Boyhood, en busca del tiempo perdido

Es triste pero, en la era del marketing, una película como Boyhood solo tenía posibilidad de prevalecer por la explotación mediática de una rareza anecdótica en su producción, el archiconocido hecho de haber sido rodada a lo largo de doce años, el mismo tiempo que transcurre en la historia de unos personajes interpretados por unos actores que crecen y envejecen con ellos.

BoyhoodFotograma de Boyhood / IFC Films

La propuesta de rodaje, sin duda novedosa, ha eclipsado algunas de las mejores cualidades del film como narración tal. Quizá sea una pista para valorar en su justa medida la calidad de Boyhood. ¿Podrá la historia con la anécdota o se mantendrá siempre como la peli del niño que crece? Lo cierto es que el método de rodaje que eligió su director, Richard Linklater, para contar una historia que transcurre en varios años podría no ser más que fruto de un fanatismo extremo contra las técnicas de maquillaje, por ejemplo. Sin embargo, como el travelling de Godard, parece que el método de rodaje de Linklater, dejando pasar los años por sus actores, tiene algo de cuestión moral. No es manía contra los envejecimientos maquillados ni los cambios de actores para un mismo personaje en diferentes edades, sino más bien un método de dirección de actores y un ejercicio de narración fílmica que tiene como roca madre la comprensión y la conexión íntima del equipo humano que construye una película con la historia contada.

La niñez y adolescencia de Mason —interpretado por Ellar Coltrane— es la historia del crecimiento de millones de personas. Y el rasgo verdaderamente valiente de Boyhood es éste, no su rodaje en doce años. Lo atrayente debería ser no ver al mismo chico estirarse y afearse, o engordar y adelgazar a Patricia Arquette, o conservarse cual Dorian Gray a Ethan Hawke, sino comprobar que una historia sin grandes giros ni tramas, que personajes normales, sin traumas ni obsesiones, solo con sus problemas cotidianos, que la vida de gente como la enorme mayoría de nosotros, puede ser vehículo de una bella historia y de un tema de profundidad. 

Porque, ¿de qué va Boyhood? Su director dice en las entrevistas que “no va de nada”. Pero bien sabemos que no es así. Tomar como protagonista a un niño y verlo convertirse en hombre obliga a tratar diversos temas. Boyhood es, como poco, una película sobre la niñez, que es un tema descomunal en sí mismo, uno de los grandes, como el amor, la muerte, o la amistad. Más cuando Boyhood retrata una niñez particular, pero normal, con miradas escondidas al mundo de los adultos —que es hablar del temor al futuro—, con amistades que desaparecen y de las que solo se cobra conciencia en el primer recuerdo del amigo perdido, con el amor y la complicidad de un hermano o una hermana de la misma edad, con el desconcierto y el miedo al desamor, comprendido primero en unos padres divorciados y luego en los primeros desencuentros adolescentes. Sólo con esto, Boyhood ya habría cumplido con el intento de expresar, mejor o peor, algunos grandes temas humanos. Pero el tema principal de la película no es la niñez, sin más, sino el paso del tiempo, y más aún, el nacimiento de la primera conciencia de lo perdido, la intuición de haber dejado atrás una época más pura de nosotros mismos, la certeza de que toda alegría por el avanzar de la vida convive con un dolor inevitable que nos puede condenar a vivir en busca de un tiempo perdido.

Boyhood es una película amable, con sus errores narrativos y sus lugares comunes, como la prescindible secuencia en la que dos compañeros matones insultan a Mason en los baños del instituto —no aporta nada— o la casualidad buenista del inmigrante albañil al que le cambia la vida el condescendiente consejo sobre cómo aprovechar sus potencialidades que le ofrece la acomodada profesora de universidad que interpreta Patricia Arquette. También con sus aciertos de guión, especialmente la construcción de unos personajes protagonistas bien formados, y algunas secuencias de alto voltaje dramático, entre las que destaca una secuencia final con dos jóvenes actores y un diálogo y una situación tan naturales, que Linklater consigue esa extraña y milagrosa sensación de que nos parezca haber visto en la pantalla un pedacito hermoso de vida real.

Es gratificante ver películas que pretenden hablar de grandes temas mediante historias sencillas, tomando personajes normales. Eso es lo mejor de Boyhood, que no es una obra maestra, pero que es una buena peli y que ha sabido convertir un método de rodaje en algo más, en una cuestión de principios sobre técnica cinematográfica. Tal vez, dentro de bastantes años, veamos a un viejo Ellar Coltrane interpretando a un anciano Mason y llenándosele el cuerpo de recuerdos al comer unos nachos con queso como los que saboreo con su primer y efímero amor juvenil; unos nachos con queso que serían algo así como una revisión moderna de la famosa magdalena con té que puso a Proust en busca del tiempo perdido.

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