La adicción secreta de Raymond Carver

Hay gente adicta a la cocacola, a las rebajas, a reventar pompas de plástico, a decorar soldados de plomo, incluso al sexo conyugal. Los escritores son gente y, por tanto, comparten las mismas adicciones. También les gustan los relojes de sol, los ansiolíticos, los cotilleos y los helados de pistacho. Pero además, algunos de ellos viven entregados a una adicción propia del oficio y mucho más devastadora que la heroína: la adicción a la palabra escrita.

No todos, cierto. Verdad que los adictos a las palabras las necesitan hasta tal extremo que se protegen del mundo envolviéndose en ellas de pies a cabeza. Son los escritores bulímicos y torrenciales, los góngoras, los lezamas limas, los umbrales y los galas, castores adictos que  se afanan incansables en formar un dique infinito donde siempre cabe una palabra más, aquellos dependientes que prefieren renunciar a  su pareja antes que a una metáfora audaz. Otros, en cambio, los escritores sanos, le manifiestan su respeto  conjurándolas con el silencio, pesando cada letra en una báscula de precisión y asesinando, como psicópatas del lenguaje, la que no encaje en la máquina perfecta de la página. Son los flaubert, los borges, los chejov, los valentes, los talladores de frases, capaces de  encajar universos infinitos en el espacio de un verso, aquellos que matarían por encontrar un grial con una sola palabra en cuyo interior se almacenaran todos los libros del mundo.

Raymond Carver fotografiado por Jerry Bauer/OpaleRaymod Carver / Foto Jerry Bauer/Opale

Pues bien, a Raymond Carver siempre lo hemos considerado el paradigma moderno del escritor sano, ese narrador que según Tim O´Brien “utiliza el inglés como una cuchilla”. Así nos ha parecido siempre y por esa proverbial capacidad de síntesis lo admiramos. Carver siempre fue el tipo duro que prefería decir John subía la escalera camino de su habitación a John ascendía con paso firme sobre el esqueleto de madera de un dinosaurio cuyo lomo barnizado comunicaba el hermoso salón con el cuarto del sueño donde una reparadora cama acunaría su exhausto corazón. Y por eso nos gusta.

Pero ahora sabemos que eso no es del todo cierto. Más bien al contrario, porque hemos descubierto que él compartía con otros la adicción a las palabras, a las explicaciones prolijas y a los subrayados. Sí, Carver también fue de los escritores que hubieran sacrificado a su pareja por una metáfora. ¿Qué pasó entonces con su célebre cuchilla? ¿Existió? Por supuesto que sí y se aplicó con determinación en cada una de sus historias. Solo que la mano que dirigía el escalpelo, cuando él cerraba los ojos para no presenciar el genocidio de tinta, era la de su editor Gordon Lish. Nos podemos imaginar la conversación delante del manuscrito. Raymond, creo que lo del esqueleto de madera del dinosaurio sobra. Por favor, Gordon, no me digas eso, me ha costado tantas horas encontrar la imagen que preferiría sacrificar antes a mi esposa. Bueno, Raymond, tú no estás en condiciones de entenderlo, eres un adicto, déjame a mí, será un trabajo rápido. Y entonces la cuchilla cambiaba de la mano del escritor a la mano del editor y este cortaba sin temblor alguno el esqueleto del dinosaurio, hasta dejarlo en ese transparente John subió la escalera que todos admiramos como el sumun de su estilo descarnado.

La prueba de que no exageramos la encontramos en las dos versiones de una de sus colecciones de cuentos. La primera, titulada De qué hablamos cuando hablamos de amor, es la versión depurada por el editor y la que se considera más genuinamente carveriana. Son dieciocho cuentos, maravillosos en su síntesis, diáfanos y demoledores. Sin embargo, es la misma colección que años atrás había escrito el autor y que ahora nos ha llegado sin los recortes del editor, bajo el título de Principiantes. Siguen siendo dieciocho cuentos, pero si antes cabían en 150 páginas, ahora se derraman en más de trescientas. Desde luego, que también en estos Carver sigue siendo Carver, pero un poco menos. Tras ellos encontramos un hombre ligeramente sobón, recurrente e incapaz de ahorrar obviedades a sus lectores. Un adicto, vamos. Cotejando cualquier cuento de las dos versiones lo apreciamos.

Un botón de muestra. En la primera página de Dónde está todo mi mundo (la versión no acotada por su editor), el protagonista va a su casa y sorprende a su anciana madre besando a un desconocido. En esa versión el narrador dice: “Mi madre tiene 65 años y se siente sola. (…) Pero aun así, aun sabiendo todo esto, resultaba duro”. En la versión depurada por el editor dice: “Mi madre tiene 65 años. (…) Aun así, era duro”. Observamos cómo la cuchilla ha trabajado sin romanticismos, seccionado del cuerpo de la frase ese “se siente sola”, porque es un pleonasmo, y el  “aun sabiendo todo esto”, porque la aclaración, no aclara, solo repite  lo que ya ha dicho nítidamente en dos palabras. Al final las quince páginas del original quedan reducidas a seis. Y no cabe duda de que la potencia narrativa del segundo cuento es mucho mayor, porque las elipsis, las complicidades, los silencios y las sugerencias transforman un buen relato en un relato de contención extraordinaria, contado por una voz que en lugar de tomar al lector por la pechera y repetirle todo hasta la saturación, ha decidido que los lectores pueden ser tan inteligentes como los escritores.

No tenía la culpa el bueno de Carver. Su adicción lo justifica. Podemos verlo encerrado en su estudio, llenando golosamente de palabras sus prodigiosos relatos, una, otra, otra más, transportándolas luego a casa de su desalmado editor, que aguardaba con la cuchilla para suprimir la mitad. ¿Qué te dije Raymond? ¿Ya estamos en las mismas? Lo siento, Gordon, no volverá a ocurrir.

Y así fue como ambos crearon una factoría de ficción de culto, una sociedad limitada que solo hubiera sido buena de no haber tenido el adicto Carver la fortuna de haber caído en manos del terapeuta Gordon Lish.

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