Todos los genios estamos por descubrir

Momentos de regodeo en nuestra propia frustración los hemos tenido todos, de regodeo, incluso, en nuestra verdadera mala suerte. Muchos hemos considerado, como Pessoa, que “..soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla / aunque no viva en ella; / seré siempre el que no nació para esto, / seré siempre sólo el que tenía cualidades; / seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie / de una pared sin puerta”. Sí, genios, o trastornados con delirios de grandeza, un grave problema de falsa conciencia. Pero Pessoa tenía razón: “¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo / no están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?”. Solos en nuestra buhardilla o no buhardilla todos hemos llenado un vaso de whisky (porque a los genios también nos gustan los lugares comunes), lo hemos vaciado, taciturnos y secretamente enamorados de alguien muy parecido a nosotros mismos, o qué coño, de nosotros mismos, digámoslo claro. Hemos pensado en nuestras aspiraciones (insatisfechas todas las importantes) y en nuestras capacidades reales y, como el poeta portugués, nos hemos reconocido: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.” Ouh yeah. (Aunque seguimos jodidos porque pese a toda automotivación, a la identificación con el humilde genio luso… él supo hacer con ese marasmo interno un poema como Tabaquería, donde decía estas cosas; y claro, después de escribir una de las obras maestras de la literatura mundial, y saberlo, porque lo tenía que saber, no me jodas, es fácil hablar de que uno mismo no es para tanto…)

Así seguimos donde estábamos, con el vaso de whisky y nuestro grave anonimato. Del amor a uno mismo se pasa rápido al odio a los demás, sobre todo porque el amor a uno mismo no vale de nada, si no recibimos amor de otros. ¿Mezquino? Para nada. El odio está bien, cuando no es envidia malsana. Odio a los millonarios, a los corruptos (disculpen la redundancia), a los hijos de, a los enchufados, a los pelotas. Es por ellos que la pequeña habitación con vistas a un patio interior donde dormimos y llenamos el lugar común se nos hace a veces más pequeña. Seguimos bebiendo y temiendo acabar como David Hasselhoff reptando por el suelo de la cocina.

Pero cabe recordar, precisamente en los momentos más bajos, que no estamos solos. No por optimismo, confiando en que una de estas noches escribiremos Tabaquería, sino porque mal de muchos, ya se sabe, consuelo de tontos, pero consuelo al fin y al cabo. Y así seguimos creyendo, oh maravilloso salvavidas particular, en nuestro talento sin igual (y sin descubrir). A partir de tal punto no corre riesgo la confianza en el propio talento, no duele tanto el acérrimo e insatisfecho deseo de hacer solamente lo que te gusta en la vida (y que nos paguen mucho dinero por ello, sí, mucho, no vamos a ser pobres hasta para soñar, como oí decir alguna vez a otro de esos genios anónimos). A partir de entonces, podemos, inclusive, superar la fatiga diaria del trabajo donde nos jodemos la espalda, la vista, la mente o todo a la vez. Porque todos o casi todos los genios han pasado por trabajos de mierda y/o por la falta de reconocimiento. Y además, porque la mayoría de los de nuestra época estamos aún por descubrir. Ahí van unos ejemplos…

ignatiusIlustración de la edición original de La Conjura de los necios, de J.K. Toole, por Ed Lindlof.

John Kennedy Toole, uno de los casos más conocidos. El autor de La conjura de los necios se suicido a los 32 años, parece ser que en gran parte por la frustración y decepción que sentía al ver rechazada su obra en una editorial tras otra. Fue la bella persistencia de su madre tras su muerte, la que consiguió que la novela dejara de acumular polvo, fuera leída por millones de personas y reconocida como uno de los grandes libros de la literatura norteamericana del siglo XX. Una pena que su autor no lo viera en vida, y que la perdiera por esto. Otro conocido caso es el de Vincent van Gogh, que se disparó al corazón a los 37 años sin haber sido capaz de vender apenas un par de cuadros. Murió en brazos de su hermano, que, como la madre de Toole, fue casi su único y principal valedor en vida. 

Aleijadinho, que significa “lisiadito”, fue como se conoció a Antonio Francisco Lisboa, el más destacado representante del arte barroco brasileño, arquitecto y escultor. Nació en 1730, aproximadamente, hijo de un maestro de obras y de una esclava africana. Antes de impresionar con sus esculturas pasó años en un taller de carpintería. A la edad de 40 años desarrolló una enfermedad degenerativa (posiblemente lepra) que le dejó tullido. Murió bastante viejo, pero sin ninguna herencia.

John Donne, tal vez el mejor poeta inglés del siglo XVI, “dos veces te amé, o tres veces, cuando no conocía tu cara ni tu nombre”, tuvo que ceder tras mucho evitarlo a las presiones del rey Jacobo I, para soliviantar sus problemas económicos. Se ordenó sacerdote anglicano, aun siendo su madre católica, y, cosas de la vida y el talento, es considerado uno de los mayores predicadores de la historia.

George Méliès, pionero del cine, director de la mítica Viaje a la Luna (1902), se desempeñó antes como zapatero (vocación impuesta por su padre); pero ¿y luego de la fama y el reconocimiento de haber llevado la narrativa cinematográfica a una nueva dimensión? La fama y el lujo, pensarán. Pues no. En 1913 se retira del negocio, después de haber hecho ricos a muchos, menos a sí mismo. Se casa con la que fuera una de sus actrices principales, Jeanne d’Alcy, y regentan un quiosco de juguetes y golosinas en la estación de Montparnasse.

Antonio Reyes Cervantes, en el ring y en el amplio mundo conocido como Kid Pambelé, púgil colombiano, dos veces campeón del mundo welter junior, fue de chico limpiabotas y vendedor de tabaco de contrabando. Buen negocio el del tabaco, el oficio de contrabandista para fumadores también ocupó a Alejandro Dumas, antes de aburrirse (suponemos) como escribiente al servicio del Duque de Orleans. Anton van Leeuwenhoek, un holandés (así de primeras desconocido absoluto) contable, cajero y tratante de telas, desarrolla de manera autodidacta conocimientos sobre el soplado y el pulido del vidrio, con el fin de construir microscopios que dieran más de doscientos aumentos, a fin de comprobar la calidad de los tejidos con los que comerciaba. Se tardaron décadas en producir microscopios de la misma calidad. En el siglo XX, después de muchas miradas a través, precisamente, de un microscopio, una mujer de solo 33 años descubre la estructura doble helicoidal del ADN, su nombre Rosalind Franklin, química y cristalógrafa inglesa, murió con 37 años enferma de cáncer (posible consecuencia de la constante exposición a rayos X durante sus investigaciones) viendo cómo otros disfrutaban del prestigio de sus hallazgos, haciéndolos suyos. Sigamos con desconocidos y maltratados en el mundo de la ciencia: Hamilton Naki, un joven negro en Sudáfrica que, con sólo 14 años, llega a la Universidad de Ciudad del Cabo. ¿Cómo? Tal cual, para trabajar de jardinero. Después le tocaría encargarse de la limpieza de las jaulas y los animales en los laboratorios de la Facultad de Medicina. En el trato y la experiencia con los animales de la clínica desarrolló un completo conocimiento y pericia en operaciones de transplantes en animales. Tanto fue así que, sin formación académica, colaboró en el primer transplante exitoso de corazón humano, realizado por Christiaan N. Barnard. Su pensión al retirarse, en 1991, fue la correspondiente al puesto de jardinero.

El listado de genios en penurias, económicas, laborales y anímicas, sería interminable. Un sinfín de hombres y mujeres que nunca serían nada, pero que tenían todos los sueños del mundo. Así pues, amigo genio, no te preocupes si mañana tienes que seguir fichando en un trabajo de mierda; querido camarada del talento, compatriota de buhardilla, siempre podremos recordar las palabras de nuestro prócer Pessoa: “Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca seré / la caligrafía rápida de estos versos, / pórtico quebrado hacia lo Imposible. / Mas al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas, / noble al menos por el gesto de largueza con que arrojo / la ropa sucia que soy, sin motivo, para el discurrir de las cosas, / y me quedo en casa sin camisa”. Eso es, descamisados y seguros de que estamos por descubrir. Mientras tanto, seguiremos en nuestra buhardilla, o vendiendo salchichas por las calles, saliendo adelante, esperando nuestra oportunidad o buscando (como servidor) un talento que explique nuestra amargura. Y sabiendo, a fin de cuentas, lo que Toole avisaba citando a Johnathan Swift en el inicio de su obra maestra: «Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.»

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