El gran hotel Budapest, las ruinas fascinantes

“Pero yo amo, de todos modos, estas ruinas fascinantes”, le dice Zero Moustafa, el viejo propietario de un hotel balneario a un joven escritor que busca en aquel limbo decadente una cura de aislamiento a su crisis creativa. “Yo amo, de todos modos, estas ruinas fascinantes”. Es una frase de enorme tristeza, que desvela el profundo tema de un relato presentado bajo la forma de un cuento colorista y cómico. El gran hotel Budapest —la historia de Zero (Tony Revolori / F. Murray Abraham), el botones que termina heredando un imperio fantasmagórico; de su mentor, el irreductible y enigmático conserje Gustave H. (memorable Ralph Fiennes); y de su amor, Agatha (Saoirse Ronan), la valiente pastelera con cara de porcelana— es la mejor película, hasta el momento, y la más melancólica en la filmografía de Wes Anderson

gran hotel budapestRalph Fiennes (Gustave H.) y Tony Revolori (joven Zero Moustafa) / FoxSearchlight/Scott Rudin Productions/American Paintbrush

La carrera del texano Wes Anderson es, sin duda, una de las más singulares del joven siglo. Ocho largometrajes entre 1996 y 2014 han dado para conjurar a un incondicional ejército de seguidores y una dispersa resistencia silenciosa. El hecho de no concitar puntos intermedios es, si no siempre un punto a favor, al menos sí un acicate que agradecer para vencer el habitual aburrimiento y la pereza de opinar o postular militantemente sobre cine. Concedámosle a Anderson el mérito de crear un cine radicalmente propio, de registrar un sello de autor tan original que lo hace inconfundible, para amantes y detractores.

En El gran hotel Budapest están todos los elementos que han caracterizado su obra. Pero mejorados, mejor ensamblados que en ninguna de sus otras historias. 

Visualmente, un estilo basado en la simetría del cuadro y la puesta en escena, con un diseño de arte cuidado hasta lo bizarro, una planificación de constantes travellings, sobre todo laterales, reiterados paneos, esas panorámicas rápidas no descriptivas que evitan el corte al contraplano, y algún zoom estilístico. Incluso cambios en el formato de aspecto, combinando el panorámico 1.85:1, el antiguo cuadradote 1.37:1 de las proyecciones de los años 30, o el cinemascope, en función de la época narrada. Y, por supuesto, el uso de maquetas para simular grandes planos generales, una de las señas de identidad del director de Texas en estos casi veinte años de carrera.

Dramáticamente, un guión ágil, que acierta a combinar una trama vertiginosa en sucesos con una dialéctica pausada, expresada en los diálogos y voces en off de marcado laconismo. Una estructura de muñecas rusas en distintas épocas, con historias que salen de otras historias, inspirada en esta ocasión en el universo del novelista Stefan Zweig. La ubicación en lugares imaginarios, países y ciudades como la ficticia República de Zubrowka donde se haya el gran Hotel Budapest. Y un campo temático que no deja de recorrer en ninguno de sus films, el de la frustración por los paraísos perdidos, los bellos paisajes pretéritos y la fuga como forma de redención o desarrollo. Una huida desaforada hacia delante que lleva a los personajes de Wes Anderson, paradójicamente, hacia su parte de atrás.

El gran hotel Budapest es una delicatessen agridulce. Un cuento melancólico sobre la parte mejor del ser humano, sobre los seres perdidos y la tristeza por que se consideren extravagancias la lealtad y la fidelidad a unos principios. Un film que se disfruta como uno de los deliciosos pastelillos Mendl’s que la adorable Agatha elabora para la causa de Gustave y Zero, Quijote y Sancho cabalgando entre ruinas fascinantes.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies