El experimento Milgram, de la obediencia a la ingeniería social

En 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, puso en marcha un experimento que suscitó gran controversia, tanto en el ámbito académico —donde fue a menudo cuestionado científica y éticamente— como en el de la opinión pública —por el efectismo de su naturaleza y resultados.

El experimento partía de una mentira publicitaria: se solicitaban voluntarios para participar en un ejercicio que se presentaba como parte de una investigación sobre la memoria y el aprendizaje. Los escogidos —que cobrarían 4 dólares, el equivalente aproximado a una jornada de trabajo— serían varones de entre 20 y 50 años. Consistía en la asunción de dos roles por parte de los participantes, el de “maestro” y el de “alumno”. El “maestro” debía recitar una serie de datos al “alumno”, que éste tenía que memorizar, para después responder preguntas sobre los mismos. Si el “alumno” no contestaba de manera correcta a alguna pregunta, recibiría una descarga eléctrica que le aplicaría el “maestro”. Por cada nuevo error, la descarga aumentaba su voltaje.

No se alarmen, o al menos no de momento. Nadie sufría realmente descargas eléctricas. El experimento no versaba sobre la memoria y el aprendizaje condicionados por castigos físicos. Los temas a estudiar realmente eran la obediencia y el poder de una autoridad ante la conciencia individual. Milgram había ideado una farsa escénica que hacía perfectamente creíble la situación para los voluntarios que habían acudido a la prestigiosa Universidad de Yale.

Experimento MilgramParticipantes en el Experimento Milgram, Universidad de Yale, 1961-1963

Los sujetos conocían a su compañero en las mismas dependencias universitarias donde iba a efectuarse el experimento. En un primer momento, se les explicaba la naturaleza de lo que procedía y se sorteaban los roles. Todo estaba bajo control de Milgram. Uno de los sujetos no era en realidad un voluntario, sino un actor que el psicólogo había contratado. El actor siempre habría de desempeñar el rol de “alumno”. El sorteo, por supuesto, estaba trucado; en las dos papeletas que se daban a elegir ponía la palabra “maestro”, para que el compinche de Milgram solo tuviera que fingir haber recibido en gracia la fatal papeleta del “alumno”. Reforzando la verosimilitud de la situación, antes de comenzar con el experimento en sí, a ambos sujetos se les daba una pequeña descarga eléctrica —15 voltios—, esencialmente para que el “maestro” tuviera conocimiento del dolor en aumento que infligiría en su “alumno” cuando éste fallara una respuesta. 

A continuación, al “alumno” se le sentaba en un silla y colocaba una pulsera en la muñeca, por donde recibiría las descargas. Para evitar movimientos bruscos, se le sujetaban los brazos a la silla. Después de ello, el “maestro” y el director del experimento pasaban a otra sala, desde donde se comunicarían con el “alumno” y donde se encontraba la máquina que dispensaba las descargas, lista para que el “maestro” la accionara. El límite de descarga que la máquina indicaba era de 450 voltios.

Con los primeros errores del “alumno”, el “maestro” escuchaba los gritos y retorcimientos de dolor. No eran reales, nadie estaba sufriendo descargas al otro lado de la habitación. A cada supuesta descarga le seguía una grabación de alaridos y súplicas de poner fin al experimento. Cuando el “maestro” albergaba algún tipo de duda o esgrimía que no quería seguir, el director científico que le acompañaba se limitaba a indicarle fríamente: “Continúe, por favor”. Ante segundas dudas o negativas, al “maestro” se le espetaba secamente: “El experimento requiere que continúe”. Si el “maestro” insistía en su disconformidad o insumisión a continuar con el experimento por tercera vez, se le decía: “Debe continuar. No tiene otra opción”. Si pese a ello el sujeto se negaba a hacerlo, el experimento finalizaba.

El fin que perseguía Milgram en 1961 estaba movido por el análisis de la conducta humana en situaciones de cierta complejidad ética o moral, como el acatamiento de órdenes con las que se está en desacuerdo personal. El planteamiento se arraigaba en los dilemas que planteaban los juicios entonces de actualidad a mandos y subordinados nazis. De especial relevancia se encontraba el caso del alto mando de las SS, Adolf Eichmann, considerado —y condenado como tal— responsable de las deportaciones a los campos de concentración de cientos de miles de personas. El genocidio nazi planteaba y sigue planteando múltiples interrogantes sobre la conducta humana, particularmente sobre la aquiescencia y la colaboración de millones de ciudadanos alemanes con el régimen nacional-socialista. La excepcional novela “El lector”, de Bernard Schlink, versa con tristeza sobre este complejo tema. En este ambiente de debate, Stanley Milgram se propuso investigar sobre el poder de la autoridad y los mecanismos que los individuos ponen en marcha a la hora de llevar a cabo una acción que supone contradicciones internas.

stanley milgramStanley Milgram junto a la máquina de descargas eléctricas de su experimento, 1961

El resultado del experimento de 1961 fue impactante. El 65% de los “maestros” llegó a descargar el castigo de voltaje máximo sobre los “alumnos”, a pesar de mostrarse reacios a hacerlo. Ninguno de los sujetos observados se negó a continuar antes de haber alcanzado los 300 voltios de descarga. Las respuestas espeluznantes en alaridos y súplicas de los “alumnos” no podían tanto como una obediencia extrañamente debida a la autoridad encarnada por el científico de Yale.

¿Determinaba el experimento algo concreto sobre una bondad o maldad humana innatas? De ninguna manera. El experimento, más bien, ponía de manifiesto la enorme capacidad de influencia de la ingeniería social. En un momento histórico como el de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con la confrontación entre bloques en su pleno apogeo, las formas de dominación y subyugación ideológica de las masas entraban en una fase de desarrollo desconocida, especialmente en el mundo capitalista. Las formas de dominación ideológica practicadas en la Alemania nazi habían abierto el campo de esa llamada ingeniería social. El 1953 el director de la CIA, Allan Dulles, dejaba por escrito —en su libro “El Arte de la Inteligencia”— la sinopsis de la guerra ideológica y social que se iba a plantear contra la Unión Soviética. Una hoja de ruta de pluma maquiavélica, pero certera, que decía: 

Los Estados Unidos poseen el 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6% de su población… En tales condiciones, es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Para lograrlo, tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías. Hemos de dejarnos de objetivos vagos y poco realistas como los derechos humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización. […]

Pronto llegará el día en que tendremos que funcionar con conceptos directos de poder. Cuantas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá. […] 

Sembrando el caos en la Unión Soviética, sin que sea percibido, sustituiremos sus valores por otros falsos y les obligaremos a creer en ellos. Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreducible pueblo en la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia. […]

De la literatura y el arte, por ejemplo, haremos desaparecer su carga social. Deshabituaremos a los artistas, les quitaremos las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad. La literatura, el cine y el teatro, deberán reflejar y enaltecer los más bajos sentimientos humanos. […]

En la dirección del Estado, crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas como innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño, la mentira, el alcoholismo, la drogadicción y el miedo irracional entre semejantes. […]

Gracias a su diversificado sistema propagandístico, Estados Unidos debe imponerle su visión, estilo de vida e intereses particulares al resto del mundo, en un contexto internacional donde nuestras grandes corporaciones transnacionales contarán siempre con el despliegue inmediato de las fuerzas armadas, en cualquier zona, sin que le asista a ninguno de los países agredidos el derecho natural a defenderse. […]

La traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos, y ante todo el odio al pueblo ruso, todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor. […]

Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso a comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarles, desacreditarles y señalarles como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. […]

Debemos lograr que los agredidos nos reciban con los brazos abiertos, estamos hablando de ciencia, de una ciencia para ganar en un nuevo escenario la mente de los hombres. Antes que los portaaviones y los misiles, llegan los símbolos, los que venderemos como universales, glamurosos, modernos, heraldos de la eterna juventud y la felicidad ilimitada. […]

El objetivo final de la estrategia a escala planetaria es derrotar en el terreno de las ideas las alternativas a nuestro dominio, mediante el deslumbramiento y la persuasión, la manipulación del inconsciente, la usurpación del imaginario colectivo y la recolonización de las utopías redentoras y libertarias, para lograr un producto paradójico e inquietante: que las víctimas lleguen a comprender y compartir la lógica de sus verdugos.

Leídas más de sesenta años después, las palabras de Dulles pierden su tono maquiavélico y casi alucinado, y asombran en su calculado cumplimiento. Lo que Milgram constataba en su experimento no era sino el triunfo de un sistema que hacía reales los planteamientos más ambiciosos y radicales de ingeniería social.

Antes de acabar, un último giro a esta historia…

El 2 de mayo de 2011 el mundo despertaba con una noticia que eclipsaba cualquier otra: cuerpos especiales del ejército de los EEUU habían dado muerte y captura a Osama Bin Laden. La operación militar, dirigida y presenciada remotamente por Barack Obama y un gabinete específico desde Washington, había concluido con el traslado del cuerpo —caído presuntamente en combate— del líder de Al Qaeda a Afganistan, donde se le practicó una veloz autopsia para confirmar su identidad, y se procedió con la misma celeridad a enterrarlo en el mar. No hubo fotos ni vídeos de lo sucedido. La comparecencia pública del presidente de los Estados Unidos dando cuenta de la noticia y una fotografía del gabinete estadounidense siguiendo la operación fueron toda fuente y muestra de tal información. 

Miles de millones de personas en el mundo entero, ojipláticos ante la televisión, trataban de digerir la impactante noticia y su rocambolesca historia. De ser una película, hasta los menos avezados espectadores hubieran criticado la inverosimilitud de la trama narrada, hubieran dicho “¡esto no hay quien se lo crea!” y apagado el televisor. Sin embargo, no era un cuento de ficción, sino el relato presentado como real de un muy significado hecho histórico. Resultaba increíble, pero así quedó. Se creyó, o se condescendió con la falsedad. A fin de cuentas, qué hacer, qué diferencia a efectos prácticos había entre creer o no creer aquella versión para una persona de a pie.

Desde aquel 2 de mayo de 2011 se han prodigado multitud de teorías sobre el final de Bin Laden y  se ha cuestionado la versión —más bien versiones— del gobierno estadounidense sobre el caso. Nada ha podido vencer el muro de la marginalidad y la difamación conspiranoica. Todo se preparó no para asumir la certeza de una versión oficial, sino para acatar la versión oficial incluso aunque se juzgue, personalmente, falsa. 

situation room, pete souzaEl gabinete estadounidense que seguía desde la Casa Blanca la muerte de Bin Laden / Foto: Pete Souza

Entre los datos filtrados en estos años se ha conocido que en el supuesto operativo de captura y muerte de Bin Laden participaron junto a los Navy Seal, unidades de la CIA, así lo confirmó el propio Barack Obama. El 10 de diciembre de 2014 saltó a la luz pública un informe del Senado de los EEUU —risible paradoja— que denuncia la práctica sistemática de la tortura por parte de la CIA en múltiples prisiones esparcidas por todo el mundo. Ahogamientos, negación del sueño durante días, reclusión durante más de un día en una caja de 76cm x 76cm x 53cm, amenazas de daños a familiares, agresiones físicas, alimentación por vía rectal… Una interminable relación de horrores, sistemáticamente practicados por todo el mundo desde los atentados del 11 de septiembre. Barack Obama, de nuevo, volvió a encarar ante las cámaras estos hechos como una ignominia heredada de su antecesor en el cargo, George W. Bush. Las portadas de la mayoría de periódicos del mundo recogían la noticia en titulares. Las condenas internacionales no se hicieron esperar. El 11 de diciembre apenas quedaban ecos en esas portadas. O “fue por el bien de la democracia”. O “hicimos mal, no volverá a ocurrir”. Pero, sea como sea, a otra cosa.

Los millones de habitantes del mundo han conocido lo ocurrido, al menos en parte, y todo sigue su curso. ¿Por qué? ¿Acaso no es lo suficientemente grave para ofrecer una mínima respuesta de reprobación? Todo el mundo sabe que la mayor parte de los Estados del mundo han colaborado con la CIA en estas prácticas, es decir, sus gobiernos han sido partícipes de la aberración sistemática de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos. El acatamiento y la obediencia que Milgram puso de manifiesto en su experimento de psicología social sigue desarrollándose. Quien detenta el poder económico, detenta el poder político y determina los consensos sociales. El mundo entero es un enorme experimento hoy día, con millones de “maestros” de Milgram puestos en observación. Nosotros mismos. ¿Qué voltaje llegaremos a administrarnos esta vez, antes de negarnos a colaborar?

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