Salinger, el guardián de sí mismo

Hay escritores prolíficos cuyo universo literario no conoce horizontes espaciales (Balzac, Galdós, Saramago…) y escritores lacónicos cuyo universo literario cabe en un aleph borgiano (Laforet, Rulfo, Salinger…); hay escritores arraigados que colaboran con el mundo en el que viven (Chesterton, Vargas Llosa, Cela…) y escritores que se divierten dinamitando sus cimientos (Sade, Genet, Salinger); hay escritores que aspiran a que los quieran o los admiren (la lista sería interminable) y escritores que buscan o dicen buscar el rechazo y el olvido (Rimbaud, Kafka, Salinger).

JD Salinger golpeando un fotógrafoSalinger golpeando a un fotógrafo indiscreto, en los años 80

Si prosiguiéramos estableciendo listados sumarísimos con dicotomías similares entre integrados y apocalípticos, no cabe duda de que Salinger siempre aparecería en el  segundo, el de los artistas del lado oscuro. Mientras que el novelista integrado intenta, casi siempre sin éxito, acaparar la atención exhibiendo sin pudor el tamaño de su valía, Salinger, esta anomalía apocalíptica, en su afán por ocultarse, fue dejando un rastro de feromonas que ha enloquecido a varias generaciones, ágrafas y letradas, ávidas todas por desintegrar cualquier resquicio de misterio, tenga o no interés. Y la vida secreta de Salinger ha excitado nuestra curiosidad hasta el paroxismo.  

Precisamente por conocida, interesa hoy menos la primera madurez de ese tipo convencional de clase media y orígenes judíos, que transitaba en los años 30 por la calles de Manhattan, coleccionando sus primeros fracasos amorosos, haraganeando en la universidad de Columbia, enderezando luego su indolencia de niño rico en la Academia Militar de Pensilvania y finalmente alistándose como tantos jóvenes patriotas en el ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, con el inicio de su carrera literaria en los años 50, decidió ofrecer al mundo su obra a cambio de sacrificar su persona. El éxito de El guardián entre el centeno y esa decisión de ocultarse lo erigieron casi de inmediato en escritor de culto, pues su ambición de evaporarse eternamente logró el efecto contrario. Le bastaron un par de novelas cortas, una pequeña colección de cuentos y una espantada para convertirse en un autor legendario cuyo prestigio, antes que de sus méritos artísticos, se alimentaba de las leyendas más o menos urbanas que lo perseguían: pasión desbordada por las jovencitas literatas, enfrentamientos poco paternales con su hija Margaret, vinculación de El guardián… con una fauna de magnicidas y asesinos en serie, accesos de budismo zen, hábitos escatológicos o periodos de enajenación en que inventaba lenguas; en fin, todo muy fotogénico y melodramático, un filón para cinéfilos, mitómanos y fetichistas. 

Pero ya se trate de un ángel o un demonio, va siendo hora de olvidarnos del hombre que tanto ha interferido con su ausencia en sus escritos y de rescatar su obra. Y, por tanto, de que nos hagamos las preguntas pertinentes. Por ejemplo, si sus relatos están a la altura de su fama, si este icono marginal del siglo XX nos dejó un legado incontestable o más bien una suerte de fuegos de artificio genuinamente americanos, que acaso, de haberse publicado en Portugal (o España), andarían hoy perdidos en librerías de viejo. En definitiva, si merece la pena seguir escuchando a Caulfield más allá de la suerte que haya corrido su creador o si, por el contrario, es la literatura de Salinger gran literatura.

A primera vista, no cabe duda de que su obra no está envejeciendo bien. Sus Nueve cuentos parecen resistir algo mejor y algunos, como Un día perfecto para el pez plátano o El hombre que ríe, resultan aún encantadoramente frescos y sugerentes. Pero no nos engañemos, Salinger es El guardían… y sus destinos están condenados a ir de la mano; si Caulfield sucumbe, tarde o temprano lo hará también su inventor, y en la actualidad, aquella novela en su día irreverente corre el riesgo de transformarse en un clásico momificado. 

Sus detractores  la juzgan con el rigor con que se valora a las grandes figuras, como se hace con Milton o Joyce, y entonces la historia del muchacho desorientado que vaga unos días por las calles de Nueva York sin saber qué hacer con su vida se nos revela con todos sus defectos. Sí, tiene cierta pobreza formal, estilo plano, más allá de que nos encontremos ante un narrador en primera persona, elabora un modelo de joven autocomplaciente, ingenuo y pasivo, tan efectista como poco creíble, portavoz de un tipo de carácter con quien ningún muchacho normal del siglo XXI podría identificarse. A diferencia de otros sujetos aislados, como Gregorio Samsa, cuya dimensión simbólica lo mantiene a salvo del paso del tiempo, Caulfield, parece una foto en blanco y negro de un abuelo materno pelín díscolo, a lo sumo un dibujo salido de un cuadro nocturno de Hopper

Con todo, aun reconociendo esas servidumbres, 70 años después, defiendo la lectura o la relectura de esa novela que huele a naftalina y animo a abrir el libro con la generosidad del que acude emocionado a una cita para reencontrarse muchos años después con una novia del colegio. Dejemos las lecturas perspicaces y los juicios atinados para Mann y Borges. El Guardián entre el centeno requiere un acercamiento sentimental e ingenuo, mostrarse tierno con ese rostro ajado que un día lejano nos enamoró. En esta sociedad de cocineros y diseñadores, de tatuados, macarras y analfabetos cibernéticos, no estaría de más emprender un viaje terapéutico y acompañar durante un par de días a Caulfield por las avenidas y los hoteles de Nueva York, oírle decir que no sabe qué hacer con su vida y descubrir que quizá compartimos su desorientación. Sería bonito discutirle en mitad de la noche dónde van los patos de Central Park cuando se hiela el lago y defenderlo del cerdo proxeneta que lo golpea y abrazar a su maravillosa hermanita Poebhe cuando le dice que debe crecer de una vez, o decirle que si su novia no quiere escaparse con él a la montaña, a montar a caballo, a vivir en una cabaña de madera, pues que nos liamos la manta en la cabeza y lo hacemos nosotros, hala, a cabalgar a lo loco, a cuidar juntos a los niños que corretean entre el centeno. 

Por supuesto, sí, se trata de un viaje falso. Pero a veces, en este mundo de plástico, resulta reparador, como un sueño de sobremesa, escaparse un ratito como el piel roja de Kafka, “cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas”, y ver luego que desaparece la grupa, y la crin y el caballo mismo. Volar un par de días. 

El guardian… tiene muchos defectos, por supuesto, pero es de esos pocos libros a cuyos lomos uno puede subirse mientras lo lee y regresar al tiempo de la adolescencia, cuando ignorábamos qué hacer con la vida, aunque teníamos la sensación de que algo grande acabaría ocurriendo.

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