El gálata moribundo, o la imposibilidad de derrotar a un hombre

Cuando Byron se encontró con él pensó que era otra persona. Una equivocación común de la época. Durante años, por más de un siglo, se pensó que el Galo moribundo de Pérgamo había sido un gladiador extranjero muerto en Roma. El cuerpo desnudo de aquel hombre, herido de muerte y postrado con apesadumbrada honorabilidad sobre su espada caída, la cabeza inclinada, mirando un punto infinito del suelo, observando con silenciosa dignidad y pena la muerte cercana. La estatua del Galo o Gálata moribundo, tal y como fue, tal y como se conoce hoy, que se erige y yace en los museos capitolinos, se consideró durante los siglos XVIII y XIX la representación de un gladiador muerto en la arena del circo romano. Su fuerza, independientemente de la identidad del protagonista, la hizo desde entonces una figura de culto. Lord Byron, en sus viajes por el continente dio con ella en Roma, y la evocó en su libro Las peregrinaciones de Childe Harold

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Fruto de otra peregrinación personal, obligada y nunca resuelta, di yo hace cerca de cuarenta años con la misma estatua que Byron a comienzos del XIX. Fue en Roma también, un día de enero de 1975, cuando me encontré con el Gálata moribundo. Y fue inmediato: no pude apartar mi vista de aquel hombre, porque allí había un hombre. Era casi terrorífico contemplar la humanidad de aquella piedra moldeada, como si bajo la superficie de mármol realmente hubiese un corazón latiendo, vivo y observando  trágicamente, durante milenios, a los asombrados testigos de su muerte. Yo estaba en Roma procedente de París, para cumplir con una tarea que ahora no viene al cuento —cuestiones del exilio y la clandestinidad en la España franquista—, pero que me dejaba una parte importante del día abandonado a la espera y al deambular. Entre tanto tiempo muerto aproveché los pocos días en Roma para conocer sus tesoros. Y ante aquella estatua, que en un primer momento también consideré la representación de un gladiador, me quedé absorto y conmovido. Nunca un gesto, una actitud, me habían sobrecogido tanto como aquella, inmortalizada en piedra. 

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El Galo moribundo fue la obra que me presentó el arte helenístico y uno de los lugares más excepcionales que debieron existir en la Antigüedad: Pérgamo, ciudad y reino, en la costa de la actual Turquía. Fue una de las ciudades renacidas tras la muerte de Alejandro Magno, como consecuencia de las luchas por el poder de sus sucesores. El linaje de los atálidas se hizo con su dominio en el 282 aC, aprovechando el revuelto panorama de las guerras entre los gobernadores regionales del fallecido Alejandro. A lo largo de los casi dos siglos que la dinastía atálida se mantuvo en el poder en Pérgamo, no sólo hubo de enfrentar la continuidad de enfrentamientos nacidos a la muerte de Alejandro, sino los intentos de invasión de tribus galas que abrían expedición por Asia Menor. Eúmenes, el segundo de los atálidas al frente de Pérgamo, fue el primero en contener a los galos, sin embargo, sería durante el reinado de su sucesor, Átalo I, cuando Pérgamo libró las batallas más cruentas con estos pueblos celtas. Cuentan las historias que el espíritu guerrero de los galos era legendario y el temor que provocaba dicha bravura en sus enemigos, completamente merecido. Los enfrentamientos definitivos entre Pérgamo y los gálatas datan del 230 aC, aproximadamente. La ciudad estaba ya convertida en una de las más importantes capitales culturales del mundo —había fundando la que sería biblioteca más importante después de Alejandría— y se consolidaba como uno de los centros de producción más destacados de la escultura helenística. Una ciudad característicamente culta que tenía la personalidad y la originalidad de conmemorar sus victorias militares mediante el tributo y la honra a sus enemigos derrotados. Era tal la dimensión legendaria de las tribus galas en el combate que el hecho de vencerles era una mención de honor para quien esto lograra. Y la mejor manera que Pérgamo encontró de alabar su propia victoria sobre los memorables guerreros galos fue honrando la dignidad de tan altos adversarios. Este es el origen del grupo escultórico del que formó parte en origen el Gálata moribundo. Otra obra maestra de la historia de la escultura es el Galo suicidándose, en contraposición al valor pausado del guerrero moribundo esperando la muerte. 

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Los dos guerreros galos que miran de cara a la muerte, una vez derrotados, son dos de las obras maestras del arte de todos los tiempos. El Galo suicidándose, también conocido como Galo Ludovisi —por la villa de donde ambos fueron rescatados en el siglo XVII—, es uno de los ejemplos técnicos más complejos y completos de la escultura clásica, una obra capaz de ofrecer dramatismo y concebida para ser contemplada desde todos los ángulos. El Galo suicidándose es del más genuino arrebato helenístico, de terribilitá miguelangelesca mil quinientos años antes. El Gálata moribundo, de compasión más sencilla, encierra en su quietud un profundo misterio. Y esto es lo que conmueve. Tal vez porque cualquiera de nosotros, enfrentados a la muerte en circunstancias tan violentas como las de estos antiguos soldados, desearíamos tener la entereza de esperar la muerte como ese hombre, sumidos en el silencio o el ruido de nuestra propia conciencia, y porque elegiríamos también ese final que el atormentado de clavarnos una daga en el corazón.

El Gálata moribundo me sirvió de secreta inspiración durante años, de amigo mudo y ejemplar en los momentos duros. Representaba la resistencia, la posibilidad de no estar vencido ni ante la aparente derrota, la prueba de que el triunfo del enemigo no significaba necesariamente que nos hubiera vencido. Un hombre que no le teme siquiera a la muerte, que sabe convertir todo el peso de una gran tristeza en un legado de dignidad, no puede ser un perdedor, menos un derrotado. Con los años le seguí la pista a aquel galo, y descubrí que aquellos mensajes que me parecía intuir en su milenaria dignidad, en efecto, confirmaban la teoría de que no era símbolo del vencido, sino del resistente. Descubrí los versos de Lord Byron —otro que murió en tierras griegas—, que lo había confundido con un esclavo gladiador, pero que supo identificar los universales pensamientos de aquel hombre antes de convertirse en piedra. Y di con la existencia del símbolo, de las múltiples copias y versiones, más o menos parecidas, de la estatua de Pérgamo. El galo que Lord Byron y yo vimos en Roma es, de hecho, una copia romana del original —posiblemente esculpido en bronce y no en mármol—, hoy desparecido. En el siglo XVII fue rescatado del desamparo de la Villa Ludovisi y, antes de que Napoleón lo confiscara y se lo llevara brevemente a París, tuvo tiempo a extender su leyenda. Se convirtió en una obra abundantemente reproducida, surgieron copias y versiones por toda Europa. Era habitual, incluso, la fabricación en serie en pequeño formato, como adorno doméstico. A lo largo de estos años he tenido la posibilidad de encontrarme con algunos de estos gálatas moribundos repartidos por el mundo, como el del Orstedsparken de Copenaghe, o el de Wiltshire, en Inglaterra. A mediados de los años 80, en Madrid, conseguí hacerme por un absoluto golpe de suerte con una pequeña reproducción, ideada como pisapapeles; hoy por internet se puede obtener una miniatura por poco dinero y sin mayor pérdida de tiempo. 

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Este pasado otoño el gran Museo de Pérgamo, en Berlín, cerró sus puertas por un período de cinco años, o el tiempo estimado que les lleve la reparación y labores de restauración del edificio. Leí la noticia en los diarios el mismo día que viajaba a Roma, a donde no había vuelto desde aquella vez en los últimos años del exilio. En esta ocasión viajaba con un motivo muy diferente, visitar a mi hijo, de beca Erasmus en su último año universitario. Y por supuesto, acudí a reencontrarme con mi callado amigo. Lo hice acompañado por mi vástago, a quien le conté toda esta historia. El galo seguía muriendo y resistiendo, cuatro décadas después de nuestro primer encuentro, como lleva haciéndolo más de dos mil años. Sigue igual de joven. Otros no podemos decir lo mismo. Solo esperamos que nos llegue el momento fatídico y sepamos mirar con su osadía, y podamos recordar, como Byron imaginó que el galo hacía, a nuestros hijos corriendo y jugando, felices e inconscientes de las batallas que les habrán de llegar.

…poco a poco va postrándose su desfallecida cabeza, y de una herida que tiene abierta en el costado fluyen una a una las últimas gotas de su sangre, gotas pesadas como las primeras de una lluvia de tempestad… (Las peregrinaciones de Childe Harold, Lord Byron)

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