Los mil sueños y viajes de Dennis Bergkamp

Pocos rostros más expresivos que el de cualquier niño después de meter un gol. Una emoción basada en la conquista de un sueño, en la incredulidad revocada. Una sensación de alegría que aquel que la haya disfrutado tiene bien guardada en la memoria. La alegría después de meter un gol, por supuesto, está moldeada por muchos factores. No es lo mismo el gol del niño, que el del profesional. No es lo mismo el gol de la honra en la derrota irrevocable, que el del triunfo en el último minuto. Y no es lo mismo un gol normal, que un golazo. Ni un golazo, que un gol bonito. El gol normal y el golazo están al alcance de casi cualquiera en un día de suerte, el trallazo o la volea que milagrosamente salen impepinables hacia la escuadra. Pero el gol bonito, el del regate elegante, el toque sutil, ese ya es más complicado de conseguir y es, por tanto, el más soñado. Todos tuvimos nuestro gol ideal, y lo buscamos, y lo forzamos hasta el desastre estropeando jugadas enteras. A algunos les salió. Otros continuamos construyéndolo en la imaginación, estudiando secretamente a los especialistas en goles bonitos, eligiendo a nuestros predilectos, definiendo nuestro estilo ideal. Porque entre los futbolistas, los hay especialistas en goles bonitos. Uno de esos era el holandés Dennis Bergkamp.

Dennis BergkampDennis Bergkamp / Foto: Andy Hopper

Decir Holanda y hablar de fútbol es referirse a muchas cosas, varias muy importantes. Todo lo que es holandés en el fútbol tiene que ver con talento y con derrota. Nunca un país tan pequeño dio tantos grandes jugadores. Y nunca una selección nacional ha jugado tan bien y perdido tantas veces como Holanda. Si hay un ejemplo de fútbol malogrado en títulos ese es el holandés. Son los campeones indiscutibles en derrotas, a pesar de haber formado alineaciones y generaciones históricas. Esta tradición, con todo, no ha sido óbice para que nunca hayan abandonado esa querencia por el fútbol ofensivo, por el toque y la calidad. ¡Hasta los brutos tenían talento! Y si no mírese a Koeman, ese hombre sin cintura, pero con una de las pegadas en largo más elegantes y fatídicas que se recuerdan. En los años 90, tras los tiempos dorados del trío GullitVan BastenRijkaard, Dennis Bergkamp recogía el relevo de una nueva hornada holandesa. Alto y fino como Marco Van Basten, pero incluso más técnico. Introvertido y con ese halo de cierta indolencia que parecía determinado por el viejo relato neerlandés del jugar como nunca y perder como siempre. Bergkamp era perfectamente holandés, futbolísticamente hablando.

Al Mundial de USA 94 —el primero de los dos que Bergkamp jugaría— el delantero orange llegó crispado, y así estuvo toda la fase de grupos, hasta que le metió a Marruecos un gol que Predag Mijatovic le copiaría años después en la final que le dio la 7º Copa de Europa al Real Madrid. En octavos se despacharía con otro tanto y el gesto aún torcido a Irlanda. En cuartos los holandeses se cruzaron con el Brasil de Romario —quizás el máximo exponente de los especialistas en goles bonitos— y aunque Bergkamp iba a marcar uno de sus goles de toque exquisito, Brasil —a la postre campeona— los mandaba para casa. Bergkamp se volvía como máximo anotador de su selección y el ceño fruncido. A fin de cuentas habían pasado cosas y estaba tomando decisiones que iban a cambiar completamente su carrera. 

En el vuelo rumbo a Estados Unidos una falsa amenaza de bomba retrasó el despegue y enrareció el ambiente. No iba a ser el único sobresalto del viaje. Al entrar en una masa de aire, el avión acusó una brusca caída durante unos segundos. Un susto para todos, pero un trauma para Dennis. En los siguientes días metió tres goles en cinco partidos, pero todo lo hizo con esa sombra encima. La vuelta a Holanda y una decisión: no volvería a coger un avión en la vida. ¿Qué equipo contrataría a un jugador que tenía previsto darse de baja de un encuentro si para ello tenía que subir a un avión? Bergkamp llevaba un triste año pegándose con todos los defensas de Italia en el Inter de Milán, y aún le quedaría otro por delante. Pero en el verano del 95, al fin cambió de aires. Fichó por el Arsenal, el equipo más holandés de Inglaterra. 

En su contrato figuraba una cláusula que le evitaba tener que volar. Así era él, el que lo quisiera ya sabía a qué atenerse. El primer año en Londres, con todo, fue irregular. Le costó anotar y, tras una temporada, los tabloides deportivos hablaban de un nuevo destino. Al parecer, estuvo cerca de recalar en el Betis, el delirante cortijo de Ruiz de Lopera. Pero Inglaterra era el único lugar donde sabía que podría encontrarse cómodo, la pequeña geografía insular le permitía trasladarse en coche a cualquier campo y la filosofía competitiva se ajustaba a la idiosincrasia holandesa, ganar no lo era todo. Además, ese año llegaba al banquillo del más holandés de los equipos ingleses, el más inglés de los entrenadores franceses, Arsene Wenger. Veinte años después, con más juego que títulos, sigue en el banquillo gunner. Los planetas se alinearon para ver en toda su exquisitez al delantero más elegante del fútbol de los 90.

Bergkamp era un jugador con una técnica depuradísima. Sus recursos eran espectaculares en su simplicidad. Intuición de delantero nato para el desmarque y el remate, bueno con las dos piernas, un disparo desde fuera del área con rosca a la escuadra del palo largo marca de la casa, un control de balón dirigido solo comparable en aquella época al de Zidane, triangulación al primer toque, picada de vaselina también patentada y una visión de juego con pase en profundidad de mediapunta de primer nivel. En definitiva, un delantero total, con gusto por alejarse del área y definitorio dentro de ella. Y todo capaz de hacerlo sin sudar, sin alterar ese aspecto de rubio frío y un poco ausente, que está sin estar, y que aparece para hacer retumbar un estadio con su delicadeza.

La segunda temporada en el Arsenal fue el inicio de los años maravillosos de Dennis Bergkamp y la antesala del doblete —Liga y Copa— del Arsenal en la temporada 97-98, con 22 goles del rubio. Los siguientes años, el Arsenal, al más puro estilo holandés, sería subcampeón de liga tres veces consecutivas y perdería una final de la UEFA en los penaltis. El equipo viajaba por el aire y Bergkamp carretera y manta. Su suegro se convirtió en su compañero de viajes. Las odiseas de Bergkamp eran memorables, en ocasiones salía hasta tres días antes de un partido en el extranjero para recorrer por tierra el continente. En la visita al Camp Nou durante la Champion del 99 tomó dos trenes, uno en Inglaterra y otro en Francia antes de seguir en coche hasta Barcelona. Tenía algo de Bob “el inglés”, el personaje interpretado por Richard Harris en Sin Perdón, un legendario asesino, alto, rubio y de ojos claros, cuyo advenimiento retumbaba en las vías ferroviarias del lejano oeste. 

Los viajes de Bergkamp se convirtieron en la anécdota identitaria del personaje. Una rareza que elevaba el significado de sus acciones en el campo. Como si los goles del holandés comenzaran a gestarse en una previa del partido inusualmente anticipada. Goles que llevaban el peso imaginativo de sus viajes. Como el de los cuartos de final contra Argentina en el Mundial de Francia 98. Uno de esos goles perfectos en todos los aspectos, uno de los soñados desde la infancia. Una obra de arte que sucede en el minuto 90 y da la victoria en una eliminatoria mundial. Un balón que Frank de Boer patea desde su campo, Bergkamp corre mirando el vuelo de la pelota. Un control dentro del área que la deja muerta. Un regate seco hacia dentro que se despide del defensa. Y un toque con el exterior que pone el balón en la escuadra y las manos del mundo en la cabeza. Un gol soñado, hecho realidad. Véanlo. Bergkamp se lleva las manos a la cara, se tapa el gesto indescriptible del niño, rebosante de alegría.

Otra obra maestra, no obstante, estaría por llegar. En el 2000 salen del Arsenal vía Barcelona dos de sus mejores jugadores, Emmanuel Petit, y el gran aliado de Bergkamp, su compatriota Mark Overmars, un salvaje estilete en la banda derecha. Continúan los viajes en coche del terrenal Dennis y el equipo hace una de las mejores temporadas de su historia en 2001-02, con un nuevo doblete de Liga y Copa y dejando ante el Newcastle, uno de los goles más bellos de la historia, y la mejor muestra de un fútbol, el de Bergkamp, preciosista e imaginativo. Fue así… Bergkamp en la luna del área, el central aguardando atento. Pires le manda un balón irregular, veloz y botando. Dennis Bergkamp, de espaldas a portería, toca el balón con el interior de la zurda y efectúa un regate nunca visto. Recibe con su pie izquierdo y se lanza un autopase a la vez que gira sobre sí mismo como un bailarín de danza. El defensa, en el agujero de aquel vórtice fantástico, descubre demasiado tarde que no hay nadie delante de él, que a su espalda, como si de un fantasma que hubiera pasado a través de su cuerpo se tratase, está Dennis Bergkamp empujando un sueño al fondo de la red.

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