Olive Kitteridge, la piedra preciosa de la HBO

¿Conocen la sensación de observar a alguien querido sin que se dé cuenta? Alguien especial que se gira y da la espalda. Mirar entonces unos segundos la figura que desquicia y que se ama. Suele ocurrir en silencio, después de alguna frase lacerante o definitiva. Todas las contradicciones se reflejan en una imagen. Si todo sigue un curso benigno, habrá más miradas de ese tipo a lo largo de la vida. Centenares de momentos secretamente violentos que apuntalan la felicidad en el tiempo. A veces no se llega a comprender jamás. ¿Qué puede simbolizar la persona amada vista de espaldas? ¿Qué significado tiene esa mirada secreta?

Olive Kitteridge, miniserie de cuatro episodios producida por la cadena estadounidense HBO, dirigida por Lisa Cholodenko e interpretada por Frances McDormand —también productora ejecutiva—, adapta el premio Pulitzer de la escritora Elizabeth Strout. Las historias de un pueblo de Maine —Nueva Inglaterra, EEUU— vertebradas alrededor de una profesora escolar de matemáticas —la Olive del título— de insoportable amargura.

olive kiitteridge, frances mcdormandFrances McDormand como Olive Kitteridge / HBO

En cuatro capítulos, emitidos en dos noches, la HBO ha dejado este otoño su última joya. Cuatro horas que dan para contar con toda la gravedad requerida algo más de dos décadas de unas vidas de esas llamadas anónimas. Olive Kitteridge declara sus intenciones desde el minuto uno. Unos títulos de crédito iniciales preciosistas —en el estilo y el ritmo de Six Feet Under (A dos metros bajo tierra), aquel melodrama excelso que también HBO regaló en cinco temporadas a principios del siglo— proclaman con elegante pero rotunda claridad que la obra que presentan no es un mero entretenimiento televisivo. En primer lugar, la firma de la directora del film —sí, film—, Lisa Cholodenko. A continuación, el nombre de la protagonista, Frances McDormand. Y después, entonces sí, un título que aparece casi como un lema en la pantalla: Olive Kitteridge.

Cada una de las cuatro partes de este film en formato de miniserie presenta y dibuja personajes magistrales en su profundidad dramática, vestidos de una naturalidad que se confecciona en el detalle costumbrista —que no acostumbrado—, original y trascendente. El guión, que parte de un gran flashback inicial, alterna magistralmente diferentes épocas, complementando las historias y los personajes que se abren y presentan en unas y otras. El desarrollo y la veracidad de lo contado permite licencias como la de incluir una pianista de ensueño —irreconocible y camaleónica Martha Wainwright— en un bar de ensueño en un pueblo perdido del extremo noreste estadounidense… será un gusto disculparlo.

Olive es un personaje que podría dar por sí misma identidad a un tipo concreto de misántropo. Aquel que se considera injustamente tratado por la vida, frustrado porque no tiene lo que cree merecer. La persona que construye sobre esa insatisfacción y sobre la aceptación de la misma una identidad personal. Olive es una fuerza de la naturaleza, que avanza sólo a base arrasar el camino transitado.

Frances McDormand ofrece la mejor interpretación de su carrera, secundada por un Richard Jenkins en la perfecta encarnación del buen tipo normal, el marido paciente y resignado a amar a una fiera, el vecino amable hasta decir basta, cargante pero adorable. Y por unos secundarios periféricos de mirada cansada y primer plano poderoso, el rudo melancólico interpretado por Peter Mullan, y el arrogante pausado que tan bien se ajusta a Bill Murray.

Sin embargo, personajes sin historia no sirven de nada. Y suele ser habitual encontrarlos, perdidos en historias que les impiden desarrollar su potencial. No es el caso de Olive Kitteridge. El film de Cholodenko aborda sin temor los grandes temas trágicos. Los amores frustrados, la nostalgia por un pasado mejor o idealizado, la paternidad, el suicidio y la pesadumbre de vivir cada día, las penurias de la vejez, la soledad. Y lo hace narrando con sobriedad y elegancia, fijando su atención en el transcurrir de los mal llamados tiempos muertos. Cada secuencia es una muestra sublime de los grandes temas de la experiencia humana en el suceder cotidiano y sencillo de la gente anónima. 

El dolor por la pérdida de un amor frustrado se afina en el contrapunto de un llanto inconsolable seguido por el chirrido de unos frenos en la carretera. La nostalgia que asfixia, en un ataque inesperado y agudo, cuando la piel de una manzana se convierte en una serpiente imaginada, peligrosa y excitante. La descarnada sinceridad y las recriminaciones hirientes de un matrimonio que prefiere una exculpación mutua antes que salvar la vida en una situación extrema. Los hijos que nunca dejarán de ser niños, amados como símbolos de un pasado jovial, hombres y mujeres que sólo importan en lo que fueron o lo que pudieron llegar a ser. La soledad, en la espera de la muerte de una mascota, en la amistad indeseable pero balsámica, en la radio permanentemente encendida que antaño no se soportaba escuchar. 

Y al fin, dos temas unidos que enlazan todos los demás: el amor y los muertos. De hecho, Olive Kitteridge hace recordar el conmovedor último relato de James Joyce en Dublineses, el famoso Los muertos. Uno de los personajes —otro marido resignado y sociable— del irlandés, dice: “Nuestro paso por la vida está cubierto de tales memorias dolorosas, y si fuéramos a cavilar sobre las mismas, no tendríamos ánimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vivientes”. Son palabras que podrían ser guía rectora del personaje Henri Kitteridge.

“Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana”, escribe Joyce. La misma sensación y sentimientos del bueno de Henri mirando a Olive, su insufrible amor, de espaldas fregando los platos de la cena, tras la ventana cuidando el jardín, arrodillada llorando a gritos un amor que no es por él.

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