Bono, el predicador del capitalismo

Joder, cómo nos gustaba U2. Y, joder, cómo los odiamos ahora. Sí, especialmente a… ya sabéis a quién, ¿verdad? Paul David Hewson… ¡oh, maldito seas Bono! A tu lado, Yoko Ono es inocente de todo. 

Pues sí, este es otro escrito contra ese fantoche mayor de nuestra época, Bono, el hombre que fue la voz de nuestras cintas más reproducidas en un tiempo esencial, aquel en el que te lo crees todo y finges no creer en nada. Bono, cantante de U2 y filantrocapitalista —como muy acertadamente lo define el periodista Harry Browne en su libro Bono, en el nombre del poder (Ed. Sexto Piso, 2013)— no es sólo el paradigma del cínico engreído con complejo mesiánico, sino el responsable de que uno de los mejores grupos de rock de la historia deviniera en basura. 

bono_at_the_world_economic_forum-1232Bono, en la Cumbre del Foro Económico Mundial, Davos, 2006 / Foto: Michel Euler /AP

Todos hemos escuchado canciones del “antes” y del “después” de la mítica banda de rock irlandesa. Y todos nos hicimos en algún momento las preguntas ¿cómo? y ¿por qué? Pero primero: ¿qué determina ese “antes” y “después”? En 1979 publican su primer EP, Three, sólo disponible en Irlanda. Boy (1980), el álbum debut de la banda, contiene la esencia musical del grupo, gran fuerza y pasión juvenil post-punk. Serán las señas de una primera etapa que se cierra con War (1983), el disco que les consagra crítica y popularmente. Entre medias había quedado el constipado October (1981). El cuarto álbum de U2, The unforgettable fire (1984), permite detectar un primer movimiento bisagra que se culminará con Achtung baby (1991).

En U2 hubo siempre una intención de tocar todos los palos, una querencia por la experimentación y la asunción de abanderados de eso que llamaron la posmodernidad —otro cuento—. Pero ¿la búsqueda artística de U2 era tal? ¿Eran Radiohead? ¡Mierda, no! ¿Qué había en la experimentación de U2? Lo que había era pasta, mucha pasta. Y un negociante nato, sí, el maldito Paul David Hewson, el insufrible Bono. Había tanta pasta que los irlandeses cuasi contraculturales de los primeros 80 se terminaron por llevar sus ahorrillos a Holanda para evadirse unos impuestos. Tanta pasta que Bono, mesías contra la pobreza mundial, y sus tres compis presentaron cuentas de más de 500 millones de euros juntos en 2014 —y lo que tendrán bajo la cama—. Como explica Browne en su libro, el año  —2010— que ofrecen la gira de conciertos más taquillera jamás cosechada por ninguna banda, los de Dublín se las ingeniaron para pagar únicamente ¡16500 euros! al fisco irlandés. En España, como un año tengas dos pagadores en la declaración de la renta —es decir, como te echen del curro y cobres el paro— casi acabas pagando más que Bono, que se gastó 67 millones de euros en acciones de Facebook en 2009.

Volvamos a la música, la que fue cambiando al compás de las mismas necesidades que los deseos financieros de la banda y los particulares de reforzamiento identitario de Bono, empeñado en pasar a la historia como un Jesucristo Superstar y en ganarse un Premio Nobel. Durante la grabación de Achtung baby surgen discrepancias sobre la adaptación del grupo a los nuevos tiempos. No debieron ser muy profundas las diferencias, en lo esencial. Pero surgen ciertos conflictos sobre la calidad del nuevo material que se estaba grabando. La adaptación era al mandato de las modas, es decir, de las multinacionales discográficas. Y a pesar de ello, a los cabronazos les quedaba inspiración, porque en 1993 firman Zooropa, álbum en el que ya no está la primigenia esencia de la banda, pero con temazos como Numb o Stay (Faraway, So Close!) Pero Zooropa, no el disco, sino la gira, Zoo Tv, pondrá en evidencia lo vacuo de un discurso pretendidamente oscuro y significativo. Y sobre todo, cínico hasta la náusea. Es el espectáculo de los macroconciertos, con Bono como maestro de ceremonias de un circo estridente y de mal gusto, sobre todo, moral. Un cantante que habla más que canta, que postula con enorme vanidad sobre el futuro del planeta, que condena la pobreza y exige la paz mundial desde su púlpito de neon. Y ese era el nuevo giro, el nuevo negocio. Renovarse o morir, ya se sabe. Él mismo lo explicaba mejor: “Sinceramente, me veo a mí mismo como un vendedor. Creo que eso es lo que hago. Cuando estoy de gira vendo canciones de puerta en puerta. Vendo ideas como el rescate de la deuda y, como todos los vendedores, soy un poco oportunista y veo África como una gran oportunidad”. 

Después de Zooropa, para el fan de primera hora que escribe estas líneas, se acabó lo que se daba. Y comienza la cruzada del odio contra Bono, como líder, y contra los otros tres, por sombras agradecidas del monstruo. Seguía escuchando con gusto Rattle and Hum y The Joshua Tree, como una forma de resistencia íntima contra el rollo techno y los super espectáculos con sus zonas VIP y sus miles de bombillas. Pensaba ¿de veras es tan difícil subirse a un escenario y ponerse a tocar sin mas? Puede que me equivoque —aunque no lo creo— pero me parece que la mayoría de los fans, ya no de U2 sino de cualquier grupo, estarían encantados si los conciertos de sus bandas favoritas prescindieran de la luminotecnia y los fuegos artificiales y solo consistieran en hacer sonar música. Tal vez así las entradas valdrían cinco veces menos y hasta se podían permitir comprarlas. Sin embargo, con el paso del tiempo, ya ni siquiera las viejas canciones conseguían acallar el ruido bilioso de Bono, enamorado de los altos mandatarios mundiales. De tanto llamar a la Casa Blanca le acabaron invitando al festín.

Pero ha sido en estos años, pasada la treintena, cuando a U2 el insoportable Bono se les ha ido completamente de las manos. Los declaraciones del hombre con peor gusto para las gafas de sol le han retratado ante el más ingenuo o descreído. En la Universidad de Georgtown, en 2012, defiende que “el comercio y el capitalismo sacan más gente de la pobreza que la ayuda”. Él mismo, en un cuidado discurso, dice antes de largar su perla: “Una estrella de rock predicando el capitalismo… wow! A veces me escucho y no lo puedo creer”. ¿Qué hacemos, nos ponemos One a ver si se nos pasa el cabreo? Yo no sé al resto, pero a mí ya no me vale.

Bono, a fin de cuentas, es un peligro para la humanidad. Y lo digo con todo rigor. Lo que él representa es la última farsa de un sistema mundial que está moribundo. Bono es un experto en vender ilusiones. Pero su —desde hace mucho— mercachifle principal es demasiado peligroso. Defender que el fin del hambre está en seguir desarrollando el sistema que la provoca, es trabajar objetivamente por su perpetuación.

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