilde y confiado, el de un hombre educado, modesto y seguro de sí mismo. Las mismas características que demuestran sus cuadros.

Paul_Cadmus_1931_Jerry_portrait_of_Jared_French_1931_Jerry (1931) / Paul Cadmus

Su obra, encuadrada en un difuso movimiento pictórico, no organizado, que los críticos dieron en llamar realismo mágico, es recordada por sus —unas veces evidentes, otras veladas— alusiones homoeróticas. Activo hasta su fallecimiento, Paul Cadmus dejó alrededor de dos centenares de cuadros, que no es mucho para un artista longevo, debido al extraordinario trabajo intelectual y técnico con que abordaba cada obra. Un legado de miles de dibujos y bocetos han quedado como regalo de compensación. Hijo de una familia pobre, creció en Nueva York al cobijo de una madre cariñosa y sobreportectora, pero devota católica, y un padre militantemente agnóstico y relacionado con el mundo artístico, pero distante. A pesar de las penurias económicas de la familia, él y su hermana Fidelma —dos años menor— crecieron en un ambiente doméstico sensibilizado con el arte, y en particular con la pintura. Su padre trabajaba como litógrafo publicitario y la madre ilustraba publicaciones infantiles. A los 14 años, Paul ingresó en la Academia Nacional de Diseño, reconvirtiéndose en un aplicadísimo estudiante. Posteriormente, ya entrado en la veintena, cursará un par de años en la Art Students League, donde conocerá y entablará amistad con algunos de los pintores y amigos más determinantes en su posterior carrera.

Paul_Cadmus_1936_FidelmaFidelma (1936) / Paul Cadmus.

Cadmus rememora su infancia durante el primero de los días que Tully le entrevista, lo hace con añoranza y sorna. Confirma que se crió débil, a consecuencia de las duras condiciones, en casa escaseaba la comida y la calefacción. Sin embargo, no faltaban los lápices de dibujar, ni una preocupación por parte de sus padres de darles a él y a su hermana una completa educación cultural. Conserva, dice, dibujos firmados a la edad de cuatro años, en una fase de su carrera que denomina chistosamente como su “época de Kooning“. Su madre se ocupó de enseñarle a leer y escribir antes de ir a la escuela, también a tocar el piano e, incluso, le dio lo que considera su primer consejo sexual, a los 7 años, cuando le alarma contra los desconocidos que querrán llevarle a la cama y abusar de él. El clima en casa, a pesar de la amante madre un poco trastornada y el padre grisáceo, debió ser acogedor. Cadmus menciona que Lincoln parece conservar un dibujo suyo de cuando sólo contaba dos años de edad. “¿Lincoln Kirstein, su cuñado?”, le pregunta Judd Tully. Y entonces al afable Paul le silencia una repentina tristeza. “Tengo que parar un minuto”, dice. “Sólo me sentí aburrido. Eso es todo. Ríe y la cinta se detiene, después del corte la grabación retoma la conversación sobre los años de formación y juventud. Pero al lector de la transcripción o al oyente de la grabación el cuerpo se le estremece y le hace un extraño dentro que ya no podrá olvidar mientras preste atención a la conversación de Tully con Cadmus. Lincoln Kirstein, co-fundador del Ballet de Nueva York, eminente figura cultural y viejo amigo de Paul se casó con su hermana y resultó su primer benefactor. En aquel año 1988 aún se mantenía vivo, por lo que el silencio que obliga al corte en la entrevista parece más nostalgia por un tiempo perdido, que duelo por un ser querido. Y tal vez por eso, resulta así de conmovedor e intrigante.

Homocr_nicas_Paul_Cadmus_1932_Mallorcan_FishermenPescadores mallorquines (1932) / Paul Cadmus

Tras un par de años en una empresa de publicidad, dibujando zapatillas y temas por el estilo, viajó a Europa. Si algo ofrecía la publicidad en la naciente década de los 30 del siglo XX era dinero, y Paul ahorra lo suficiente para permitirse la obligada gira europea que todo artista que se tenga como tal ha emprendido desde al menos los tiempos del Renacimiento a esta parte. Fue un viaje de conocimiento artístico, pero también personal. Dos años en Europa, junto a su primer gran compañero, sentimental y artístico: el pintor Jared French, Jerry para él. Llegaron a París en octubre de 1931. Visitarán las principales capitales del arte de Europa: Madrid, Toledo, Barcelona, Roma, Florencia, Lyon, Viena, Munich, Berlín. Serán dos años de museos, pensiones baratas y bicicletas —Paul aprende a montar entonces—, con las que recorrerán el continente, haciendo a veces cien kilómetros diarios en su rodado peregrinar. Pero en ese tiempo destaca un lugar, Mallorca, donde permanecen más de un año, en un austero retiro que propicia el surgimiento del original e independiente pintor en que habrá de convertirse Paul Cadmus. Sus influencias formales se retrotraen a Signorelli y Mantegna, por una composición y perspectiva que irá ganando una muy identificable complejidad. Los protagonistas y temas de sus pinturas serán desde el inicio las clases bajas y la figura masculina, la sugerencia erótica del varón, los ambientes marineros, urbanos y arrabaleros, la prostitución y la homosexualidad más o menos velada, según la clase social a la que se pertenezca. Un retrato de Jared, tumbado con el torso desnudo y un ejemplar del Ulises de Joyce, visto cenitalmente en un casi primer plano, desvela una poderosa sugerencia sexual y afectiva, y un desafío integral más allá de la moral burguesa, al mostrar no solo una mirada de connotaciones homoeróticas, sino un libro prohibido, como lo era entonces en Estados Unidos la magna novela de James Joyce. El cuadro, titulado Jerry (1931) era una declaración de intenciones en toda regla.

PaulCadmusTheFleetsInThe Fleet’s Inn! (1934) / Paul Cadmus

A su vuelta de Europa, las intenciones y el mensaje que palpitaban en el retrato de Jared con el Ulises, encuentran su máxima expresión en el cuadro The Fleet’s Inn! (1934), que representa una escena de juerga entre varios miembros de la Marina estadounidense y unas prostitutas, en la que entra un respetable señor de traje caro y corbata roja —una secreta seña de reconocimiento homosexual en la época—. La obra, expuesta en la Galería Corcoran, en Washington, levanta una inesperada polémica. Altas instancia de la Marina exigen su retirada y el propio presidente Roosevelt parece tomar cartas en el asunto. Su obra y él adquirieron una relevancia que le acompañaría en adelante. The Fleet’s Inn!, sin embargo, pasó casi medio siglo recluido sobre una chimenea en el salón de un club demócrata, hasta que fue recuperado para la exposición pública, con motivo de una primera retrospectiva de su obra. El cuadro tuvo que ser restaurado, pues el humo de la chimenea lo había dañado considerablemente. 

Paul_Cadmus_1933_YMCA_Locker_roomYMCA Locker Room (1933) / Paul Cadmus

El escándalo jamás iba a desaparecer en la carrera de Cadmus, siendo menos frecuente según avanzaban los tiempos y girando la crítica de sus temáticas homosexuales a la desconsideración de su paisaje social, urbano y decadente. Pese a todo, durante los años 30 continuó con escenas marineras y lumpenproletarias, la juerga y el desfase decadente, en obras como Shore Leave (1932) o Greenwich Village Cafeteria (1934), la exaltación homoerótica en Locker Room (1933), el costumbrismo proletario de Byciclists (1932) o Pescadores mallorquines (1932) y la crítica satírica de Coney Island (1934). Así como los retratos de sus seres cercanos, en los que consigue una misteriosa profundidad, destacando uno de su hermana Fidelma, misma postura y misma capacidad de sugerencia emotiva y profundidad psicológica que el que le hiciera a Jerry con el Ulises.

Homocr_nicas_Paul_Cadmus_the_bath_1951El baño (1951) / Paul Cadmus

La obra de Cadmus siguió evolucionando y pasó por diferentes etapas, como la de cualquier pintor. Si los años 30 estuvieron marcados pictóricamente por cuadros muy poblados y de temática festiva, personalmente lo están por el viaje a Europa y la relación con Jared French. El final de la relación íntima con Jared llegó cuando éste —bisexual— contrajo matrimonio con Margaret Cresson, escultora y amiga común. No supondrá, no obstante, el distanciamiento entre ellos; de hecho, los tres conformarán un particular trío autodenominado PAJAMA —por las primeras sílabas de sus nombres— que hará gala de una franca y particular amistad y colaboración profesional durante años.

La etapa de madurez de Paul Cadmus se inició a mediados de los años 40, coincidiendo con los trabajos para la serie Los siete pecados capitales, y el regreso por estancias cortas a Europa, en 1949, acompañado del pintor George Tooker. La temática homoerótica y social se retraen sobre lo cotidiano, los personajes ya no forman, generalmente, parte de un tumulto, sino que esperan y reflexionan apartados, solitarios y con naturalidad. El baño (1951) es, sin duda, una de sus obras maestras. 

Paul_cadmus_1994_seatted_nude_Moore_GalleryJon sentado (1994) / Paul Cadmus

Será un nuevo compañero sentimental el que determine la amplia época final de Cadmus, un rubio llamado Jon Anderson, treinta años más joven que él, al que conoce en los muelles de Nantucket, en 1964. Jon se convertirá en el modelo favorito de Paul, protagonizando una multitud de sus obras y acompañando al pintor hasta su muerte. La relación entre Anderson y Cadmus fue una de las más auténticas devociones artísticas contemporáneas entre modelo y pintor. Abundan los autoretratos con Anderson o los posados de éste dormido o relajado, habitualmente desnudo. Años tranquilos para Cadmus, de pintar, tocar el piano y dar paseos. No muy diferentes de la juventud, en verdad.

PaulCadmusandJonAnderssonPaul y Jon, en los 90.

La pintura de Paul Cadmus se sitúa a una altura que pocos pinceles americanos alcanzaron el siglo pasado, pero su adscripción realista —para la que encontraría más adecuado el apellido de simbólica que mágica— y su temática, en ocasiones, homoerótica, le relegaron a un segundo y tercer plano. Es posible, teniendo en cuenta su modo de ser, que agradeciera dicha marginación. En plena “dictadura” expresionista abstracta, la figuración realista, fuesen cuales fuesen sus temas, no tenía demasiadas posibilidades. Cadmus, sin embargo, pudo dedicarse desde temprano plenamente y sin agobios económicos a la pintura. Se consideraba poco reconocido, pero a un mismo tiempo afortunado por vivir profesionalmente de su libertad creativa. Las conversaciones que Judd Tully mantuvo con él en 1988 son una preciosa muestra sobre el sentido de vivir pintando cuadros. La última de las cuatro cintas llega a su fin sin registrar una despedida, mientras ambos siguen hablando sobre el momento en que Cadmus encontró su identidad como autor, el momento en que espontáneamente iba configurándose una visión y estilo propios. La grabación se acaba, pero ellos siguieron…

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