Birdman, el más difícil todavía

¿Han probado alguna vez a prepararse un bocadillo con todas las cosas que les gustan? Un bocadillo de pimientos verdes fritos, bacon crujiente, filete de pollo empanado, queso muy curado, remolacha, atún con tomate y chocolate fondant. Algo así sería el mío, todo lo que me gusta junto. Un experimento de ambición máxima, casi de megalomanía, como escribir, dirigir, producir y protagonizar una obra de teatro, por ejemplo. El tipo de cosas que no salen bien. Como los grupos totales con estrellas de diferentes bandas que se pusieron de moda en el pop-rock de finales de los 70. O los equipos de fútbol plagados de estrellas. Pues bien, Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), el quinto largo de Alejandro González Iñárritu es un experimento de este tipo, un bocadillo total. Un más difícil todavía que, sorprendentemente, le sale bien a su creador.

Birdman

Una comedia dramática, una alegoría filosófica sobre el sentido de la vida y la identidad personal, un plano secuencia (falseado) de principio a fin de cinta, con elipsis temporales incluidas, juegos metacinematográficos con el reparto, crítica al show business y al mundo 2.0, banda sonora original con solos de batería jazzística. Y más cosas. Un tono hilarante, fantástico, crítico, filosófico. Un guión de acciones, teatral y literario en lo discursivo y en la estructura, pero poderosamente visual. Una fotografía radical, efectista, de contrastes entre cálidos y fríos, entre interiores y exteriores, entre noche y día.

En Birdman todo es excesivo (menos una cosa). Lo que hay de pretensión se viste casi de autoparodia. Como film sobre el mundo del teatro, se sitúa en primera línea de referencia, junto a títulos modernos como Abajo el telón de Tim Robbins, Balas sobre Broadway de Woody Allen o la setentera Opening Nights de John Cassavetes. Como film con protagonista con alucinaciones, también destaca, gracias a un personaje construido sin manierismos, inconcluso y predecible, al que corona el impepinable acierto de elección del ex-héroe Michael Keaton. Como film de autor, de Iñárritu, es su mayor logro, desprendido de la intensidad también desaforada de sus cuatro primeros dramas. Birdman es su mejor película, diferente a todas, en la que vuela a las alturas que apuntaba Amores Perros. Y como peli de Hollywood… funciona, porque esa cosa única en que Birdman no se excede es en la crítica a Hollywood, lo suficientemente agridulce, lo bastante amable como para permitirle a los estudios no solo tolerarla, sino beneficiarse de ella, incluso premiarla. 

Entre las nominadas a los Oscar de este año se sitúan como favoritas, precisamente, Birdman y El gran hotel Budapest, junto a Boyhood. Tres películas que representan ese cine industrial de grandes minorías. Es el año del lavado de cara hollywoodiense, si finalmente alguna de estas tres buenas películas sale triunfadora la noche de los premios de la Academia americana. Llegados a este punto, permítaseme que haga mi apuesta sobre los Oscar. Ningún espacio más propicio, como se verá, ante el sentido de la misma: porque presiento que será Birdman la que se lleve las estatuillas más preciadas y que, en cualquier caso, podría compartir algo con Boyhood y Linklater. Me arriesgo a decir que será así, porque el justo merecimiento de todo premio entre los nominados de esa gala debería recaer en Wes Anderson y su El gran hotel Budapest, una de las mejores películas del año y estandarte de una de las filmografías más serias y originales del nuevo siglo.

En definitiva, sería extraño no disfrutar viendo Birdman, especialmente los dos primeros tercios de film, llevados por un ritmo sincopado e intenso, por un memorable duelo interpretativo entre Edward Norton y Michael Keaton, y por una trama valientemente disparatada. La parte final quizá se remuevan en su butaca, el pulso decae, porque a fin de cuentas no se puede correr una maratón a ritmo de milla, pero se llega con una sonrisa a meta, descuiden. Y si nada les gusta, si después de las dos horas extenuantes consideran que han perdido miserablemente el tiempo, al menos quédense con la cita inicial, los versos del Último fragmento de Raymond Carver. Si no lo conocían, será un hallazgo que no debieran olvidar. Si ya lo habían leído, debería ser siempre un placer rememorarlo.

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