La teoría del “choque de civilizaciones” o Je suis Samuel P. Huntington

Reagan con los talibanes en la Casa Blanca
El presidente Ronald Reagan recibe en su despacho a líderes talibanes, 1983.

En el verano de 1993, Samuel P. Huntington —profesor de Ciencias Políticas de Harvard y asesor del gobierno estadounidense en materia estratégica— publica en la revista Foreign Affairs un extenso artículo con una pregunta por título: ¿Choque de civilizaciones? (Clahs of Civilizations?). En 1996 el artículo se convierte en libro y pierde los signos de interrogación: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order). Las tesis de Huntington bajo el concepto “choque de civilizaciones” eran polémicas; bajo un maniqueísmo extremo se presentaba el vaticinio de un mundo en el que las confrontaciones entre grandes grupos culturales, fundamental y aparentemente definidos por su profesión religiosa, iba a definir el orden internacional. En estas confrontaciones, presentaba un antagonismo entre dos de las civilizaciones que identifica: Occidente y el Islam. Su tesis, sin ambigüedades, plantea la justa dominación en el presente de Occidente frente a cualquier otra civilización, y la consecuente lucha por mantener esta posición dominante en el escenario mundial, enfrentando por el poder de las armas cualquier amenaza, con especial cuidado de la amenaza islámica.

El afán polémico y la radicalidad de Huntington vino a provocar, en un primer momento, una catarata de críticas a sus planteamientos. Tachada de apocalíptica, reduccionista y militante, pareció caer en saco roto. No obstante, tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001, reverdeció; muchos vieron cumplida su premonición. El nombre de Al Qaeda —los mismos talibanes financiados por los EEUU en los años 80 para hacer caer al gobierno de la República Democrática de Afganistán— hacía su entrada en el imaginario colectivo. Las guerras de Irak y Afganistán, las mentiras sobre armas de destrucción masiva, las torturas de Abu Ghraib, las de Guantánamo, las de la CIA por todo el mundo, las multitudinarias movilizaciones populares en contra de la guerra y, finalmente, el dantesco panorama que dejaba, hasta hoy día, la intervención militar en dichas regiones, influyó para que la teoría del “choque de civilizaciones” se siguiera mirando con recelo. Para muchos occidentales el supuesto choque entre civilizaciones solo se veía reflejado en las pantallas de sus televisores cuando daban cuenta de las brutales intervenciones militares de los ejércitos de su propio país en lejanos parajes. Cuando al fin la barbarie volvió a hacer acto de presencia en suelo occidental, fue precisamente en las capitales de los dos países europeos que habían servido de principal apoyo a los EEUU: España e Inglaterra. En Madrid, bombas en trenes de cercanías dejaron 193 muertos el 11 de marzo de 2004; y en Londres, bombas en el metro y los autobuses hicieron 52 muertos el 7 de julio de 2005. En uno y otro caso no se pudo obviar la relación con la intervención militar en Afganistán y, sobre todo, en Irak. La opinión pública no desarrollaba tanto un sentimiento de aversión cultural hacia el mundo árabe-musulmán como una indignación con sus propios gobiernos, a quienes se juzgaba responsables de haber declarado una guerra contra la que el pueblo se había expresado masivamente, y que tenía relación innegable con los atentados de Madrid y Londres. El “choque de civilizaciones” parecía asentarse más como pretensión o deseo estratégico, que como un panorama de advenimiento predestinado.

El 7 de enero de 2015 se producía un ataque armado a cargo de un comando yihadista a la sede de la revista satírica Charlie Hebdo, en París. Quedaban doce muertos, once trabajadores de la revista y un policía. En las horas siguientes, con una Francia sitiada, se producían más episodios armados, el asesinato de una policía municipal en la mañana del 8 de enero y la toma de rehenes en un comercio judío en Porte Vincennes (XX Distrito de París), donde morían cuatro de los retenidos. En diferentes operativos, los presuntos atacantes de Charlie Hebdo y del resto de acciones terroristas —que decían actuar en nombre de Al Quaeda y de la organización Estado Islámico— eran abatidos por las fuerzas policiales francesas. Multitudinarias manifestaciones de duelo recorrieron Francia con millones de personas. El discurso oficial fue monolíticamente conclusivo: el ataque no fue a una revista, ni a un Estado o unas personas con cierta proyección pública, sino a los valores de Occidente, a la democracia y a su simbólica libertad de expresión. Huntington, siete años después de su muerte, sobrevolaba de nuevo las declaraciones oficiales. El 14 de enero, a la semana del atentado contra Charlie Hebdo, Francia aprobó el el envío de un primer portaaviones a Irak. Amenazado Occidente por las atávicas fuerzas islámicas, se plantea el inicio de una nueva fase de ofensiva militar sobre las plazas yihadistas de Oriente Medio, con el fin de preservar la seguridad de Occidente en su propio territorio y no declarando ningún objetivo de extensión democrática —lo que supone un cambio con respecto a pasadas tácticas. 

La teoría de Samuel P. Huntington surgía en un momento muy determinado y con unos objetivos igualmente preestablecidos. Tras la desaparición de la Unión Soviética y de todo el Bloque del Este, el éxtasis entre la inteligencia estadounidense se desató con cierta desmesura. La teoría del “fin de la Historia”, de Francis Fukuyama, sintetizaba un futuro inamovible de progresiva perpetuación del libre mercado y la democracia liberal; una vez superada la lucha entre capitalismo y socialismo. Fukuyama, como Huntington, estaba íntimamente ligado a los servicios de inteligencia estadounidenses. Y por esos fueros pronto se dieron cuenta que el festejo de la victoria sobre el Bloque del Este les había hecho excederse, desarrollando planteamientos que adolecían de graves fallos a medio plazo, en lo que se refiere a su utilidad fundamental, la de sostén ideológico de impronta cientificista para las políticas internas y geoestratégicas de los Estados Unidos y sus aliados. ¿Cuál era el error, en relación con los intereses estadounidenses, de la teoría del “fin de la Historia”? Si, ciertamente, el futuro iba a ser cada vez más el del final de las confrontaciones a gran escala, si ya el capitalismo no tenía enemigo que batir y la democracia liberal iría asentándose con  calma por todo el mundo, ¿qué necesidad había de mantener los enormes presupuestos de defensa y un ejército de las dimensiones del de los EEUU? A la industria armamentística estadounidense no le hizo gracia la aseveración de Fukuyama. Más allá de la propia contradicción generada, la pacificación neoliberal que vaticinaba Fukuyama era una ridiculez que obviaba el desarrollo y las necesidades de un capitalismo monopolista con una irremisible tendencia a la centralización, la existencia de una potencia mundial con serios problemas de abastecimiento energético y una mayor parte del mundo con sistemas de producción capitalistas en fase aún de desarrollo. La teoría del “fin de la Historia” cumplió, con todo, un papel importante, en el sentido en que se dirigía a la subjetividad de los amplísimos sectores populares que durante un siglo habían estado en la órbita de la ideología comunista. El planteamiento de Fukuyama trataba de hacer hegemónica una idea ligada a un sentimiento, que contra el capitalismo no se puede triunfar, y en consecuencia rentabilizar una subjetividad de derrota que desarticulase los movimiento obreros de Europa —en primer lugar— y del resto del mundo, unidos a los movimientos antiimperialistas o de tradición anticolonial. Como estrategia sociológica, el “fin de la Historia” de Fukuyama tuvo mucho más valor que como teoría politológica. Para corregir estos excesos y complementar el plan estratégico estadounidense se elaboró el “choque de civilizaciones” de Huntington, que excusaba la militarización creciente y las intervenciones futuras de los EEUU y sus aliados atlánticos. A Fukuyama le toco el papel de politólogo tonto, y a Huntington el del listo. Mala suerte con los palillos Francis. Pero ambos formaban un equipo. 

El “choque de civilizaciones” de Huntington, como teoría politológica, tiene muchas fallas. Analizarla como tal puede significar velar su verdadero sentido propagandístico, pero es necesario ver qué poco desarrollo, qué verdadera chapuza a nivel científico es suficiente para lograr según qué objetivos. Una de las primeras cosas que llaman la atención es su propia irrupción en escena. Del artículo inicial en la revista Foreign Affairs del verano de 1993, en el que el concepto aparece entre interrogaciones, se pasa a la formulación afirmativa y enriquecida del libro: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Es llamativo que la teoría del “fin de la Historia” coincidiera en el esquema de presentación. Fukuyama presenta su teoría en el verano de 1989, publicando un artículo en la revista The National Interest, titulado ¿El fin de la historia? (The End of History?). Sí, también entre interrogaciones. En 1992 el artículo se convierte en libro, bajo el nombre El fin de la historia y el último hombre (The End of History and the Last Man). Sí, un poco más largo y perdiendo la interrogación. El mismo esquema que sigue Huntington después. Casualidades. Más importante que la sugerente anécdota, la exposición de Huntington llama la atención por su tono abiertamente funcional en favor de unos intereses, los de la civilización que él llama Occidental. Un tono militante y maniqueo que se permite bajo su personalidad autoral de agrio polemista. Una composición de influencias no a fin de enriquecer sino de simplificar sus postulados, construyendo un frankestein con partes de Arnold J. Toynbee y de Bernard Lewis. Huntington no es original en su tesis, sino funcional. La formulación del “choque de civilizaciones” la toma prestada del británico Bernard Lewis, que la incluye en un texto publicado en 1990 en la revista Atlantic Monthly, de título impactante y apasionado: Las raíces de la furia musulmana (The roots of the muslim rage); se puede presuponer la objetividad que domina la obra. Huntington, como Lewis, considera las civilizaciones entes perfectamente homogéneos, herméticamente clausurados unos a otros y condicionados a confrontar entre ellos. Una visión reduccionista y falsa de las civilizaciones, ajustando el concepto a su medida, sobre falacias sociológicas e historiográficas y reduciéndolo a una determinación religiosa. Para cerrar con un enfoque apocalíptico y justificar una ofensiva mundial que haga prevalecer los intereses de la Civilización Occidental.

Empecemos por la base. Huntington presenta un mundo dividido entre ocho y nueve civilizaciones: Occidente —Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Australia—, el Islam —el Norte de África, Oriente Medio, Afganistán, Somalia, Pakistán, Malasia e Indonesia—, América Latina —de México al Cono Sur, con carácter de subcivilización dependiente de Occidente—, Rusia —ortodoxa e igualmente con naturaleza de subcivilización bajo influencia de Occidente—, Japón —como Civilizacion Nipona—, China —y pequeños países como Vietnam o Singapur que constituyen la Civilización Confuciana—, la India —Civilización Hindú— la Civilización Budista —de países limítrofes al sur y norte de China—, la Civilización o Pueblo Judío —con sede estatal en Israel— y el África subsahariana. La delimitación, que toma por partida las 21 distinciones y la predeterminación que estableció Toynbee, resulta cuanto menos llamativa, al utilizar la religión como elemento determinante en ciertos casos, pero residual en otros. Así tenemos que ciertos países tienen por sí mismos una entidad cultural propia y circunscrita a su espacio, como India, o como Japón e Israel, aun siendo geográfica y demográficamente reducidos. Y que otros, alejados y con abundantes diferencias religiosas, como EEUU —católico y protestante— y Europa —católica, anglicana, laica— se encuentran conectados e incluso desarrollan una conexión en sus antípodas, con Australia. ¿Religión y civilización? Según para qué y para quién. Realmente, lo que parece haber delimitado el mapa de civilizaciones de Huntington no son los componentes culturales, ni siquiera religiosos, sino los económicos. Europa y Norteamérica, junto a Australia, caen en una misma civilización porque coinciden en sus sistemas socioeconómicos, un capitalismo desarrollado, de fuerte monopolismo. Así se entiende que España se encuadre enfrentada a nivel de civilización, según Huntington, con America Latina pero no con Australia. Se explica también que potencias económicas como Japón, con formas de gobierno iguales a las occidentales, supongan un adversario potencial. Qué decir de China, Rusia o India. Es Occidente contra todos, tal y como lo expresa Huntington en su artículo del 93: “Occidente vive en estos momentos un apogeo extraordinario de poder en relación con las demás civilizaciones. La superpotencia rival desapareció del mapa. Un conflicto armado entre estados occidentales es inconcebible y su poderío militar es inigualable. Aparte de Japón, Occidente no enfrenta desafío económico alguno. Domina las instituciones políticas y de seguridad internacionales y, junto con Japón, las instituciones económicas internacionales. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia resuelven los problemas de política y de seguridad internacionales; Estados Unidos, Alemania y Japón, los problemas económicos, y todos juntos mantienen entre sí relaciones extraordinariamente estrechas, excluyendo a los países menores, en su mayoría no occidentales. Las decisiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o del Fondo Monetario Internacional, reflejos de los intereses de Occidente, se presentan al mundo como respuesta a los deseos de la comunidad mundial. La misma frase “comunidad mundial” se ha convertido en un eufemismo colectivo —que sustituye a “Mundo Libre”— para dar legitimidad mundial a medidas que reflejan los intereses de Estados Unidos y otras potencias occidentales. Los dirigentes occidentales afirman casi de la misma manera que actúan en nombre de “la comunidad mundial”.

Identificando que la lógica que camufla la división de civilizaciones de Huntington es la de los intereses económicos de los Estados Unidos, se comprende el planteamiento de antagonismo con el mundo musulmán y la simplificación de éste. Dentro del mundo islámico existe una cantidad tal de divergencias interpretativas como ocurre en el cristianismo, sin embargo, Huntington simplifica su naturaleza, con el fin de sostener la previsibilidad beligerante que él le asume; y va más allá, se muestra crítico con quienes enarbolan un discurso no reduccionista del islam. “Algunos occidentales —asevera Huntington— han afirmado que Occidente no tiene problemas con el islam, sino sólo con los extremistas islamistas violentos. Mil cuatrocientos años de historia demuestran lo contrario”. En la visión huntingtoniana el islam es un enemigo natural de Occidente que tiene su hábitat primordial en el Oriente Medio. Ha cundido este discurso falaz, que identifica al mundo árabe como cuna y patria única del islam, a pesar de que sólo el 15% de los musulmanes del mundo se encuentra en dicha región, y de que el país con mayor número de población musulmana es Indonesia. Debería generar controversia el hecho de que la cruzada occidental contra el terrorismo yihadista, bajo el vehículo ideológico del “choque de civilizaciones”, haya tenido como objetivos principales precisamente tres países laícos del Oriente Medio: Irak, Libia y actualmente Siria. Resulta casi burdo esgrimir la flagrante evidencia de que unas mismas fuerzas sean rebeldes y ejércitos de liberación en Siria y Libia y terroristas en París. Y que países como Arabia Saudí, una teocracia donde impera la Sharia —las mujeres no pueden conducir, la homosexualidad está penada de muerte, por dar un par de ejemplos—, no suponga amenazas al Occidente democrático, al menos mientras sea el aliado petrolero de los Estados Unidos y la Unión Europea, claro está.

Huntington murió en diciembre de 2008, dos meses después del anuncio del quiebre de Lehman Brothers, es decir, en el mismo silbido inicial de la actual crisis del capitalismo, la mayor en la historia del sistema. Los últimos años de su vida los dedicó a alertar sobre los peligros de la inmigración centro y sudamericana hacia los Estados Unidos, como factor de riesgo para la desaparición de la que él considera identidad histórica estadounidense, la blanca, anglosajona y protestante, es decir, la suya, los famosos wasp —White Anglo-saxon Protestant—. Su propuesta de choque entre civilizaciones se vertió en los últimos tiempos  —como siempre hizo, pero más claramente— no hacia una extensión de los valores occidentales, sino hacia un reforzamiento de los mismos dentro de sus fronteras como forma de apoyo a las intervenciones militares en el extranjero. A fin de cuentas, parece que Huntington sí acertó, aunque lo callara, en un hecho del presente y del futuro próximo: que el capitalismo y el poder de las hoy sus potencias principales entraba en una fase no de extensión, sino de desmembramiento, y que si quería prevalecer debía cerrar filas y asumir un control interno y un belicismo externo de mayores dimensiones, algo que no es fácil de gestionar públicamente. El sistema impera en la práctica totalidad del planeta, con diversas formas gubernamentales rigiéndolo en diferentes etapas de desarrollo por regiones y naciones, consecuencia de la centralización exacerbada de capitales y evidenciando las leyes de desarrollo desigual que operan en su seno. Huntington entendió que la única manera de alargar tal dominación es con el paso a formas de control más autoritarias, utilizando la xenofobia, el racismo, los nacionalismos y las religiones como vehículos ideológicos de cruzadas socioeconómicas. Porque el mundo no se divide en civilizaciones, sino en clases, y eso no desapareció con el fin de la URSS, por mucho que le pese a Fukuyama y como bien sabía Huntington. Y las confrontaciones, por tanto, solo pueden ser, en el fondo, de ese tipo. Los atentados de Charlie Hebdo sirvieron para tocar las cornetas de la última cruzada a Tierra Santa, allá donde los pozos de petróleo.

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