Magic y Bird, Earvin y Larry

Suele ocurrir en los primeros años de vida, durante la infancia, el surgimiento de dos figuras que nos ayudan a construirnos íntimamente. Esas dos figuras que edifican nuestra identidad son las de un amigo y un rival. En función del grado de confianza que alcance la amistad y de la competencia que genere la rivalidad, la historia de nuestra vida tendrá o no más o menos repercusión al margen de nuestro fuero interno. El amigo y el rival, seres antagónicos cabría esperar en la historia de cada cual, suelen, no obstante, tener algo en común. Su intervención es habitualmente finita. El amigo se pierde o se desvanece. Al rival se le vence o nos derrota. Y lo que queda de ellos es una historia. También puede que no sea así, que el amigo no se pierda y que se firmen unas tácitas tablas con el rival. Incluso que nada de esto ocurra en la infancia. Más difícil todavía, que el amigo y el rival sean la misma persona. Y que uno mismo suponga a la vez ese híbrido personal para nuestro querido adversario. La historia de este relato es esa, la de dos amigos y rivales llamados Earvin y Larry, conocidos como Magic y Bird. 

El 26 de marzo de 1979 se enfrentaban en la final de la NCAA —la liga universitaria de baloncesto de EEUU— los Spartans de Michigan State y los Sycamores de Indiana State. Sus estrellas, Earvin “Magic” Johnson y Larry Joe Bird, respectivamente. Los de Michigan eran mejores, pero los de Indiana habían hecho pleno de victorias en la temporada regular. La cancha en Salt Lake City (Utah) a reventar y veinte millones de televisores expectantes. Magic y Bird vestían ambos el número 33 en sus camisetas, el mismo número que partidos llevaban sin perder los de Indiana, pero no hubo suerte para el rubio, Magic hizo un partido sensacional y Bird, con una defensa concentrada todo el partido exclusivamente en sus movimientos, no pudo hacer demasiado. Magic se llevó esa primera final y desplegó su encantadora sonrisa. El joven Larry Bird se sentó en el banquillo y ocultó su llanto cabizbajo bajo una toalla. Siempre dijo que aquella derrota fue la más amarga de su vida. El partido fue para ambos el principio y el final de algo. El final de un tiempo sombrío o alegremente solitario, en el que había una inocencia de sueño perseguido. Y el comienzo de la vida adulta, sombría o alegremente colectiva, el principio de una relación íntima entre ellos, a caballo de la rivalidad y la amistad aún lejana, pero ya con la callada necesidad del otro.

larry-bird-magic-johnsonLarry ayuda a levantarse a Magic, 1979

No habría más partidos universitarios. Magic fue elegido por Los Ángeles Lakers en el numero uno del draft y Larry Bird fichó por los Boston Celtics. Ni el mejor o el más burdo de los guionistas habría sido capaz de escribir dos personajes tan contrapuestos, tan arquetípicos. El chico negro, extravertido, jovial hasta el contagio, el alma de la fiesta. El chico blanco, introvertido, tímido hasta la patología, silencioso y solitario. Dos chicos pobres que se convierten en los mejores jugadores de basket de un país de dimensiones continentales. Uno a jugar a la costa Oeste, otro a la costa Este. La soleada Los Ángeles contra el frío Boston. Los personajes y la trama perfecta para otra historia —la de la NBA— que necesitaba un giro.

En los últimos años de la década de los 70 la NBA era una liga sumida en una grave crisis. Había sobrevivido por los pelos a la competencia de otra liga profesional —la ABA— que había surgido en aquellos años. La NBA tuvo que adoptar cambios en el reglamento del propio juego, modificaciones que la ABA había acertado a introducir —como la línea de triple—. Pero aún así, no levantaba cabeza. Las gradas se vaciaban, las audiencias caían y los patrocinadores se esfumaban. Pintaba mal la cosa. Porque no era solo basket. Las contradicciones raciales se expresaban nuevamente con creciente resonancia. Gran parte del público blanco se alejaba de una liga que les parecía demasiado negra. El estilo de juego que se había impuesto a finales de los 70 era radicalmente individualista. Larry y Magic, dos superdotados de la técnica pero sobre todo de la táctica y de la estrategia iban a arreglar el desaguisado.

En su primer año en la NBA, Larry Bird fue elegido mejor debutante, pero Magic Johnson alcanzó las finales y ganó el título para los Lakers con un memorable partido en el que asume el liderazgo del equipo tras una lesión del mítico Kareem Abdul-Jabar. Encesta 42 puntos, toma 15 rebotes y da 7 asistencias, jugando en todas las posiciones. Magic fue elegido MVP de las finales. Había nacido un nuevo estilo de juego con sede en Los Ángeles, el showtime. La veloz alegría de un colectivo con un líder que llevaba su sonrisa por bandera. La magia. El segundo año NBA de nuestros protagonistas sería para Larry. Ya dijimos que la historia era arquetípica. Magic vuelve a rendir bien, pero algunas lesiones y una mala relación con su entrenador acaban pasando factura. En el lado atlántico del país, el joven campesino Bird lleva a los Celtics a la final y la gana. Se fraguaba lentamente lo que todo el mundo esperaba desde 1979, el reencuentro, la madre de todas las batallas. Y ésta llegó en 1984. Al fin los Lakers y los Celtics de Magic y Bird disputaban la final de la NBA —la misma temporada que había debutado un joven llamado Michael Jordan—, al mejor de  siete partidos. Se disputarán los siete. Quién podía esperar menos.

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Los playoffs finales del 84 otorgaban la ventaja de campo a los Celtics, que habían sido mejores en la liga regular. Los Lakers llevaban dos anillos desde el inicio de la década, los Celtics uno. La serie se puso 1-2 a favor de los angelinos. Boston le dio la vuelta en el quinto, 3-2. Los Lakers ganan el sexto y sacan billete para jugarse el partido definitivo en Boston. Todo el mundo está allí, menos una persona, Larry Bird, que se encuentra en Salt Lake City cinco años atrás. Pero la historia no se repite, a Magic le puede la presión, por primera vez. Y Bird se la devuelve. Larry promedia 27 puntos por partido durante las finales. El título se queda en Boston y Bird es elegido con toda justicia MVP de las finales y también de la liga. Magic, por gracia de Kevin McHale —ala de los Celtics—, se convierte en Tragic. Y la sonrisa se apaga de vuelta a Hollywood. Larry Bird llevaba cinco años levantándose cada día y mirando lo primero las estadísticas de Magic la noche anterior. Ahora era Magic el que tenía al fantasma rival por delante, y él el que seguía su estela, el que llegaba tarde.

Los Lakers y los Celtics se repartieron 8 anillos de la NBA en la década de los 80, un equipo u otro estuvo siempre en la final, y tres veces coincidieron en ella. No tardaría en llegar la segunda final. En 1985, por segundo año consecutivo, Magic y Bird se medían por el título. El showtime ganaba. Los Lakers se llevaban el anillo, pero Larry Bird volvía a ser nombrado mejor jugador de la liga. En el 86 los Celtics llegaron a la final, pero esta vez no contra los Lakers, sino contra Houston. El título fue para Boston y el MVP de las finales y de la liga otra vez para Larry Bird. Pero ¿qué demonios pasaba? ¿Un blanco el mejor jugador de basket? ¿Estando Magic? Los blancos recalcitrantes le adoraban, y Bird pasaba de ellos. Los negros recalcitrantes le detestaban, también pasaba de ellos. Para unos era la “gran esperanza blanca”, para otros la “gran exageración blanca”. Ni una cosa ni otra. El lacónico Bird lo dejó claro. Cuando salía de la escuela iba corriendo a las canchas en su pequeño pueblo natal. Allí el tímido niño blanco era acogido por los negros que iban a las canastas al salir del trabajo, y hacía lo que más espontáneamente le salía, jugar al baloncesto, horas y horas, con los mejores jugadores, que solían ser los negros, él lo sabía. En aquel tipo no había, no podía haber, ni un átomo de racismo. En 1987, Celtics y Lakers volvían a encontrarse en la final. Sería la última gran batalla entre Magic y Bird. Los Lakers ganaron los playoffs por 4-2. Magic fue MVP de las finales, y al fin también MVP de la liga regular. Después de aquella final, Larry Bird, en rueda de prensa, con toda la honesta pesadumbre dijo “Magic es un gran jugador, el mejor que he visto jamás. Increíble. No sé qué decir”. Ese era Larry el silencioso. Pero es que para entonces, el rival ya era amigo.

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En el verano del 85, la marca de zapatillas Converse les convence para que graben un anuncio juntos. Magic aparece en una limusina en French Link, el pequeño pueblecito donde había crecido Larry y su refugio maternal. De eso iba el anuncio, tal cual. Explotar el significado de cada cual y de su ya mítica rivalidad. Pero ese día, Magic y Bird dejaron paso a Earvin y a Larry. Otra cosa hubiera sido insoportable. La madre de Larry cocinó y comieron juntos, en un ambiente familiar, donde Larry Bird —más uno mismo que Magic— hizo que su gran rival recordara qué era sentirse el joven Earvin Johnson. Y así quedaron las cosas. ¿Eran amigos? Quedaba mucho por jugar, pero eso ya lo hemos visto. Unas veces ganó uno y otras veces ganó otro. Las más ganó Magic. Larry dijo que era el mejor. Además, a él la espalda le había dicho hasta aquí hemos llegado, y comenzó a vislumbrar el final de su carrera. Pero el funesto guionista de la vida iba a escribir un último giro, esta vez inesperado y realmente original. El 7 de noviembre de 1991 Magic Johnson se presenta en todas las pantallas de televisión del mundo para dar a conocer que era portador del VIH. 

El SIDA, no había nada peor en aquella época. Nada que resonara con tal carga de sentencia a muerte, una muerte además muy dura. El desconocimiento común de la enfermedad era masivo. Magic era portador del virus, pero la gente sólo veía un muerto viviente ya. Es posible que no haya habido una noticia del mundo deportivo con tanta resonancia como la de aquel 7 de noviembre. Después de recibir la noticia y ver la rueda de prensa de su amigo, Larry le llamó por teléfono, solo para decirle “todo va a ir bien”, y escucharse el uno al otro monosílabos y necesarios lugares comunes, entre lágrimas que no se veían, pero que ambos escuchaban. Mucha gente le dio la espalda a Magic. Su máximo rival no lo hizo. Aquella noche los Celtics tenían partido. Larry Bird, en uno de los círculos durante un tiempo muerto, no pudo contener el llanto. Jugaban contra Atlanta y, por primera vez, no quería jugar al baloncesto, no sentía el juego —según sus propias palabras— y no podía ni quería estar allí. Así lo cuenta en la entrevista del bello documental de la HBO —Magic & Bird. A Courtship of Rivals, (2010)— que narra la historia de su amistad con Magic. En ese momento un mismo balón botaba solitariamente para ambos. Un balón de basket repentinamente abandonado, que cae pesadamente sobre el cemento de una cancha en la calle, que retumba, que muere, que ya no vuela, que despega del suelo cada vez menos, hasta quedar rendido.

Después de todo, aún hubo un final feliz. El Dream Team de Barcelona 92, la despedida conjunta de ambos formando el mejor equipo de la historia. Una historia arquetípica, ya se sabe. Y aún así, en la época de la dicotomía Messi vs Cristiano, la rivalidad entre Magic y Bird se presenta como algo diferente. El tándem que forman el argentino y el portugués no les llega ni a los talones a Magic&Bird. Una historia en un deporte que ya estaba lejos de ser ideal, pero que hoy sólo puede recordarse con añoranza. Triste negocio. Relatos de un baloncesto más romántico y menos musculado, como lo era el deporte en general.

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