Samuel Beckett, la culpa fue del ruido

En un pasaje de El extranjero, el juez preguntaba al indolente Mersault por qué había pegado cuatro tiros a un árabe al que ni siquiera conocía. Mersault achacaba el crimen al exceso de calor, en fin, no estaba seguro, sí, quizá la culpa fue del sol, señor juez. Y el juez condena a la horca a un psicópata que además se muestra incapaz de llorar en el velatorio de su madre, que está dispuesto a casarse con una chica a la que no ama, que mira al techo durante meses sin atrapar un solo pensamiento, y que simpatiza con un vecino maltratador porque le parece un buen tipo. Añadamos que camino del cadalso se entrega al mejor de los sueños: permanecer eternamente emparedado en el tronco hueco de un árbol, mudo, observando las nubes que pasan sobre su cabeza. ¿Alguien da más?  

Aquel extranjero psicópata que repugnaba al ciudadano solidario, al integrado social y al arquitecto de mundos racionales, tuvo a la vez el honor de erigirse en ídolo y modelo sagrado de nihilistas, existencialistas angustiados, ateos sin voluntad y pesimistas recalcitrantes. Mersault cautivó del tal modo a la familia de los intelectuales descreídos, que el mismísimo Camus decidió desentenderse para siempre de semejante monstruo. Sin embargo, aniquilar los engendros nacidos de la imaginación no resulta fácil. De hecho, mientras Mersault se balanceaba en la soga de aquel patio carcelario, su alma salía del cuerpo frío en busca de otro caliente donde inocular su veneno asocial. Y lo encontró en las entrañas un individuo despistado que paseaba por las calles aledañas de la prisión. El individuo se llamaba Samuel Beckett.

Samuel Beckket, Esperando a GodotSamuel Beckett, Nueva York, 1964 / Foto: Bruce Davidson/Magnum

Así, fortuitamente, el Alien anidó en el dramaturgo, quien lejos de extrañar a la criatura, la acogió como a un alma gemela y creó con su ayuda una sociedad limitada, encantadoramente autodestructiva. Por supuesto el tándem Beckett-Mersault superó con creces la apatía de otros personajes literarios igualmente célebres por su indolencia. Superó al lánguido Oblomov (así lo llamaba una de sus amantes cuando lo veía durante semanas petrificado bajo el embozo de una sábana), a su lado el hombre sin atributos de Musil era un romántico apasionado, y el Andrés Hurtado de Baroja un relaciones públicas de casino. Con el mérito añadido de que mientras esos personajes exhibían su cómoda desidia amparados por un universo de ficción, él aireaba la suya a pecho descubierto. 

De igual manera  el extranjero Beckett  estuvo a punto de morir una noche a manos de un proxeneta que nunca atinó a explicar el motivo del asalto, quizá la culpa fue de la luna (hubiera dicho, de haber sido un admirador de Camus); tampoco Beckett supo llorar la muerte de su padre y aceptó el amor de una joven (hija de Joyce para más señas) a la que dejó morir sin aprender a quererla. Ocurría que Beckett atesoraba un extraordinario talento para la infelicidad, siempre atizada por unos recuerdos que, de creer sus declaraciones, solo le permitían adentrarse en la memoria de su vida prenatal, en un océano de líquido amniótico donde el feto dublinés ya olía el hedor de la muerte antes de haber nacido.

Sí, Beckett fue una prodigiosa anomalía con vocación de nada, un psicópata cuya terapia contra el terror consistió al principio en buscar la protección de la odiosa palabra. Sólo al principio, pues su trayectoria literaria refleja una relación de necesidad primero y de odio irracional después hacia el lenguaje, del mismo modo que Mersault odiaba a los árabes y los proxenetas odiaban a Beckett. Como un sacerdote que detesta a Dios, él acabó entendiendo que el aparente salvavidas de la literatura devenía en una insoportable carga llena de furia y de ruido, nada más. Por ello, al cabo, se embarcó en un proceso de destrucción personal, visible en su rostro cada día más erosionado y en su verbo, más leve cada página.

Pues bien, en ese viaje psicópata de aniquilación tardía de la lengua radica su originalidad. Cierto que otros intentaron del mismo modo acotar el lenguaje. Rilke y Juan Ramón, por ejemplo, se afanaron en convertir la palabra en la cosa misma; Foucault, quiso disociar el lenguaje del objeto. En cambio, para Beckett la palabra ni sustituía a las cosas ni alcanzaba esa  categoría de diosa autorreferencial, creadora de universos habitados solo de fonemas. Al contrario, después de manosearlas durante toda su vida, Beckett terminó entendiendo que la mejor palabra es la que enmudece y deja de hacer ruido, la que nos adentra en el vacio de la nada. La mejor palabra es la palabra muerta. Y a asesinarla fríamente dedicó los últimos años de su vida.

En nada se parece su recorrido al típico ejercicio de depuración a lo Carver, esos jardineros orondos que podan con mucho cuidado un adjetivo por aquí, un adverbio por allá, dejando siempre tan coqueto y minimalista el jardín de sus cuentos. No, Beckett, el  caníbal en serie, el octavo pasajero, el alcohólico, el ateo en un país de católicos, el amante sin corazón, el enfermo prematuro, el estragado por el dolor que ya lo acechaba en el útero materno, devoraba las palabras a dentelladas, las digería y luego las expulsaba transformadas en abono, su verdadera esencia. 

Sí, la palabra hacía demasiado ruido, un ruido insoportable, por esos sus libros las expulsaban, por eso rechazaba expresarse en la lengua materna, pues al calor de la facilidad las lenguas se desbocan. Y aquellos libros torrenciales del comienzo, Molloy, El innombrable,  fueron consumiéndose, primero en discursos desintegrados, como Final de partida, más tarde en cosmovisiones de siete páginas, por último en vahídos de 35 segundos donde ya solo cabían respiraciones. Asesinato consumado.

Nos podemos imaginar la secuencia del diálogo en el juicio final camino del Parnaso, y al juez preguntándole por qué había matado las palabras de una obra a la que tanto debía, la celebridad, el Nobel. No sé, no estoy seguro señor juez, las palabras gritan, nunca quieren callarse, sí, supongo que la culpa fue del ruido.

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