Vicente Aleixandre y Velintonia, la casa irredenta de la poesía

Se sabe que el tipo de árbol más grande del mundo es la conocida secuoya o secoya gigante, que solo se encuentran en la Sierra Nevada de California. También se le conoce, además de por su nombre científico, Sequoiadendron giganteum, por otro, el de Wellingtonia.

En los años 20 en Madrid había una calle en los barrios —entonces periféricos— cercanos a Ciudad Universitaria con ese nombre: Wellingtonia. Una callecita corta en ligera curva, en el Parque Metropolitano. Hoy la calle sigue existiendo, pero no con ese nombre, sino con el del más emérito de sus vecinos, el poeta Vicente Aleixandre

Aleixandre y su familia —padres y hermana— se mudaron al número 3 de la calle Wellingtonia en 1927. Allí vivió el poeta hasta su muerte, en diciembre de 1984. El propio Vicente utilizó por poco tiempo el nombre inglés de su calle, pronto castellanizo el remite de sus cartas, que partían de Velintonia 3. Y así se referirían a aquel lugar de pronta aura mágica no solo él, sino las amistades y los colegas que conformaron la más excelsa generación literaria de España. Velintonia 3 adquirió rango de club sin horario para los poetas y amigos del entorno de Vicente Aleixandre. 

aleixandreVicente Aleixandre, en su casa de Velintonia 3 / Foto: Asociación Amigos de Vicente Aleixandre

El 14 de abril de 1931 Vicente acude con su amigo Luis Cernuda al júbilo republicano en la Puerta del Sol. Dos años más tarde recibe el Premio Nacional de Literatura por “La destrucción o el amor”. Son tiempos determinantes, tanto profesional y personalmente como a nivel social. Esos años finales de la República, antes de la guerra, serán también los de la relación con un joven amigo de Federico García Lorca, llamado Andrés Acero, un ser real con un nombre tan perfecto que resulta inverosímil, que parece un pseudónimo. Vicente y Andrés vivirán, tal vez, una de las historias de amor más tristes y hermosas —como todo lo que aconteció en España en aquella época— que hayan tenido secreto lugar. La guerra y el fascismo la detuvo, como tantas otras. Ese momento de inflexión en la historia de España, que marcó indeleblemente el rumbo del país y la identidad del mismo para siempre, lo fue también para Velintonia 3. La casa fue una antes de la guerra y otra después de ella.

Durante la guerra, los barrios norte de Madrid tuvieron que ser desalojados, convertidos en frente de guerra. Los Aleixandre se mudaron ese tiempo a casa de unos familiares en una de las zonas que hoy consideraríamos céntricas de la capital. Allí Vicente Aleixandre se despidió de Andrés Acero y uno a uno de la mayoría de poetas de la generación del 27, que partían al exilio. Una época moría. Pablo Neruda recordaba en verso: 

Me gustaba Madrid por arrabales, 

por calles que caían a Castilla […] 

mientras enderezaba mi vaga dirección 

hacia Cuatro Caminos, al número 3 

de la calle Wellingtonia 

en donde me esperaba 

bajo dos ojos con chispas azules 

la sonrisa que nunca he vuelto a ver 

en el rostro 

—plenilunio rosado— 

de Vicente Aleixandre 

que dejé allí a vivir con sus ausentes.

Aleixandre fue uno de los pocos del 27 de quienes habían apoyado activamente a la República que decidió permanecer en España. El franquismo que —pese a dar rienda suelta a los años más duros de la represión— no quería tener otro Lorca ni otro Miguel Hernández se conformó con marginar silenciosamente a Vicente Aleixandre. Podía quedarse para siempre en su casa de Velintonia 3, marchitándose en el recuerdo de los asesinados, en la añoranza de los partidos al exilio. Pero la barbarie se equivocó, de nuevo, porque Velintonia 3 se convertiría en un emblema de todo lo que era contrario al fascismo, de lo más hondo y sentido de la dignidad humana. La casa de Vicente Aleixandre fue una embajada secreta de la poesía, y de todo lo que la poesía representaba con rabiosa y melancólica fuerza en aquella España. Había crecido un lugar de naturaleza cuasi mítica en una recóndita callecita del norte de Madrid capital, una fantasía y una leyenda real, un centro clandestino de peregrinación para los jóvenes poetas de las nuevas generaciones, los que se consolidarían y otros de quienes jamás se escuchó hablar. Velintonia 3 era la casa de la poesía. El fascismo prefirió ignorarla, a fin de cuentas no se puede destruir una casa hecha de versos, porque bajo sus ruinas arraigan siempre otros de tanto o más hondo calado.

Velintonia 3 se convertiría en un emblema de todo lo que era contrario al fascismo, de lo más hondo y sentido de la dignidad humana. La casa de Vicente Aleixandre fue una embajada secreta de la poesía, y de todo lo que la poesía representaba con rabiosa y melancólica fuerza en aquella España.

En 1927, Vicente Aleixandre plantó un cedro que apenas medía 30 centímetros en el jardín de Velintonia 3. Hoy es un árbol robusto. Ya lo era en 1977, cuando el poeta recibió el premio Nobel de Literatura. Curiosamente, el cedro está protegido por ley. Lamentablemente, es el único elemento de Velintonia que lo está. Después de la muerte del poeta, su casa dejó de ser una isla secreta y resistente. Entró en una tercera fase de su historia, dominada progresivamente por las ruinas y el olvido. Vergonzosamente, tras treinta años desde la muerte del premio Nobel, ninguno de los sucesivos equipos de gobierno de España ha actuado con el respeto que merece un emblema nacional —y universal— de nuestra cultura. En el país de la venalidad, de la dictadura infinita, no hay dinero para hacer de Velintonia 3 un centro cultural público, la sede obligada de una Fundación Vicente Aleixandre, por ejemplo. La disputa económica entre los herederos y la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Cultura nunca se ha resuelto. La Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre ha hecho de Velintonia 3 su causa, poniendo la voz ya no de la sensatez, sino de algo más, del respeto elemental al patrimonio histórico y cultural de un país.

velintonia 3, vicente aleixandreCasa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en 2011 / Foto: Asociación Amigos de Vicente Aleixandre

Son las circunstancias, históricas y mundanas a un mismo tiempo, las que al fin hacen surgir las leyendas, traducción y bandera de la justicia irredenta en tiempos de barbarie. Velintonia no es ya un lugar real sin más, sino un territorio mitológico en el mapa de la cultura universal. Su estado de ruina creciente pone de manifiesto la vigencia de su significado histórico. Siguen los bárbaros en el poder. ¿Han de simbolizar siempre los poetas, la poesía, una causa perdida? ¿Es España un caso excepcional de esto? No, a ambas preguntas. No lo creo. Se suele decir que en cualquier otro país de Europa Velintonia 3 ya habría pasado a una fase no de ruinas sino de póstuma y cultural utilidad pública. Yo no estoy tan seguro, no considero que los gobiernos del resto de Europa sean menos incapaces que el nuestro. Mas bien creo que, a buen seguro, en todos los países habrá casos similares al de Velintonia, silenciados de fronteras para fuera y de puertas para adentro, como ocurre con la casa de Vicente Aleixandre y con el propio poeta y su obra.

Décadas después de la muerte de Vicente Aleixandre, la realidad nos impone el tema a recordar, convertido en acción de protesta. Podríamos hablar de su obra, del cosmos y del hombre aleixandrianos, citar versos y poemas enteros. Pero hablamos de la causa aleixandriana hoy. Podríamos hablar del hombre, de la vida sufrida del poeta, de sus amores, de su soledad en la isla de Velintonia. Podríamos hablar sobre otros poetas, sobre los días en que Miguel Hernández jugaba en el jardín del cedro aún mínimo, los días en que Federico García Lorca acudía con un bello joven de nombre perfecto a visitar al convaleciente Vicente Aleixandre. Pero hablamos del presente exigente y doloroso. Es el homenaje más puramente aleixandriano, el de la resistencia. Debemos mirar la raya azul del increíble crepúsculo, la raya de la esperanza en el límite de la tierra. Y con grandes pasos seguros, enderezarnos, y allí apoyados, confiados, solo, echarnos a andar…

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