Leonel Rugama, tan valiente como para no morir de tristeza

¡Que se rinda tu madre!, gritó el joven poeta nicaragüense Leonel Rugama, al militar somozista que le exigía su rendición bajo una lluvia de balas. Si sus palabras últimas no fueron muy poéticas, sí lo fue su acción. Un batallón entero de la Guardia de Somoza le tenía a él y a otros dos jóvenes guerrilleros malamente pertrechados sitiados en una casona abandonada, en Managua. La situación, ciertamente, no era para ponerse a recitar poesía, sino para pegar tiros. Eran las tres de la tarde del 15 de enero de 1970 y Leonel contaba veinte años. 

Leonel Rugama, muralMural en Managua dedicado a Leonel Rugama / Foto: Movimiento Cultural Leonel Rugama

De él se conservan pocas fotografías y más allá de Nicaragua es un completo desconocido. En su país su nombre y su imagen se dibujan en algunas paredes, en murales coloridos que rinden tributo al joven mártir sandinista, más que al poeta extraordinario, un talento adolescente de dimensiones casi rimbaudianas. Existen pocos casos como el de la poesía de Leonel Rugama. Han pervivido poco más de veinte poemas suyos, pero en tan exigua obra destacan algunos de los versos más hermosos de la poesía latinoamericana del siglo XX. Su estilo, realista y vanguardista en diferentes aspectos, arrasa las páginas, asalta las gargantas en su lectura. Un verso rítmico, vertiginoso y exquisito en la denuncia, pausado en la declaración, que siempre es de amor, aunque sea social. Es capaz de trascender la primera persona, incluso cuando su nombre y apellido encabezan el poema, cuando escribe sobre su futuro y lo adivina, de mártir predestinado. En su poema Biografía, cuenta la historia de su vida en diecisiete versos en tercera persona:

Nunca apareció su nombre / en las tablas viejas del excusado escolar. / Al abandonar definitivamente el aula / nadie percibió su ausencia. / Las sirenas del mundo guardaron silencio, / jamás detectaron el incendio de su sangre. / El grado de sus llamas / se hacía cada vez más insoportable. / Hasta que abrazó con el ruido de sus pasos / la sombra de la montaña. / Aquella tierra virgen lo amamantó con su misterio / cada brisa lavaba su ideal / y lo dejaba como niña blanca desnuda, / temblorosa, recién bañada. / Todo mundo careció de oídos y el combate / donde empezó a nacer / no se logró escuchar.

Se equivocó en el eco y la repercusión de su combate. Uno de sus poemas, La Tierra es un satélite de la luna, es uno de los más conocidos tesoros de la poesía trunca, aquella que Mario Benedetti reuniera antológicamente. Y el resto de su obra, como su figura, forman parte de lo mejor aportado a la poesía latinoamericana del siglo pasado. Combina el exteriorismo que popularizó Ernesto Cardenal, un estilo directo y de lenguaje cotidiano, con una fuerza estructural vanguardista y una creatividad que lo distingue en su sensibilidad sutil. El más extenso de sus poemas y el que mejor representa el enorme potencial cercenado es Como los santos; en 319 versos despliega una torrencial llamada y una elegía guerrillera —que parte de Sandino y el Che Guevara para estampar a continuación el nombre de los mártires sandinistas—, conjuga el exteriorismo con un vanguardismo de querencia por el juego de palabras —que recuerda a Nicanor Parra—, investigando en la tradición establecida por el Neruda del Canto General, y en particular, de Los Libertadores

Rugama se manejaba con excepcional habilidad, esto quiere decir naturalidad y sensibilidad original, en la narración mundana. Es un poeta moderno, amoroso y urbano. Sus historias de autobuses, sus relatos de partidas de ajedrez, su cotidianidad en general y su humilde primera persona es la condición indispensable de su poesía social. Cuando habla de amor, su amor es excepcional —por la muchacha que no encuentra o que idealmente desea— precisamente por su condición de poeta y revolucionario. Se distingue en su amor por su valentía, y en su valentía por su amor. Y se le puede aplicar el verso que él dedica al guerrillero Jorge Navarro en Como los santos: Fue tan valiente como para no morir de tristeza.

Antes de mentar la madre del guardia somozista y de todo el batallón que lo cercaba, de salir de su refugio disparando como un santo, para morir con veinte años en combate, dejó un poema titulado Epitafio, veintidós palabras esparcidas en maravilloso orden como gotas de lluvia sobre diez versos:

Aquí yacen / los restos mortales / del que en vida / buscó sin alivio / una / a / una / tu cara / en todos / los buses urbanos.

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