El día que Mandela pisó las calles nuevamente

Son muchas las secuencias llenas de fuerza que forman parte del imaginario colectivo, instantes a veces aislados e inconexos que ponen rostro a los momentos más importantes de la Historia. Uno de estos es la salida de Nelson Mandela de la prisión Víctor Verster, tras más de 27 años encerrado. Como en toda coyuntura trascendental, el simbolismo era pieza importante. Puño en alto y de la mano de su esposa Winnie, Madiba avanzaba rodeado por una multitud jubilosa, su eterna sonrisa intercalada en un gesto serio, conocedor como nadie de que lo que estaba ocurriendo no era más que el principio de una batalla larga y difícil, con un pueblo que lo esperaba todo y que no aguantaría más, y un enemigo poderoso no dispuesto a regalar sus privilegios.

Nelson Mandela, 1990Nelson Mandela, 13 de febrero de 1990, dos días después de su salida de prisión / Foto: AP/SIPA

La alegría se contagió por la amplia geografía popular de Sudáfrica, por todo el continente, miles de personas salieron a las calles a celebrar un día de aquellos que marcan un antes y un después. Los bailes se prolongaron hasta altas horas de la noche en Soweto, y las calles de Ciudad del Cabo se inundaron para acompañar a su héroe mientras una marea humana, negra y mestiza, hacía retumbar el nombre de Mandela en cada rincón del país. 

Después de tantas y tan largas derrotas, al fin llegaba una victoria. Parecía posible darle la vuelta a la partida. El cambio se respiraba en cada esquina, en cada conversación. La fuerza de aquella victoria era mucho más poderosa que el miedo acumulado durante años, un impulso que desbordaba al régimen, haciéndose difícil pararlo.

La plaza del Ayuntamiento estaba abarrotada, a la espera de un hombre al que se le imaginaban aún las facciones de las fotos antiguas del guerrillero, un hombre viejo ya, con el pelo blanco, pero el rostro de un niño. A medida que la tarde caía era imposible encontrar siquiera una columna a la que intentar trepar para vislumbrar aquel momento. Muros, ventanas, cualquier minúsculo espacio valía para aguardar la espera de Mandela, la espera de la persona convertida en leyenda, quien mejor entendía el sufrimiento, los temores, el odio y la ira del pueblo negro sudafricano, y quien mejor simbolizaba el futuro libre por el que tanto habían luchado y tanto habían sacrificado.

La aparición de Mandela hizo que los sentimientos se disparasen, sonrisas, lágrimas, abrazos, gritos, saltos; una liturgia espontánea y cuidada a la vez, detallista, en la que cada palabra, cada gesto, cada pausa significaban un movimiento en la batalla. 

“Os saludo a todos en nombre de la paz, la democracia y la libertad para todos”, así comenzaba una elocución de poco más de media hora, desde el balcón del Cape Town City Hall, donde colgaba una bandera sudafricana y otra roja con la hoz y el martillo. El discurso marcaba las bases del trabajo para la nueva etapa, unas líneas maestras que inquietaban a la minoría bóer, recelosa de los movimientos del gobierno De Klerk.

La lucha armada había sido uno de los temas cardinales de las negociaciones previas a la puesta en libertad de Mandela y sus viejos camaradas. Sin embargo, Madiba en ningún momento aceptó condenar la vía insurreccional, lo que le hubiese permitido obtener la libertad años antes, pero que hubiese supuesto decirle al pueblo que sufrió la matanza de Soweto, la matanza de Sharpeville, que su lucha, que la resistencia, habían sido en balde. 

En los barrios afrikáners el 11 de febrero de 1990 fue un día de tensa calma, de incertidumbre, incluso de miedo a que se cambiasen las tornas, a que las víctimas se convirtiesen en sus verdugos. No tardaron en organizase los primeros grupos de bóers que, a lo largo del país, fueron perpetrando ataques en los barrios pobres, asesinando militantes de la lucha contra el apartheid, tratando de dinamitar el proceso antes de que fuese demasiado tarde. Pero lo era, por suerte, o más bien, por insistencia y resistencia. Los esfuerzos más reaccionarios no consiguieron frenar el avance de un tiempo nuevo.

Mandela se había transformado en gigante, la gira tras su salida de prisión por varios países africanos, su recibimiento como auténtico Jefe de Estado allí dónde acudía y la enorme solidaridad internacional, que había promovido un potente boicot político y económico a los productos sudafricanos, fueron el tiro de gracia para un régimen en descomposición.

Llegaba el tiempo en que hacer valer las últimas palabras de Allende en La Moneda, llegaba el momento, quizás más tarde y no tan temprano, de que se abriesen las grandes alamedas por donde pasase el hombre libre.

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